Chile hoy
Si lo viéramos en el espejo de su capital, Santiago, con seis millones de habitantes, lo primero que nos impactaría sería su red vial impresionante. Calles anchas por arriba y por debajo de la tierra, incluyendo largos túneles bajo tierra y en algunos trechos bajo el lecho de su emblemático río Mapocho. Otro detalle es el nivel cultural y educación de su gente, laboriosamente forjado por décadas de esfuerzo concertado de todos sus gobiernos, en la forma de estrategia de interés nacional. Ya sea socialista, conservador de derecha, o una dictadura militar, todos han coincidido en elevar la educación de Chile al más alto nivel del continente, sin excepciones. Que lo hayan logrado o no, es discutible; pero el hecho a destacar es que tan persistente esfuerzo ha arrojado sus frutos, lo que se nota a leguas. Y es que la educación está presente en el hablar y la actitud de la gente común, desde un simple taxista hasta un dependiente de tienda o un peatón a quien se pregunta por una dirección, o en un "mall" cualquiera, que se ambienta con música clásica.
La belleza de su arquitectura europea puede que también nos cautive, pero no es eso lo que deseamos destacar, sino el nítido estado de sus parques y jardines y la limpieza de las calles y aceras. ¡No hay basura! Ni siquiera tinacos. No sabemos qué hacen con ella. Pero el hecho es que no se la ve por ningún lado. ¿Cómo hacen? Pues que pregunten los señores de nuestra DIMAUD. El hecho es que hay que aprender de otros.
Otro detalle es la amabilidad de su gente y la buena disposición de servicio. Todos parecen felices con lo que hacen para ganarse la vida, así sea un dependiente de quiosco o un vendedor de periódicos. Se nos antoja que es la vocación de servicio, sin lo cual sería en vano entrenar o formar mano de obra. Y obviamente, los turistas encantados. Otro aspecto es el silencio. ¡No hay ruido! Y siendo panameños, casi lo extrañamos. ¡Tanto se acostumbra uno al mal vivir! O más bien es un mecanismo de supervivencia para no enfermar. Nuestra conclusión es que alguna ley obligó a que los vehículos no tengan bocinas porque, en efecto, no las tienen; aunque ellos afirmen lo contrario. También se destaca el estricto respeto a los semáforos y las señales de tránsito en general. Y ya sea que uno se mueva por los elegantes predios de los barrios de clase alta de Border Río o por otros más modestos como los de Bella Vista, la impresión general es de orden, seguridad y pulcritud. No hay gritos, no hay música callejera, piedras, papeles en las vías, ni latas ni botellas en las aceras, ni gente orinando a la vista. ¿Cómo lo hicieron? Probablemente son marcianos. O tal vez, lo seamos nosotros.