Charlas de café
Un contertulio repitió en el café lo que aseguró Pérez Balladares hace un par de años: que el gobierno de Mireya Moscoso había sido el peor que había tenido la República.
Yo no estoy de acuerdo con eso; y no porque haya participado en el gobierno de la señora Moscoso, ni porque piense que fue el suyo un buen gobierno. No, yo creo que el gobierno de la señora Moscoso fue un gobierno mediocre y bastante corrupto; pero niego, históricamente hablando, que haya sido el peor que hemos tenido en Panamá.
Si tuviera que decir cuál ha sido el peor, diría que fue el de la dictadura. Porque durante el de la señora Moscoso no se persiguió, asesinó ni desterró a nadie; durante su gobierno no hubo noches horrendas como la del Viernes Negro; ni se amenazaba (como lo hizo Torrijos) con el destierro a todos los que no estaban de acuerdo con su forma de gobernar. En fin, no hubo desaparecidos ni decapitados.
Que el gobierno de la señora Moscoso fue muy corrupto, nadie lo puede negar; creo que ni ella misma lo negaría; sin embargo no fue el peor que tuvo la República: sencillamente no estamos de acuerdo.
No pasará nada. Un señor muy circunspecto me preguntó en el café:
- "¿Qué cree usted que pasará con todos esos peculados que se descubren por todas partes?"
-"No pasará nada", le contesté. "Mientras no haya un mandatario que meta presos a cuatro grandes depredadores del Estado, aquí no pasará nada", le agregué.
Es una lamentable situación que ha echado a perder la justicia en nuestro país. Aquí sólo van presos los pobres; y los ricos que roban millones, esos están por encima de las leyes. Dicen que en las cárceles del país están unos diez mil detenidos; pero entre esa gran cantidad no hay un solo millonario, uno de esos que han robado impunemente al tesoro nacional; y mientras eso siga así, no habrá justicia en Panamá.
Un viejo aforismo legal señala que la justicia es ciega; pero entre nosotros, la justicia ve muy bien a quien juzga. Y un país sin justicia no podrá salir nunca de la corrupción y el delito. Nunca.
Destruir la droga. He repetido mucho que se debe destruir con la mayor rapidez posible todas las drogas que se decomisa a los traficantes. Acumularla en inseguras oficinas oficiales, es una tentación a los poderosos tentáculos del narcotráfico para rescatarla. Ese "tesoro" guardado por meses en esas oficinas dan tiempo de sobra para que los sobornadores logren sus objetivos entre los débiles custodios de la valiosa mercancía. La prensa habló hace poco del robo de más de cien kilos de cocaína, y los robos fueron, hechos en su mayoría, por funcionarios de la PTJ y de la Policía Nacional. Lo extraño del suceso es que se habla de nueve detenidos, pero que de la cocaína hurtada "no se ha logrado recuperar ni un solo gramo".
Insisto en que la droga debe ser destruida casi al mismo tiempo que se incauta; esto por supuesto ante los ojos de peritos y de quienes quieran comprobar su autenticidad. Las autoridades deben andar rápido antes de que el narcotráfico les gane la partida. La tentación es grande, sí señores.
El hombre y la bestia. En noches pasadas encontré por casualidad en televisión la película El hombre y la bestia, del escritor inglés Robert Louis Stevenson. La obra de Stevenson se ha presentado muchas veces en el cine, no obstante siempre resulta interesante una nueva versión. El argumento de esta obra: Un médico inglés, muy respetado, produce un brebaje que podría convertirse en una medicina para enfermedades entonces incurables. Pero toma ese brebaje, y se transformó de un hombre serio y respetable en un asesino.
La obra está basada en un estudio sobre la dualidad del alma humana, que oscila entre el principio del bien y el del mal, que producen un caso de doble personalidad: "El doctor Jekyl y el señor Hyde", se tituló la obra originalmente.
Viendo la película, yo pensé en algunos hombres, que en su vida personal y profesional son de una conducta intachable, pero llegados a la política se transforman en verdaderos rufianes. La conducta correcta y decente que habían mantenido, una vez que se meten en el fangal político, lejos de adecentarlo se dejan contaminar, y entonces cualquier hecho repugnante, que ante hubieran rechazado, lo toman como bandera para realizar toda clase de fechorías.
Se dirá que muchos pasan por la política sin marcharse; puede ser; pero otros en cambio se envilecen hasta convertirse en unos malhechores, como el célebre personaje de Stevenson. ¡Qué vamos a hacer!
