Chile y Mercosur
Buenos Aires (AIPE)- Cuando Chile abrió su economía al mundo se convirtió en buen ejemplo para toda la región. Mostró que la mejor forma de promover las exportaciones es reduciendo las barreras a las importaciones. Por un lado la nueva competencia promueve la búsqueda de la eficiencia por parte de los productores locales.
Por otro, los insumos ahora más baratos reducen los costos de producción locales.
Si a eso le sumamos costos inferiores por una menor carga de regulaciones, menores impuestos, reducidas tasas de interés porque el sector público no succiona buena parte de la oferta de crédito y mejores y más baratos servicios, entonces las condiciones están dadas para que los productores locales estén en condiciones de competir con los del exterior.
Esa fue una gran lección de Chile al resto de América Latina. Puede ser que tenga la oportunidad de darnos otra. Esa apertura hacia todo el mundo comenzó a buscar un rumbo diferente cuando se iniciaron las conversaciones para obtener la incorporación al Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLC). El argumento entonces era que la participación en un bloque de ese tipo daría permanencia y estabilidad a la apertura económica, ya que reduciría o eliminaría el poder que los grupos de presión locales para dar marcha atrás con la reducción de aranceles. El gobierno nacional simplemente no podría aumentar de nuevo, unilateralmente, los aranceles.
El argumento puede ser discutible, pero lo cierto es que la expansión del TLC quedó empantanada en la política interna de Estados Unidos, por lo que el gobierno chileno decidió acercarse al Mercosur. ¿Acaso es una medida política para presionar a Estados Unidos, mostrando otras alternativas? Es difícil que la presión sea creíble porque la alternativa es mala.
El argumento debería ser otro, ya que una integración con el Mercosur no garantiza en absoluto la apertura económica chilena, sino que por el contrario la perjudica. Esto es así porque el nivel del Arancel Externo Común (AEC) promedio de este agrupamiento regional es más del doble del vigente en Chile. No sólo eso, hace tres años, cuando Brasil penaba con un tipo de cambio fijo y la Argentina debía eliminar el engaño de una supuesta "tasa de estadística" que supuestamente no era un arancel pero que curiosamente sí actuaba exactamente como tal, no les costó a los dos grandes ponerse de acuerdo para aumentar el AEC en estos tres puntos porcentuales que la tasa argentina cobraba. Claro que en ese entonces lo hicieron por tres años y esa fecha se cumple a fines de este año.
En el marco de esta situación, Chile se plantea alcanzar el status de miembro pleno del Mercosur. Y siendo que se observan dos regímenes arancelarios ciertamente diferentes surgen las siguientes tres alternativas: Chile eleva su arancel hasta el nivel del AEC, el Mercosur lo reduce hasta el nivel de Chile o ambas se encuentran en algún punto intermedio.
Si uno midiera el tamaño, el poderío económico o la población de un lado y del otro debería suponer que los países del Mercosur están en una posición más fuerte. Pero esto no es así por dos razones. Si bien son miembros plenos de la agrupación, Uruguay y Paraguay han sufrido ya los perjuicios de someterse a la voluntad de Brasil y Argentina, ya que éstos se empeñan en proteger ciertas industrias que los dos países pequeños no poseen.
Esto lo hemos visto claramente en materia del régimen automotor, donde el acuerdo entre Argentina y Brasil perjudica a países netamente importadores como Paraguay y Uruguay. Por ello, esos países deberían ver con buenos ojos el ingreso chileno, ya que sería un socio oportuno para frenar la voracidad proteccionista de los grandes.
Por otra parte, la racionalidad económica está del lado chileno, si es que mantiene a rajatabla su preferencia por un nivel arancelario más bajo. Esa racionalidad tal vez no se presente claramente en las opiniones que los consumidores argentinos y brasileños manifiestan, pero sin duda se verán beneficiados. Si Chile logra extender su estructura arancelaria al Mercosur, será algo más que deberemos agradecerle. (c) www.aipenet.com Corresponsal de la agencia de prensa AIPE.
Por otro, los insumos ahora más baratos reducen los costos de producción locales.
Si a eso le sumamos costos inferiores por una menor carga de regulaciones, menores impuestos, reducidas tasas de interés porque el sector público no succiona buena parte de la oferta de crédito y mejores y más baratos servicios, entonces las condiciones están dadas para que los productores locales estén en condiciones de competir con los del exterior.
Esa fue una gran lección de Chile al resto de América Latina. Puede ser que tenga la oportunidad de darnos otra. Esa apertura hacia todo el mundo comenzó a buscar un rumbo diferente cuando se iniciaron las conversaciones para obtener la incorporación al Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLC). El argumento entonces era que la participación en un bloque de ese tipo daría permanencia y estabilidad a la apertura económica, ya que reduciría o eliminaría el poder que los grupos de presión locales para dar marcha atrás con la reducción de aranceles. El gobierno nacional simplemente no podría aumentar de nuevo, unilateralmente, los aranceles.
El argumento puede ser discutible, pero lo cierto es que la expansión del TLC quedó empantanada en la política interna de Estados Unidos, por lo que el gobierno chileno decidió acercarse al Mercosur. ¿Acaso es una medida política para presionar a Estados Unidos, mostrando otras alternativas? Es difícil que la presión sea creíble porque la alternativa es mala.
El argumento debería ser otro, ya que una integración con el Mercosur no garantiza en absoluto la apertura económica chilena, sino que por el contrario la perjudica. Esto es así porque el nivel del Arancel Externo Común (AEC) promedio de este agrupamiento regional es más del doble del vigente en Chile. No sólo eso, hace tres años, cuando Brasil penaba con un tipo de cambio fijo y la Argentina debía eliminar el engaño de una supuesta "tasa de estadística" que supuestamente no era un arancel pero que curiosamente sí actuaba exactamente como tal, no les costó a los dos grandes ponerse de acuerdo para aumentar el AEC en estos tres puntos porcentuales que la tasa argentina cobraba. Claro que en ese entonces lo hicieron por tres años y esa fecha se cumple a fines de este año.
En el marco de esta situación, Chile se plantea alcanzar el status de miembro pleno del Mercosur. Y siendo que se observan dos regímenes arancelarios ciertamente diferentes surgen las siguientes tres alternativas: Chile eleva su arancel hasta el nivel del AEC, el Mercosur lo reduce hasta el nivel de Chile o ambas se encuentran en algún punto intermedio.
Si uno midiera el tamaño, el poderío económico o la población de un lado y del otro debería suponer que los países del Mercosur están en una posición más fuerte. Pero esto no es así por dos razones. Si bien son miembros plenos de la agrupación, Uruguay y Paraguay han sufrido ya los perjuicios de someterse a la voluntad de Brasil y Argentina, ya que éstos se empeñan en proteger ciertas industrias que los dos países pequeños no poseen.
Esto lo hemos visto claramente en materia del régimen automotor, donde el acuerdo entre Argentina y Brasil perjudica a países netamente importadores como Paraguay y Uruguay. Por ello, esos países deberían ver con buenos ojos el ingreso chileno, ya que sería un socio oportuno para frenar la voracidad proteccionista de los grandes.
Por otra parte, la racionalidad económica está del lado chileno, si es que mantiene a rajatabla su preferencia por un nivel arancelario más bajo. Esa racionalidad tal vez no se presente claramente en las opiniones que los consumidores argentinos y brasileños manifiestan, pero sin duda se verán beneficiados. Si Chile logra extender su estructura arancelaria al Mercosur, será algo más que deberemos agradecerle. (c) www.aipenet.com Corresponsal de la agencia de prensa AIPE.