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Cátedra de civismo


Una nación con sentido de progreso y con anhelos de superación, aspira a que los seres que la integren se esmeren por afirmar su cultura y demuestren en todo momento su amor, admiración y respeto para los símbolos patrios, porque son la pura representación de la nacionalidad.

Ellos personifican la historia sellada con abnegación y con heroísmo, y también trasuntan la gloria alcanzada a través del tiempo por obra del sacrificio, la consecuencia y la entereza moral.

Frente a la bandera de la patria y al escudo, como ante los acordes emotivos del Himno Nacional, debemos sentirnos inflamados de amor a la tierra y dispuestos a evocar con respeto y veneración a los insignes varones y mujeres de las jornadas pretéritas que nos dieron independencia, organización y libertad.

La ceremonia de izar o arriar la bandera como la entonación del Himno Nacional debe merecer un religioso sentimiento de respeto y no admiten distracciones o indiferencias que constituyen un agravio para los principios de la lealtad ciudadana. Y ese respeto rendido a los símbolos de la nación debe ser extendido a las enseñas y a los de las demás naciones del mundo, porque así lo exige la buena conducta y así lo requiere el sentimiento de fraternidad que debe reinar entre todos los hombres y mujeres de la tierra, cualquiera que sea la latitud geográfica, el color de la piel, el idioma empleado o el credo que profesen.

Los símbolos patrios son valores sagrados que debemos contemplar y cuidar con sincero sentimiento admirativo. Pero corresponde entender que no basta aplaudir la bandera y corear el Himno Nacional, sino que nuestra acción de todos los días debe ser una razón de orgullo para esos símbolos que aspiran a ser expresiones representativas de un pueblo integrado por hombres y mujeres dignos, trabajadores, cultos, servidores de la justicia y capaces de impulsar el bien común.

101 años de Panamá América

 
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