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Chávez: revolucionario y dictatorial


A los observadores extranjeros con frecuencia se les escapa un elemento de enorme relevancia para comprender la realidad venezolana: me refiero al profundo, sólido e implacable odio que se ha generado entre los dos grupos en que se ha dividido nuestra sociedad, un odio surgido del empeño de Hugo Chávez en llevar a cabo una transformación revolucionaria para un país que sólo aspira tener un gobierno eficiente y honesto, capaz de asegurar cambios democráticos y prosperidad en paz. Sin tomar en cuenta ese odio, que es real y poderoso, se obstaculiza todo intento de apreciar las tendencias fundamentales del rumbo político venezolano y vislumbrar su posible desenlace.
De igual manera, los grandes errores cometidos por algunos en el análisis del proceso bolivariano se enraízan en la incapacidad de tomar en serio el propósito revolucionario de Chávez y sus más cercanos seguidores. Hugo Chávez jamás se ha desviado del curso trazado en un principio; su mentalidad es esencialmente revolucionaria y ello implica que se considera portador de una razón histórica que trasciende los formalismos legales y las limitaciones que impone el juego democrático. Esta constatación crucial sigue siendo difícil de admitir para quienes aguardan "rectificaciones" que jamás se producirán. No es cosa fácil comprender la mentalidad revolucionaria.
Los incrédulos continuarán dudando porque su sentido común les impide valorar la importancia de la irracionalidad en la vida política. No obstante, el camino de Chávez tiene un sentido de dirección inequívoco. El y sus seguidores "duros" consideran su deber y su derecho imponer un cambio revolucionario en Venezuela y más allá de nuestras fronteras. Hasta ahora, ese objetivo ha ido avanzando con ambigüedad, debido a las resistencias internas e internacionales, y es precisamente esa ambigüedad lo que ha permitido que muchos acepten las profesiones de fe democrática de Chávez y que le den el beneficio de la duda, pensando que aún es factible encontrar una salida constitucional a la crisis venezolana. Pero Chávez no es Carlos Andrés Pérez, su mentalidad revolucionaria no se ocupa de porcentajes en las encuestas, índices de popularidad, leyes y reglamentos, o mandatos constitucionales. Un revolucionario verdadero como Hugo Chávez sólo se ocupa de hacer la revolución.
De allí que la reacción de Hugo Chávez ante las movilizaciones de la oposición, ante las protestas militares, ante el malestar en la petrolera estatal PDVSA, ante el clamor de la Iglesia, los empresarios, los sindicalistas y la sociedad civil organizada, ante la crítica de los medios y las adversas reacciones internacionales haya sido siempre la misma: radicalizarse más, cerrar más los oídos, designar ministros caracterizados por su dogmatismo y proseguir el rumbo de descalificar todo cuestionamiento como ilegítimo. Chávez llama "escuálidos" a sus adversarios políticos sencillamente porque el calificativo de "gusanos" ya fue registrado por Castro. De no ser así, podemos estar seguros de que nos llamaría gusanos, pues para una mentalidad revolucionaria los oponentes no son sino eso y el deber de un revolucionario es aplastarlos. Cuando Chávez exige que se le considere un gobernante legítimo olvida un detalle: nunca él ha considerado legítima a la oposición democrática. Un "escuálido" no es legítimo.
No hay convivencia democrática posible con Chávez. Hemos vivido una difícil y amarga coexistencia estos tres años porque al principio el panorama lucía ambiguo. Hoy, la ambigüedad no existe y ello es de enorme importancia. El terreno de confusión, de claroscuros, de medias tintas siempre favorece a los designios revolucionarios. Lo que ha logrado la resistencia de la mayoría ha sido desenmascarar paulatinamente a Chávez y su proyecto, y ése debe ser el camino a seguir. Sólo cuando desaparezca por completo la ambigüedad saldrá a la luz el designio dictatorial de Chávez, al verse obligado a desatar una más franca y abierta represión, frente a la protesta generalizada de una sociedad que está captando el sentido de la ruta "bolivariana": un régimen personalista y autoritario, carente de contrapesos institucionales, sujeto a la arbitrariedad de un individuo, sin controles jurídicos legítimos, que nos empuja al empobrecimiento como método para afianzar el poder de los "revolucionarios".
El desenlace no será pacífico, pero la oposición debe seguir por el mismo camino: la protesta pacífica, la resistencia civilizada y perseverante, con serenidad y paciencia. Llegará el momento en que las tendencias dictatoriales de la mentalidad revolucionaria se manifiesten de manera inequívoca y entonces se abrirán otras condiciones y opciones. Eso ya no estará sólo en manos de los civiles. De nuestro lado el deber es claro: ser lúcidos, no engañarnos, luchar con coraje por medios no-violentos. Este sendero será suficiente para que Hugo Chávez deje de lado la mentira y abandone plenamente las máscaras. Así se producirá el inevitable desenlace.
*Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar.
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