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Caso Altafulla: tiempos de enmiendas


Jesús fue capaz de pedirle a su Padre, el dueño de todo el poder, que perdonara a quienes le estaban causando una muerte tan sanguinaria, tan salvaje. El, quien con un pedido de venganza, de lo que tanto pidió el Rey David en sus salmos, hubiese conseguido que un ejército de ángeles vengadores derribara a todos sus verdugos, prefirió el perdón, lo que tanto lo hace diferente a todos los que caminamos por esta tierra. Por ello pensamos, quienes conocimos las homilías de Monseñor Altafulla en los domingos de la Iglesia de la Madre de Guadalupe, que el sacerdote tan brutalmente asesinado ya perdonó a ese joven enloquecido por emociones humanas, a quien hoy vemos con rostro confundido en las pantallas de los televisores, y en los diarios.
Nos han dicho que el confeso homicida tiene un pariente próximo que también es sacerdote. Si así fuese, ¿cómo estará ese otro hombre dedicado al servicio del culto de Dios, con un hermano asesinado por su propio allegado? Estas reflexiones nos llegan porque si de algo importante debe servir la pérdida de ese pastor tan consagrado, no sólo es para que nuestra Iglesia, en sus altos funcionarios, ya que la Iglesia somos todos, no caiga en la tentación de hostilizar demasiado ni al sindicado ni a su hábil abogado, porque ello podría traer un boomerang. Que permitan un juicio en derecho. De hecho, ya varios periodistas se resintieron por la explicable "protección" que los feligreses tendieron alrededor del área del crimen a fin de evitar la morbosidad de las fotos, etc.
Creemos que ha habido un debate muy interesante sobre dónde termina, o debiera terminar de mutuo propio, el derecho a informar de la prensa y dónde debe comenzar el derecho de la reserva de la dignidad humana. Es un hilo muy delgado, ya que no podría establecerse tampoco que los medios sí deben, por ejemplo, vigilar la conducta, la privada incluso, de los mandatarios, pero no las informaciones que se originan en la Iglesia. Eso hay que aclararlo en consenso, y no creemos que con leyes nuevas, pese al buen sentido humano que persigue el Legislador Ameglio.
No obstante, veamos más allá: la propia Iglesia en sus jerarquías más altas dentro del Vaticano mismo, y en particular los cardenales de Estados Unidos, están pasando por una etapa aciaga para todos, al develarse tantos casos de corrupción de prelados, por décadas ocurriendo, lo que obviamente toca a Panamá, donde ya existen casos pendientes. El tema fue tratado directamente y sin ambages por el Santo Padre y hay cardenales norteamericanos citados en fiscalías de ese país. El moméntum, por tanto, no es de confrontación, sino de perdón, diálogo, reconciliación, y en particular, tiempos de enmiendas, de las que todos, los prelados incluidos, estamos necesitados.
Pocas cosas vi tan bajas como las palabras ofensivas de un reverendo de Iglesia Evangélica, muy publicitado en sus shows religiosos, hablando de "la corrupción de la Iglesia Católica" con el contraste de otro pastor sumamente respetado en su gremio evangélico, comedido y adolorido por el crimen de su hermano católico. El primero gozando la imagen aparentemente golpeada de nuestra Iglesia, el segundo demostrando más calidad espiritual.
Pero no queda allí la reflexión; la urgencia de una agenda nacional está demostrada ahora hasta la saciedad: adolecemos de todo, carecemos de mucho, especialmente de autoridad moral, de ética, de autocrítica sana, de examinarnos por dentro y dejar a un lado tantas críticas moralistas de algunos, porque sabemos que no hay ni una sola persona, de cualquier ropaje o color, que tenga toda la autoridad como para censurar a otros y pretender quedar exonerado de culpas. Nadie. Todos somos parte del problema moral, desde el que obtiene una coima millonaria, de esas que hoy parecen flotar en el aire sin desvanecerse, hasta el que tiene que pagar cinco dólares para que no le ponga el policía de tránsito su boleta.
Corruptotes o corruptitos, o totas y titas, todos somos responsables de cómo andamos en este país. Y si no, que lo digan nuestros hogares, las familias, las relaciones entre parejas o entre padres e hijos; vale la pena, por pura observación sociológica, madrugar un poquito y examinar nuestra juventud saliendo de las discotecas a las cinco o seis de la mañana, borrachos de licor y de otras cosas. ¿Siempre fue así?... Posiblemente, pero las cosas que se venden y se compran hoy, las que se huelen o se inyectan nuestros jóvenes, acaban mucho más rápido con las neuronas que el ron o el seco que tomábamos antes.
Además, hay tanta información sobre los estragos del alcohol, drogas calientes y tabaco, que ayer no teníamos. La autodestrucción de la humanidad por su propia mano ciertamente no es un problema local; pero Panamá es el país nuestro. Y frente a esa terrible falta de credibilidad total, frente a autoridades de todos los órganos que nadie desea respetar, por su propia falta de respeto, necesitamos, aunque no nos sentemos nunca a conversarlo, al menos reflexionar sobre las cenizas que tendremos pronto. Una policía que no puede protegernos porque no la hemos ayudado a forjarse profesionalmente, es únicamente un pedacito del problema, grave por cierto. Pero eso cubre sólo una parte. Todos hemos quedado al desnudo. Con Monseñor Altafulla hemos muerto todos.
(robmeldi2@cwpanama.net)

101 años de Panamá América

 
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