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Celebrando


Noviembre, con todas sus fechas aniversarias, se vuelve un mes de varios y muchos días libres que, por supuesto, van fomentando la inercia en casi todas las actividades; y si no fuera porque algunos patriotas inquietos volvieran sobre el estudio, la indagación entre los documentos y fechas, la pereza de fin de año se adueñaría de nuestras mentes.
Celebramos el 10 de Noviembre el día del Primer Grito de Independencia de la altiva provincia de Los Santos, en noviembre de 1821; pero me entero que también en días anteriores celebraron en otras cabeceras de provincias, no sé si otros pequeños gritos o lo que me inclino a creer que son conmemoraciones de aquel momento en que progresivamente fueron aceptando conscientemente cada una de las provincias la decisión del 3 de noviembre de 1903 y se adhirieron a la causa de Separación.
Volviendo a Los Santos, entiendo que todo se desarrolló con la misma fanfarria de cohetes, interminables desfiles, lo cual se considera lo más normal, y los consabidos discursos que aluden a los personajes conocidos o no reconocidos a quienes se les rendía merecido homenaje. Reitero, por este mismo motivo, mi lealtad a esa provincia, ya que es la tierra en que nació mi recordada madre Isabel Zaldívar Castillero, en el seno de una familia numerosa radicada en El Espinal de Guararé. Tan numerosa la familia que apenas nos conocemos y que sólo en los funerales de los que nos enteramos, seguimos conociendo nuestros parientes y renovando viejos parentescos. Gente trabajadora, de éxito algunos y algunas; muchos connotados profesionales de la economía, comercio, medicina, magisterio, enfermería, todos dispersos y dispersas a lo largo del país. Descendemos de seis famosas matronas que, como árboles frondosos, dejaron muchas ramas.
Con motivo del 10 de Noviembre observé que en la ciudad también los santeños, tanto en el distrito especial de San Miguelito y este año en el corregimiento de Juan Díaz y en otros lugares, se hicieron sentir; concluyéndose que el santeño y el tableño cubren el país, como que vienen a ser una etnia característica del panameño.
En esa misma línea de la fiesta de Los Santos, viene a mi memoria la venerable figura, oriunda de ese lugar, de Monseñor José Sergio López Cuervo, que en el corto tiempo que me tocó colaborar con él como sacerdote cuando era el párroco de la iglesia San Juan Bautista de Penonomé, me dejó la impresión de ser un sacerdote a carta cabal y lleno del Espíritu Santo y de una gran vocación sacerdotal. Mucha fe tenía tan ilustre santeño cuando llevó con creíble paciencia su ceguera ejerciendo su deber siempre con el rosario en la mano y atendiendo con una paciencia y cariño comprensivo a los campesinos que venían a pedirle consejo. Creo que nadie lo ha aventajado. En más de una ocasión escuché el diálogo entre los campesinos que venían a verlo y luego de las palabras iniciales de saludos, esperaba unos minutos y les preguntaba el nombre; otro silencio largo, inmediatamente, iba relacionándolos con sus progenitores y preguntaba por ellos, su salud; y si estaban enfermos, seguía otro silencio e inquiría por qué clase de dolencia se veían afectados; otros minutos más y comenzaba a dar consejos indicando qué podrían hacer, hablar con quién, etc., en tono paternal y respetuoso. Era una verdadera sesión de terapia original. Así mantenía una visión real, a pesar de su limitación visual de cómo andaba su parroquia y sus interlocutores se marchaban reconfortados. Por supuesto que entre los ilustres santeños del Centenario no lo habrán mencionado, pero su memoria le da honra y nombre a su provincia.
Monseñor Sergio López Cuervo nación el 15 de febrero de 1908, sus padres fueron Lisandro López y Graciela Cuervo de López. Estudió con los Hermanos Cristonos en la escuela que tenían en su ciudad natal. Cuando terminó sus estudios primarios fue escogido para ejercer el cargo de maestro, posición que no llegó a desempeñar. Según cuentan sus biógrafos, Don Sergio fue sacristán del padre José Vásquez, a quien la gente llamaba Papa Che. El Sr. Lisandro, su padre, era un devoto católico, pobre y humilde; vendía billetes de la Lotería Nacional. Sintió el llamado del Señor y se trasladó, a sus 18 años, a la capital para entrar en el Seminario que estaba cerrado por falta de vocaciones y presupuesto en 1926. El gobierno, en un tiempo, subvencionaba el Seminario, y en 1913 esa partida fue eliminada por los diputados de entonces. Siendo Monseñor Don Guillermo Rojas y Arrieta, primer Arzobispo de Panamá, reabrió el Seminario para la formación del clero.
Junto con el joven José Sergio López entraron en el Seminario Juan de Dios Porcell y Francisco Díaz, y entiendo que también Don Leocadio Tejada, único superviviente hasta ahora, pero que no continuó en el Seminario, y hoy es flamante zapatero de Carrasquilla, protegido por Monseñor José Quinzada, ilustre y benemérito santeño, quien fue el que me bautizó en la iglesia de Nuestra Señora de la Merced y presidió la boda de mis progenitores. Falleció el 8 de julio de 1941.
Aunque López, Porcell y Díaz fueron ordenados el 31 de marzo de 1931, sólo los dos monseñores López y Porcell, éste último recientemente fallecido, perseveraron.
Monseñor José Sergio López prestó valiosos servicios a la grey creyente, y un 28 de julio de 1974, después de haberse retirado a La Villa de Los Santos, falleció lleno de méritos y de gran aprecio de la feligresía por su testimonio de perseverancia, amor y entrega a su vocación con la entrega propia de Los Santos.10 de Noviembre, Grito de Los Santos, día para recordar a tan ilustre santo local, hijo de Los Santos, Monseñor José Sergio López Cuervo.
El proyecto del PP y del PRD no se limita al modo de cambiar la Constitución. Se propone también un comienzo de cambios en los Poderes del Estado, en particular en la Asamblea y en Corte Suprema de Justicia. Esta propuesta tiene por propósito demostrar que los legisladores y otros altos funcionarios pueden sacrificarse en aras del bien común y mejorar su reputación. Quienes crean que esto es imposible no deben tener ninguna objeción a hacer la prueba, pues ellos dicen estar seguros de que la prueba confirmará su juicio. Si se rehusan intentar las reformas que se proponen como primer paso en el cambio constitucional, ¿no será porque temen comprobar no que los legisladores y altos funcionarios son aún peores de lo que parecen, sino porque temen comprobar que, para ventura nuestra, hay legisladores y funcionarios mejores de lo que pensábamos?
Si queremos un mejor comportamiento de nuestros legisladores, no podemos comenzar con la actitud cínica de que a pesar de la crisis ellos actuarán de manera corrupta, impidiendo toda reforma positiva. Debemos, por lo contrario, adoptar una actitud cautelosamente positiva, dándoles la oportunidad de iniciar el proceso de cambio de la Constitución. Eso requeriría que los legisladores de gobierno, en lugar de apoyar el proyecto de ley para permitir la quinta papeleta, apoyen en primera instancia el paquete propuesto de reformas constitucionales. La primera opción nos llevaría a desconocer la Constitución, a debilitar nuestra democracia y a dejar a la Asamblea sumida en el desprestigio; mientras que la segunda nos conduciría a cumplir con la Constitución, a consolidar nuestra democracia y a ayudar a la Asamblea a rescatar su prestigio. Esta opción es la de la esperanza realista.

101 años de Panamá América

 
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