Certificación de drogas
La renovación anual de las certificaciones de drogas acentúa la insatisfacción por el procedimiento unilateral de calificación de buena o mala conducta gubernamental expedida por Washington. Estados Unidos es el país consumidor más grande y cada año se advierte la extensión del vicio en su territorio. Sin embargo, ningún país u organización internacional certifica qué hace o qué no hace el país del norte para rebajar la demanda de drogas dentro de su conglomerado humano. El aumento del consumo, por otro lado, revela la insuficiencia de las políticas de prevención del consumo y de control de las organizaciones dedicadas a la distribución mayorista y a la venta callejera en las grandes ciudades norteamericanas.
El enfoque policial estadounidense del problema plantea la reformulación de las premisas de la estrategia antidrogas. La experiencia acumulada en tantos años de represión policial contra los países productores, los países fabricantes y los carteles que la distribuyen enseña que tanto o más importante que la reducción de la oferta es la reducción de la demanda de narcóticos. En otras palabras, en tanto subsista el estímulo monetario de la demanda de los consumidores, aparecerán delincuentes que se expondrán a todos los riesgos para recibir millones de dólares procedentes del vicio. Ya se ve que a la caída de un cartel colombiano o un cartel mexicano surgen otros en los mismos países o en otros. Y el ciclo no desaparecerá mientras en el mercado mundial del vicio pujen la oferta y la demanda de narcóticos.
En vez de países acusadores y países acusados deberían existir simplemente países responsables que, de igual a igual, adopten compromisos en firme para reducir en su ámbito soberano la oferta y la demanda de estupefacientes. Los países desarrollados tienen la tendencia a esquivar responsabilidades de carácter bilateral y multilateral. Han dislocado los patrones económicos y culturales en los países andinos productores milenarios de la coca. Han impulsado la destrucción del modus vivendi del campesinado indígena, atándolo a la tentación económica de aumentar espectacularmente la cotización en dólares de un cultivo aldeano valorizado en moneda nacional o en trueque de productos. Poco se habla de las distorsiones culturales y de los irreparables daños ecológicos desencadenados por la metamorfosis de la hoja de coca en cocaína cristalizada. Algún día se hará el inventario de esos desastres. Cuando llegue ese tiempo la certificación tendrá otro sentido, otra clase de responsabilidad.
El enfoque policial estadounidense del problema plantea la reformulación de las premisas de la estrategia antidrogas. La experiencia acumulada en tantos años de represión policial contra los países productores, los países fabricantes y los carteles que la distribuyen enseña que tanto o más importante que la reducción de la oferta es la reducción de la demanda de narcóticos. En otras palabras, en tanto subsista el estímulo monetario de la demanda de los consumidores, aparecerán delincuentes que se expondrán a todos los riesgos para recibir millones de dólares procedentes del vicio. Ya se ve que a la caída de un cartel colombiano o un cartel mexicano surgen otros en los mismos países o en otros. Y el ciclo no desaparecerá mientras en el mercado mundial del vicio pujen la oferta y la demanda de narcóticos.
En vez de países acusadores y países acusados deberían existir simplemente países responsables que, de igual a igual, adopten compromisos en firme para reducir en su ámbito soberano la oferta y la demanda de estupefacientes. Los países desarrollados tienen la tendencia a esquivar responsabilidades de carácter bilateral y multilateral. Han dislocado los patrones económicos y culturales en los países andinos productores milenarios de la coca. Han impulsado la destrucción del modus vivendi del campesinado indígena, atándolo a la tentación económica de aumentar espectacularmente la cotización en dólares de un cultivo aldeano valorizado en moneda nacional o en trueque de productos. Poco se habla de las distorsiones culturales y de los irreparables daños ecológicos desencadenados por la metamorfosis de la hoja de coca en cocaína cristalizada. Algún día se hará el inventario de esos desastres. Cuando llegue ese tiempo la certificación tendrá otro sentido, otra clase de responsabilidad.