Casco Viejo: una perla en el fango
Hablemos de la atracción que propios y extraños sienten por el barrio de San Felipe, por su sensualidad pétrea y plástica a la vez, por aquella arquitectura ecléctica, pero sin concesiones, por la gente misma y por las evocaciones que generan sus rincones. El Casco Antiguo de la ciudad, ánfora en la que se cultivó la nacionalidad, declarado Patrimonio de la Humanidad hace más de diez años, es una de nuestras joyas preciosas que, cual carta de presentación, ponemos sobre la mesa a la hora de decirle al mundo "aquí estamos; vengan".
Por eso, resulta inexplicable las cosas que están pasando. ¿Cómo se permite la acción de pandillas en su seno? ¿Quién cuida del buen estado de los edificios para evitar que se conviertan en escombros sobre la gente? ¿Cómo es posible que en el sitio mejor resguardado del país, pues ahí funciona la Presidencia de la República, mueran personas a tiros o bajo las rocas centenarias que nadie cuidó?
Ponderamos el celo de algunos funcionarios que tienen bajo su tutela este patrimonio mundial. Sin embargo, cuando otros permiten que la política, con su garra manchada de barro sucio entre en la casa, el trabajo se desvirtúa.
El Casco Antiguo es uno de los renglones en los que no se debe permitir la especulación política. Dejar que pase, sería como poner a la niña de la casa en manos de un psicópata.