China: 2. Cinco ciudades
En la China de la costa, con su ambivalencia fundamental entre liberalización económica y conservadurismo político, visitamos Shanghai, Hangzhou, Qingdao, Beijing y finalmente Hong Kong.
Shanghai, con 13 millones de habitantes, impresiona como un Nueva York haciéndose. Su zona de Pudong, con una área financiera y comercial, otra industrial, otra de alta tecnología, otra portuaria, de transporte y de zona libre, con múltiples instalaciones educativas y de investigación (39 colegios y universidades y 1600 institutos) y con sectores residenciales, de cultura y turismo, es pro-bablemente única en el mundo. Shanghai vuelve a ser puerta de la China, pero lo es ahora desde el futuro, sin el oprobio de las concesiones extranjeras y de la vieja re-putación de antro de mafias.
Cientos de rascacielos de una modernidad agresiva surgen por doquier en China occidental, encabezados por la Torre de Jin Mao con más de 88 pisos y acompañados por las ultramodernas construcciones del Gran Teatro y del Museo de Shanghai. Centros comerciales de todo tipo ofrecen de todo. Se pueden visitar empresas diversas de alcance mundial. Las calles se atascan con el tráfico de vehículos y bicicletas - en Beijing, por ejemplo, hay 1,5 millón de autos y 6 millones de bicicletas. La gente se viste sin lujo, decentemente. El turismo interno -25 mi-llones de visitantes al año en Hangzhou, 10 millones en Qingdao y una Gran Muralla atestada de familias chinas un lunes cuando la visitamos- atestigua que la riqueza se comienza a distribuir.
Asombrado por este fruto de la economía de mercado, pedí que me llevaran a un lugar histórico de Shanghai que nuestro programa no preveía, a saber el edificio de lo que fue una escuela de niñas, dentro de la antigua concesión Francesa, donde el 23 de julio de 1921 se inició clandestinamente el Congreso fundacional del Partido Comunista Chino, con trece miembros, entre ellos Mao, y dos delegados extranjeros del Comintern. Al leer sobre los muros de este museo los objetivos del programa que entonces se adoptó, sentí que la realidad económica y humana de la China actual había relegado el pensamiento comunista ortodoxo a un museo, pero que el régimen político todavía se inspira de ese museo.
Hangzhou, a tres horas de Shanghai por tren, combina un desarrollo económico espectacular, con su gran atractivo turístico, el Lago del Oeste, cubierto en sus islas y orillas por clásicos jardines chinos de gran belleza. Se especializa en su tradicional producción de sedas y de té de la más alta calidad. Además, es sede de la Universidad de Zhejiang, la más grande de las aproximadamente 1,000 universidades de la China. Sin embargo, tiene sólo 34,000 estudiantes de tiempo completo (que pagan unos $400 al año) y 21,500 adicionales en programas de educación de adultos, con cerca de 2,800 catedráticos (con un salario de unos $250 mensuales), 10,000 docentes y trabajadores y un presupuesto estatal de tan sólo unos $50 millones anuales. Los académicos con quienes me entrevisté -jóvenes doctorados en Alemania, Estados Unidos y la antigua Unión Soviética- me explicaron que el sistema de educación superior chino es muy selectivo: sólo de 30 a 50% de los estudiantes que aplican son admitidos previo un riguroso examen nacional y sólo alrededor del 8% de los jóvenes entre 18 y 25 años cursan estudios universitarios. Pregunté si este sistema no recordaba el sistema de rígida selección de eruditos-burócratas de antaño. Me respondieron que sí y que el número de graduados universitarios era insuficiente para las necesidades de desarrollo del país. Este es uno de los cuellos de botella de la modernización de China.
A dos horas de vuelo hacia el norte, se encuentra Qingdao sobre el Mar Amarillo, ciudad otrora ocupada por los alemanes y luego los japoneses. Con 6.5 millones de habitantes, su intenso comercio, su zona de desarrollo económico y tecnológico y sus playas repletas de gente, es el segundo puerto de China en manejo de contenedores. Me pareció una ciudad “irrealâ€, tanto aparecía todo como recién hecho o haciéndose, incluso con algunas construcciones paralizadas.
El punto culminante de nuestra visita fue evidentemente Beijing, la capital política y cultural, con 12.6 mi-llones de habitantes. Desde su Ciudad Prohibida, las dinastías Ming y Qing gobernaron a China a partir de los años 1400 d.C.. Un poco más al oeste en la capital se encuentra Zhongnanhai, antiguos jardínes imperiales salpicados de lagos y nueva “ciudad prohibida†donde se ubica el “centro nervioso del gobierno central de China y del partidoâ€, tal que lo analiza en su libro bajo el mismo nombre Laurence J. Braham, director ejecutivo de una firma que asesora a multinacionales interesadas en China (Hong Kong, 1998). Beijing me recordó a París, por su porte de ciudad consciente de que desde ella se ejerce un poder central impregnado de los valores de una cultura rectora. Su crecimiento es imponente, pero no afiebrado.
