Charla en El Caribe Hilton
Corría el año de 1998. Llegué a San Juan agotado tras un vuelo nocturno desde California, tres días antes de un congreso académico patrocinado por la Universidad de Puerto Rico al cual había sido invitado. Después de dormir unas horas y de darme una ducha en el hotel del aeropuerto Luis Muñoz Marín, alquilé un carrito deportivo para recorrer la isla. En aquel bólido Mazda Miata MX-5 y con el sistema estéreo sintonizando salsa, plena y merengue a volumen alto, pasé por Fajardo y, siguiendo la carretera costera, atravesé poblados y me detuve a admirar las aguas azules del Mar Caribe desde una que otra colina. Pernocté en Ponce y al día siguiente almorcé en Mayagüez. Visité Arecibo y Bayamón y una enorme base militar que el Departamento de Defensa de Estados Unidos acababa de abandonar. Bella me pareció la "Isla del Encanto", pero noté, con mis ojos de ingeniero y financista internacional, una extensa recesión económica que agobiaba a esa tierra.
Durante el banquete principal, en el lujoso Caribe Hilton, me pidieron que hablara sobre el tema de las economías latinoamericanas. Y fue allí donde impresioné a mis anfitriones boricuas con mi reciente educación sobre la geografía física y económica del territorio local. Hablé sobre las similitudes de Panamá y Puerto Rico, de cómo en mi país nacionalistas mal informados habían sacado a los gringos sin percatarse que con los gringos también se irían 400 millones de dólares anuales. Añadí que mi pobre nación estaba en manos de un presidente llamado Pérez y un ministro por nombre Chapman (una versión de bolsillo del argentino Cavallo) que estaban implantando políticas económicas destructivas, cuyos efectos nocivos se notarían primordialmente en el siguiente gobierno. ¿Por qué en el siguiente gobierno? Por algo que en matemáticas se conoce como variables de efecto retardado. Al igual que en la economía, si usted no le da buena nutrición a un niño de un año de edad hoy, los efectos se comenzarán a ver cuando el niño cumpla cinco. Mencioné que las televisoras no me habían querido entrevistar, ya que yo era enemigo de la privatización a tontas y a locas aconsejada por el Banco Mundial y de la globalización mal entendida. Les informé a los ilustres comensales que tan sólo un intelectual llamado Quirós Guardia se había atrevido a entrevistarme en su programa de radio y también, en su espacio radial, un popularísimo profesor presidenciable por nombre Bernal.
Al final de mi charla pronostiqué que por culpa del Banco Mundial, del FMI, y de las casas prestamistas de Nueva York, dos colosos latinoamericanos se iban a caer en 1998: Brasil y Argentina. Brasil estuvo al borde del despeñadero, pero sobrevivió gracias al comando de su presidente, el habilidoso profesor universitario Fernando Henrique Cardoso. Pero en Buenos Aires no había ningún profesor al frente del gobierno, sino un político profesional conocido como Carlos Menem. Y esos políticos profesionales no son más que aire caliente: no hacen otra cosa que decir sandeces y perseguir periodistas que dicen la verdad. (Interesante: el argentino Menem anda en un Ferrari rojo y dejó a su esposa de muchos años para juntarse con una ex Miss Chile que podría ser su hija; el de mi país, menos sofisticado, anda en un Porsche amarillo y se compró un horrible yate.)
El congreso en San Juan terminó y regresé a California a prepararme para una gira en Brasil. Fui a Sudamérica, regresé y se acabó 1998 y Argentina no se cayó. Para mi sorpresa, en 1999 Argentina tampoco se cayó. Mi pronóstico había resultado ser un error. Cuando en el 2000 la tierra de Martín Fierro tampoco se cayó, me sentí un poco avergonzado por poner en duda esos modelos modernos de la privatización, la globalización, y el endeudamiento sostenible. Cuando ya había aceptado mi derrota intelectual, un caluroso día de junio de 2001, a mi regreso del Africa, recibí una llamada de Nueva York que me dejó estupefacto: "Profesor, no va a creer esto, pero Argentina se está tambaleando." "¡¿Cómo?!" - contesté incrédulo, - "pero si la semana pasada en Johannesburg vi en televisión a Fernando de la Rúa asegurando que todo iba bien, y que Buenos Aires nunca devaluaría el peso; ¿cómo anda la cotización de los bonos argentinos?" Mi interlocutor contestó: "Todo lo que es deuda argentina, va en picada. Las tasas de interés riesgo-país se han disparado."
Desde entonces y hasta el desenlace final en diciembre del 2001 seguí con atención la crisis argentina. Lo que me sorprendió fue la rapidez con que se desplomó el gobierno de De la Rúa y la violencia de los motines. Hasta quemaron un par de restaurantes McDonald"s y atacaron varios bancos. Adolfo Rodríguez Saá hizo lo correcto en su breve mandato en suspender los pagos de la deuda externa. Que se frieguen los prestamistas de Nueva York. En enero pronostiqué la devaluación inevitable del peso. En febrero eso fue lo que ocurrió.
