¿Chávez está flotando?
La flotación de la moneda venezolana fue recomendada tiempo atrás por el Fondo Monetario Internacional, antes que cayera el precio mundial del petróleo y se agudizara la inestabilidad política del gobierno. Era la fórmula adecuada para sincerar la realidad económica venezolana, permitiendo que el bolívar buscara su paridad real con el dólar y que, al mismo tiempo, el régimen disciplinara el gasto público, reduciéndolo al 7% y de esa manera se redujera el déficit fiscal. Sin embargo, la desconfianza generada por la desenfrenada vocación polémica de Chávez y las dudas crecientes sobre el respaldo de las fuerzas armadas a su gobierno, determinaron que las medidas económicas azuzaran el nerviosismo de los actores económicos.
Para impedir que la moneda venezolana siguiera deteriorándose, arrastrando al comercio y a los servicios a una indetenible ola inflacionaria, el Banco Central salió al mercado para impedir una cada vez más delicada carestía de dólares. Cálculos recopilados por The Wall Street Journal indican que las reservas monetarias sufrieron en los primeros días un bajón de 758 millones de dólares. A ello, se agrega la merma del ingreso de dólares en concepto de ventas de petróleo del 22.2%, de acuerdo a cifras proporcionadas por el propio Chávez en una alocución radial y televisada en cadena nacional, como acostumbra él.
Dentro de este nuevo escenario económico de aumentos súbitos de artículos de primera necesidad, está en duda la continuidad del respaldo político de los sectores populares inicialmente encandilados por las reivindicaciones prometidas por Chávez. Los "cacerolazos" que se escuchan en los barrios altos de Caracas podrían propagarse a los "ranchitos" de las colinas, donde, con ocasión del shock económico de Carlos Andrés Pérez, se gestaron saqueos y desórdenes colosales que aprovechó, el entonces teniente coronel de paracaidistas Hugo Chávez para intentar un golpe de Estado con saldos de muertos de tres cifras.
Hasta el momento, Chávez no ha expresado públicamente una sola palabra sobre los militares que exigieron su dimisión. Por el contrario, omitió referirse a estos hechos en el discurso en el que anunció la flotación del bolívar. Sólo aludió el asunto, diciendo que ahora prefiere empuñar el arado y envainar la espada. Pero los venezolanos ofuscados por el estallido de la inflación desconfían de los juegos verbales del presidente y siguen exigiendo un gobernante que hable mucho menos y que haga mucho más, sobre todo a favor de un bienestar general cada vez más estirado en el horizonte.
Para impedir que la moneda venezolana siguiera deteriorándose, arrastrando al comercio y a los servicios a una indetenible ola inflacionaria, el Banco Central salió al mercado para impedir una cada vez más delicada carestía de dólares. Cálculos recopilados por The Wall Street Journal indican que las reservas monetarias sufrieron en los primeros días un bajón de 758 millones de dólares. A ello, se agrega la merma del ingreso de dólares en concepto de ventas de petróleo del 22.2%, de acuerdo a cifras proporcionadas por el propio Chávez en una alocución radial y televisada en cadena nacional, como acostumbra él.
Dentro de este nuevo escenario económico de aumentos súbitos de artículos de primera necesidad, está en duda la continuidad del respaldo político de los sectores populares inicialmente encandilados por las reivindicaciones prometidas por Chávez. Los "cacerolazos" que se escuchan en los barrios altos de Caracas podrían propagarse a los "ranchitos" de las colinas, donde, con ocasión del shock económico de Carlos Andrés Pérez, se gestaron saqueos y desórdenes colosales que aprovechó, el entonces teniente coronel de paracaidistas Hugo Chávez para intentar un golpe de Estado con saldos de muertos de tres cifras.
Hasta el momento, Chávez no ha expresado públicamente una sola palabra sobre los militares que exigieron su dimisión. Por el contrario, omitió referirse a estos hechos en el discurso en el que anunció la flotación del bolívar. Sólo aludió el asunto, diciendo que ahora prefiere empuñar el arado y envainar la espada. Pero los venezolanos ofuscados por el estallido de la inflación desconfían de los juegos verbales del presidente y siguen exigiendo un gobernante que hable mucho menos y que haga mucho más, sobre todo a favor de un bienestar general cada vez más estirado en el horizonte.