Yo no estoy de acuerdo con eso; y no porque haya participado en el gobierno de la señora Moscoso, ni porque piense que fue el suyo un buen gobierno. No, yo creo que el gobierno de la señora Moscoso fue un gobierno mediocre y bastante corrupto; pero niego, históricamente hablando, que haya sido el peor que hemos tenido en Panamá.
Si tuviera que decir cuál ha sido el peor, diría que fue el de la dictadura. Porque durante el de la señora Moscoso no se persiguió, asesinó ni desterró a nadie; durante su gobierno no hubo noches horrendas como la del Viernes Negro; ni se amenazaba (como lo hizo Torrijos) con el destierro a todos los que no estaban de acuerdo con su forma de gobernar. En fin, no hubo desaparecidos ni decapitados.
Que el gobierno de la señora Moscoso fue muy corrupto, nadie lo puede negar; creo que ni ella misma lo negaría; sin embargo no fue el peor que tuvo la República: sencillamente no estamos de acuerdo.
No pasará nada. Un señor muy circunspecto me preguntó en el café:
- "¿Qué cree usted que pasará con todos esos peculados que se descubren por todas partes?"
-"No pasará nada", le contesté. "Mientras no haya un mandatario que meta presos a cuatro grandes depredadores del Estado, aquí no pasará nada", le agregué.
Es una lamentable situación que ha echado a perder la justicia en nuestro país. Aquí sólo van presos los pobres; y los ricos que roban millones, esos están por encima de las leyes. Dicen que en las cárceles del país están unos diez mil detenidos; pero entre esa gran cantidad no hay un solo millonario, uno de esos que han robado impunemente al tesoro nacional; y mientras eso siga así, no habrá justicia en Panamá.
Un viejo aforismo legal señala que la justicia es ciega; pero entre nosotros, la justicia ve muy bien a quien juzga. Y un país sin justicia no podrá salir nunca de la corrupción y el delito. Nunca.
Destruir la droga. He repetido mucho que se debe destruir con la mayor rapidez posible todas las drogas que se decomisa a los traficantes. Acumularla en inseguras oficinas oficiales, es una tentación a los poderosos tentáculos del narcotráfico para rescatarla. Ese "tesoro" guardado por meses en esas oficinas dan tiempo de sobra para que los sobornadores logren sus objetivos entre los débiles custodios de la valiosa mercancía. La prensa habló hace poco del robo de más de cien kilos de cocaína, y los robos fueron, hechos en su mayoría, por funcionarios de la PTJ y de la Policía Nacional. Lo extraño del suceso es que se habla de nueve detenidos, pero que de la cocaína hurtada "no se ha logrado recuperar ni un solo gramo".
Insisto en que la droga debe ser destruida casi al mismo tiempo que se incauta; esto por supuesto ante los ojos de peritos y de quienes quieran comprobar su autenticidad. Las autoridades deben andar rápido antes de que el narcotráfico les gane la partida. La tentación es grande, sí señores.
El hombre y la bestia. En noches pasadas encontré por casualidad en televisión la película El hombre y la bestia, del escritor inglés Robert Louis Stevenson. La obra de Stevenson se ha presentado muchas veces en el cine, no obstante siempre resulta interesante una nueva versión. El argumento de esta obra: Un médico inglés, muy respetado, produce un brebaje que podría convertirse en una medicina para enfermedades entonces incurables. Pero toma ese brebaje, y se transformó de un hombre serio y respetable en un asesino.
La obra está basada en un estudio sobre la dualidad del alma humana, que oscila entre el principio del bien y el del mal, que producen un caso de doble personalidad: "El doctor Jekyl y el señor Hyde", se tituló la obra originalmente.
Viendo la película, yo pensé en algunos hombres, que en su vida personal y profesional son de una conducta intachable, pero llegados a la política se transforman en verdaderos rufianes. La conducta correcta y decente que habían mantenido, una vez que se meten en el fangal político, lejos de adecentarlo se dejan contaminar, y entonces cualquier hecho repugnante, que ante hubieran rechazado, lo toman como bandera para realizar toda clase de fechorías.
Se dirá que muchos pasan por la política sin marcharse; puede ser; pero otros en cambio se envilecen hasta convertirse en unos malhechores, como el célebre personaje de Stevenson. ¡Qué vamos a hacer!