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Centenario


La fecha impone un alto en el camino. Una reflexión profunda respecto a muchos temas que han sido parte de nuestra historia y que de una u otra manera han contribuido a forjar la Nación que tenemos hoy. Impone una obligada referencia al pasado, para analizar las cosas buenas y malas, los errores y los aciertos, los triunfos y los fracasos. Cuánto fue sueño y cuánto fue realidad. Impone un sereno análisis del presente, pero sobre todo, nos debe llevar a comprometernos con el futuro, empinándonos sobre las diferencias circunstanciales y dimensionando a la Nación dentro de la perspectiva correcta, con justicia, con más libertad, con equidad, con transparencia, con sinceridad política de parte de todos los que aspiran a guiar sus destinos, hoy y en el futuro.
El Centenario de la República nos toma enfrentados con nosotros mismos. Por más ambiente de fiesta que se desee imponer, por más banderitas que se pongan como adornos, por más actos y eventos que se realicen, el país no se siente de fiesta. Hay no sólo los problemas propios de toda nación pobre y mal dirigida, hay, también, los problemas del alma nacional pendientes de solución, aguardando algún acto de constricción nacional, con genuino propósito de enmienda.
La época ha revivido el interés por conocer nuestra historia, nuestros orígenes. Varios historiadores patrios se han esforzado por plasmar en libros, los relatos del cómo nacimos como nación independiente en 1903, unos con sentido de historia y reconocimiento a la gesta separatista, otros, con sentido de jueces implacables respecto de los actos que rodearon nuestra separación de Colombia, dejando a un lado, sinceramente pienso, el análisis de las circunstancias que imperaron en el momento y los deseos de un grupo de hombres de procurarnos una nación, aunque fuera a medias. Todos tienen méritos y en todas las historias hay pedazos de verdad.
Hemos sobrellevado grandes cargas. Las de la dignidad nacional, a mi juicio, han sido las más pesadas. Estas representaron la decisión inclaudicable de avanzar hasta el perfeccionamiento de nuestra total soberanía, pasando por momentos tristes, de conquistas diplomáticas, de enfrentamientos sangrientos, de componendas para apadrinar dictaduras, de violación de derechos humanos de toda índole. Fue una lucha de muchos, todas de gran valor. Al final, celebramos el 31 de diciembre de 1999 nuestra segunda independencia, ante los ojos del mundo, sentando de allí en adelante el mensaje claro y aún no comprendido de ser dueños y administradores de nuestro más importante recurso natural, el Canal, que sirve de forma vital, el comercio del mundo.
Pero el Centenario nos toma también en medio de una profunda y aguda crisis de institucionalidad que nos ha obligado a replantearnos, con sinceridad política, la urgente necesidad de reformar integralmente el Estado. Creo que sería el mejor homenaje y compromiso ante esta irrepetible fecha. Dejar que el país avance por la senda diseñada por un modelo que ha permitido el colapso en la práctica de todo un sistema, sería una insensatez. Triste es ver, sin embargo, que ante la urgente necesidad de transformación del Estado, hay quienes, en abierta componenda, disfrazan sus intenciones para sorprender a una cansada opinión pública que ha dicho, por todos sus medios, que no tolera más abuso y el secuestro de una clase política que minoritariamente se empecina en fraguar un cambio para que nada cambie. Ir a contrapelo del querer ciudadano será su tumba política, lo anticipo, pero ese precio será su aporte para el saneamiento institucional de la nueva República.
Las celebraciones del Centenario se han desdibujado en cuanto a lo que debieron ser a mi juicio. La fecha la han transformado en un jolgorio, en vez de haberlo hecho una conmemoración de todos, sin sectarismos, sentando bases para la gran unidad que espero se pueda lograr para resolver los profundos problemas nacionales a partir del 3 de mayo de 2004. La noticia la acapara el hecho de si va o no a debutar un connotado cantautor, en vez de estar discutiendo cuál será el compromiso nacional frente al Centenario de la República. Es cuestión de criterios. Es carencia de sentido respecto del entender lo que significa ser grandes en política.
El poeta Premio Nobel, Rabindranath Tagore, al responderle a Gandhi un mensaje de cumpleaños en ocasión de celebrar sus 80 años, cuando éste le deseaba que cumpliera 100 años, le dijo "vivir ochenta años es una impertinencia. Vivir para llegar a cien años es un error imperdonable". Como comparto personalmente semejante mensaje, y porque no estaré por aquí para el Bicentenario, deseo dejar en breves notas plasmadas mis impresiones ciudadanas en torno a esta fecha. El destino me ha permitido ser partícipe de muchos eventos históricos de los últimos tiempos del siglo pasado y vivir en primera línea del escenario nacional el desarrollo del período democrático que inauguramos en 1989 y por el cual luchamos sin tregua en franca unidad de las mayorías nacionales. Hoy, con una visión renovada, elevo sinceros mensajes de regocijo nacional y renuevo mi compromiso inquebrantable de seguir luchando cívicamente para lograr los cambios que este gran país requiere, confiado como estoy en su futuro, en su potencial, en su gente y en el profundo significado que tiene el sentirse panameño. Saludo a la Patria con entusiasmo en sus cien años de vida republicana.

101 años de Panamá América

 
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