Pasando a otra cosa, los que leen The Miami Herald o están suscritos a La Carta de Panamá en Internet, notaron en abril la importante noticia sobre la novedosa práctica de los gringos de retirarle las visas para entrar a EU a políticos latinoamericanos altamente corruptos. Sin embargo, los gringos tienen que estar muy seguros de las pruebas para evitar conflictos internacionales con los países latinos. La regla es simple: mientras más famoso sea el político bajo investigación, más contundentes, monumentales y abundantes tienen que ser las pruebas para aplicar la sanción máxima de retirarle la visa. Ahora, por la vida mía, no entiendo por qué las televisoras de Panamá no reportaron sobre esa noticia. Pero no sólo eso. Los otros medios también se quedaron callados, incluyendo un diario de la 12 de octubre que antes estaba con la democracia. ¿A quién estarán tratando de proteger?
(murillol@usfca.edu)
Durante el banquete principal, en el lujoso Caribe Hilton, me pidieron que hablara sobre el tema de las economías latinoamericanas. Y fue allí donde impresioné a mis anfitriones boricuas con mi reciente educación sobre la geografía física y económica del territorio local. Hablé sobre las similitudes de Panamá y Puerto Rico, de cómo en mi país nacionalistas mal informados habían sacado a los gringos sin percatarse que con los gringos también se irían 400 millones de dólares anuales. Añadí que mi pobre nación estaba en manos de un presidente llamado Pérez y un ministro por nombre Chapman (una versión de bolsillo del argentino Cavallo) que estaban implantando políticas económicas destructivas, cuyos efectos nocivos se notarían primordialmente en el siguiente gobierno. ¿Por qué en el siguiente gobierno? Por algo que en matemáticas se conoce como variables de efecto retardado. Al igual que en la economía, si usted no le da buena nutrición a un niño de un año de edad hoy, los efectos se comenzarán a ver cuando el niño cumpla cinco. Mencioné que las televisoras no me habían querido entrevistar, ya que yo era enemigo de la privatización a tontas y a locas aconsejada por el Banco Mundial y de la globalización mal entendida. Les informé a los ilustres comensales que tan sólo un intelectual llamado Quirós Guardia se había atrevido a entrevistarme en su programa de radio y también, en su espacio radial, un popularísimo profesor presidenciable por nombre Bernal.
Al final de mi charla pronostiqué que por culpa del Banco Mundial, del FMI, y de las casas prestamistas de Nueva York, dos colosos latinoamericanos se iban a caer en 1998: Brasil y Argentina. Brasil estuvo al borde del despeñadero, pero sobrevivió gracias al comando de su presidente, el habilidoso profesor universitario Fernando Henrique Cardoso. Pero en Buenos Aires no había ningún profesor al frente del gobierno, sino un político profesional conocido como Carlos Menem. Y esos políticos profesionales no son más que aire caliente: no hacen otra cosa que decir sandeces y perseguir periodistas que dicen la verdad. (Interesante: el argentino Menem anda en un Ferrari rojo y dejó a su esposa de muchos años para juntarse con una ex Miss Chile que podría ser su hija; el de mi país, menos sofisticado, anda en un Porsche amarillo y se compró un horrible yate.)
El congreso en San Juan terminó y regresé a California a prepararme para una gira en Brasil. Fui a Sudamérica, regresé y se acabó 1998 y Argentina no se cayó. Para mi sorpresa, en 1999 Argentina tampoco se cayó. Mi pronóstico había resultado ser un error. Cuando en el 2000 la tierra de Martín Fierro tampoco se cayó, me sentí un poco avergonzado por poner en duda esos modelos modernos de la privatización, la globalización, y el endeudamiento sostenible. Cuando ya había aceptado mi derrota intelectual, un caluroso día de junio de 2001, a mi regreso del Africa, recibí una llamada de Nueva York que me dejó estupefacto: "Profesor, no va a creer esto, pero Argentina se está tambaleando." "¡¿Cómo?!" - contesté incrédulo, - "pero si la semana pasada en Johannesburg vi en televisión a Fernando de la Rúa asegurando que todo iba bien, y que Buenos Aires nunca devaluaría el peso; ¿cómo anda la cotización de los bonos argentinos?" Mi interlocutor contestó: "Todo lo que es deuda argentina, va en picada. Las tasas de interés riesgo-país se han disparado."
Desde entonces y hasta el desenlace final en diciembre del 2001 seguí con atención la crisis argentina. Lo que me sorprendió fue la rapidez con que se desplomó el gobierno de De la Rúa y la violencia de los motines. Hasta quemaron un par de restaurantes McDonald"s y atacaron varios bancos. Adolfo Rodríguez Saá hizo lo correcto en su breve mandato en suspender los pagos de la deuda externa. Que se frieguen los prestamistas de Nueva York. En enero pronostiqué la devaluación inevitable del peso. En febrero eso fue lo que ocurrió.
Pasando a otra cosa, los que leen The Miami Herald o están suscritos a La Carta de Panamá en Internet, notaron en abril la importante noticia sobre la novedosa práctica de los gringos de retirarle las visas para entrar a EU a políticos latinoamericanos altamente corruptos. Sin embargo, los gringos tienen que estar muy seguros de las pruebas para evitar conflictos internacionales con los países latinos. La regla es simple: mientras más famoso sea el político bajo investigación, más contundentes, monumentales y abundantes tienen que ser las pruebas para aplicar la sanción máxima de retirarle la visa. Ahora, por la vida mía, no entiendo por qué las televisoras de Panamá no reportaron sobre esa noticia. Pero no sólo eso. Los otros medios también se quedaron callados, incluyendo un diario de la 12 de octubre que antes estaba con la democracia. ¿A quién estarán tratando de proteger?
(murillol@usfca.edu)