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"Cero hambre"


Un grupo de distinguidos empresarios panameños ha creado una fundación, bajo este nombre, la cual tiene por loable propósito la eliminación de esa lacra social que es el hambre. Por lo pronto, sus organizadores se atribuyen haber distribuido más de 20 mil bolsas de comida de 23 libras cada una y van a continuar entregándolas semanalmente en distintos sectores caracterizados por la pobreza de sus habitantes. Las empresas colaboradoras del programa "Cero Hambre", una de ellas brasileña que la impulsó 18 años atrás en su país, podrían deducir el costo del aporte de sus impuestos, como es usual. Asimismo las empresas colaboradoras donarán un monto fijo en dólares o en centavos del valor de sus ventas de los productos de la campaña (arroz, atún etc.), destacando en el empaque su apoyo a la fundación sin fines de lucro.
¿Es esa la solución? En el Brasil, el programa de Lula está bajo crítica por su evidente tinte paternalista. El papá Estado acude a su hijo hambriento y le da de comer. ¿Quiénes pagan? Los contribuyentes que esperaban que sus dineros se invirtieran en obras para el desarrollo y no en mera subsistencia. ¿Quiénes cosechan? Los políticos que se hacen demagógicamente de votos con dinero ajeno.
De hecho, el mandatario brasileño ha tenido que parar los programas de expansión de nuevas carreteras para nutrir su programa de alimentos. Se estima que llevarlo adelante implicaría dar a cada pobre el equivalente a B/.1.75 diario, lo cual es un esfuerzo enorme tratándose de un país de 180 millones de habitantes de los cuales la mitad es pobre. El programa, aquí y allá, es incosteable. Pero, ¿hemos de cruzarnos de brazos porque lo sea? No, en lo absoluto. El hambre es una amenaza social que compromete la seguridad colectiva. Cualquier programa de este tipo ha de ser temporal y de emergencia, indicativo de que debe existir sólo en conexión a otro paralelo, definitivo y permanente, ulterior y autosustentable, que permita que los propios pobres generen su sustento. Es seguir la fórmula bíblica de no dar al pobre el pez sino enseñarlo a pescar y crear riqueza. Pero mientras aprende, hay que ayudarlo.
En nuestro país, hay varias ONG"s que cumplen el mismo propósito que la fundación en referencia. Nutrehogar es una de ellas. Quizás se impone una coordinación entre todas para evitar duplicación de esfuerzos y agendas. Pero la competencia, cuando es por el bien, es siempre positiva.
Otro buen esfuerzo, que requiere de un continuo seguimiento y áudito costo-beneficio, son las granjas colectivas autosostenibles, que son programas que impulsa el gobierno con el patrocinio de empresas privadas en áreas apartadas y pobres. Hay que hacer de las escuelas bastiones para el mismo propósito de enseñar a los pobres a nutrirse, producir y manejar su presupuesto. El panameño come muy mal, aun teniendo al alcance los medios para hacerlo mejor. Los vicios tampoco mejoran el lamentable cuadro. Pero, sobre todo, hay que generar un crecimiento económico sostenido y sus consiguientes empleos. La corrupción y el desatino gubernamental no contribuyen a este propósito porque, entre otras cosas, desalientan la inversión sin la cual no se genera riqueza. Los altos impuestos tampoco ayudan porque el dinero en manos del Estado no circula ni rinde igual.
En conclusión, los programas de alimentación a los pobres deben ser acompañados con otros paralelos de autogestión. De lo contrario se convertirán en un desperdicio de recursos que no contribuye al crecimiento personal ni nacional.

101 años de Panamá América

 
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