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Cartagena, ejemplo para Colón


La verdad duele, pero redime. Pocas veces opinión alguna vertida por un medio ha sido objeto de tantas críticas, como la que expresamos hace algunas semanas a raíz de los comentarios del presidente de la República, Martín Torrijos, de que había que hacer una reingeniería a Colón. Dijimos que sus pandilleros son estúpidos, causa perdida y carne de presidio, debiendo trabajarse con los niños para forjar una nueva actitud y mentalidad constructiva frente a los problemas que los aquejan. Los contrastamos, incluso, con los dominicanos, a quienes aquejados con igual o peores males, no se les ocurre tocar a un turista, porque saben que de ellos derivan todo o parte del sustento y que, si se marcharan, la situación otra sería. Nos tildaron de racistas y otros calificativos descalificantes, en vez de responder los cargos y entablar el debate.
Hubo unos pocos que, al menos, procuraron una respuesta de fondo, como los usuarios de Zona Libre, que nos recordaron que hay mucha gente buena y valiosa en Colón; y otros, aquellos sociólogos y similares que hacen del delincuente la víctima y al resto de la sociedad de bien la victimaria, que sencillamente nos atribuyeron una postura fascistoide. Bien, los respetamos; pero nos dejan con el sabor amargo de no encontrar la salida a los problemas de Colón, que no puede ser a través de políticas paternalistas.
Hace poco, el director de este medio estuvo en Cartagena de Indias, emporio turístico y portuario de la costa del Caribe colombiano que desde la época colonial ha tenido una íntima relación con Colón y su cercana Portobelo. Pues, ellos allá tienen 80% de pobreza en una población de un millón de habitantes. No obstante, han hecho del turismo su fuerte y se han incorporado constructivamente a esa industria tirando de carretas o de cafeterías ambulantes, ventas de artesanías y guías de turistas. Otros operan restaurantes, refresquerías, bares y se suman a la masa de empleos creada por el frenesí de visitantes.
La seguridad, en Cartagena, es total; y hasta la guerrilla y narcotraficantes parecen haberlo entendido y la han convertido en una Casablanca, neutral. Hasta la gente pobre se refiere con orgullo a ella como "mi ciudad". Y ese detalle es inédito, porque no es lo mismo decir "nuestra ciudad" que "mi ciudad", porque la fortaleza del compromiso se diluye en lo colectivo, porque lo que es de muchos, es de nadie. Cierto, son pobres, pero están en vías de dejar de serlo o -vaso medio vacío- sería peor si se agarraran a tiros cada noche, asaltaran o robaran, ahuyentando a más del millón y meido de turistas que hoy les procuran lo poco o mucho que tienen.

101 años de Panamá América

 
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