En Beijing me entrevisté con el Viceministro de Relaciones Exteriores Yang Jiechi y nos ofrecieron comidas el Ministro Dai Bingguo, miembro del Comité Central del Partido y jefe de su Departamento Internacional, en una residencia de Zhongnanhai, y luego otra noche el Vicepresidente Li Guixian de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino y antiguo Director del Banco de la China, en el Gran Palacio del Pueblo. En todos los casos comencé por afirmar la unidad del pueblo chino y la esperanza de que en razón de los cambios que, sin duda, se seguirían dando, se haga posible su reunificación completa por medios pacíficos. Expresaba la opinión de que a un plazo intermedio se daría, por mutuo interés, la normalización de relaciones entre Panamá y China. Además, recordaba que compartíamos una misma voluntad de reafirmar nuestra identidad nacional, nosotros a raíz de la recuperación de nuestro Canal y ellos de la de Macao antes de fines de 1999. Luego, según las circunstancias, planteaba la necesidad de que en Panamá y China se respeten los derechos humanos, tanto los socio-económicos como los cívicos y políticos, y la necesidad de que la reforma y la apertura económicas se den con atención a la solidaridad social, la conservación ecológica y la paz internacional. También destaqué la importancia de que China y la Santa Sede normalicen sus relaciones por el bien de los 4 mi-llones de católicos chinos y por la mejor proyección internacional de China, aludiendo a la visita de Juan Pablo II a Cuba. Cerramos nuestro viaje con una visita a Hong Kong, producto de Inglaterra y de China, de occidente y de oriente, apretujados física y socialmente en esa increíble ciudad-isla. Al verla me vino a la mente la tesis del académico japonés Watanabe Toshio, según la cual “el fuerte ritmo de crecimiento de China,...ha sido provocado por el efecto de las ondas miméticas de sus vecinos†(Cuadernos de Japón, X, 3, 1997, p.37). Entonces, si el próximo siglo resultara asiático, sería porque el modelo híbrido de Asia se habría introducido en China a través de chinos que emigraron y ahora, ellos o sus descendientes están invirtiendo.Así el despertar de China conduciría a completar la hibridación de China, comenzada paradójicamente por el comunismo. En el siglo XXI asistiríamos a una China que asumiría más plenamente la influencia de occidente, no sólo en el plano económico, y por otra parte, cada uno de nuestros países occidentales asumiría a su vez más influencia china. ¡Una perspectiva bien positiva, en vez del conflicto de civilizaciones previsto por Huntington! Continuaré la próxima semana.
Shanghai, con 13 millones de habitantes, impresiona como un Nueva York haciéndose. Su zona de Pudong, con una área financiera y comercial, otra industrial, otra de alta tecnología, otra portuaria, de transporte y de zona libre, con múltiples instalaciones educativas y de investigación (39 colegios y universidades y 1600 institutos) y con sectores residenciales, de cultura y turismo, es pro-bablemente única en el mundo. Shanghai vuelve a ser puerta de la China, pero lo es ahora desde el futuro, sin el oprobio de las concesiones extranjeras y de la vieja re-putación de antro de mafias.
Cientos de rascacielos de una modernidad agresiva surgen por doquier en China occidental, encabezados por la Torre de Jin Mao con más de 88 pisos y acompañados por las ultramodernas construcciones del Gran Teatro y del Museo de Shanghai. Centros comerciales de todo tipo ofrecen de todo. Se pueden visitar empresas diversas de alcance mundial. Las calles se atascan con el tráfico de vehículos y bicicletas - en Beijing, por ejemplo, hay 1,5 millón de autos y 6 millones de bicicletas. La gente se viste sin lujo, decentemente. El turismo interno -25 mi-llones de visitantes al año en Hangzhou, 10 millones en Qingdao y una Gran Muralla atestada de familias chinas un lunes cuando la visitamos- atestigua que la riqueza se comienza a distribuir.
Asombrado por este fruto de la economía de mercado, pedí que me llevaran a un lugar histórico de Shanghai que nuestro programa no preveía, a saber el edificio de lo que fue una escuela de niñas, dentro de la antigua concesión Francesa, donde el 23 de julio de 1921 se inició clandestinamente el Congreso fundacional del Partido Comunista Chino, con trece miembros, entre ellos Mao, y dos delegados extranjeros del Comintern. Al leer sobre los muros de este museo los objetivos del programa que entonces se adoptó, sentí que la realidad económica y humana de la China actual había relegado el pensamiento comunista ortodoxo a un museo, pero que el régimen político todavía se inspira de ese museo.
Hangzhou, a tres horas de Shanghai por tren, combina un desarrollo económico espectacular, con su gran atractivo turístico, el Lago del Oeste, cubierto en sus islas y orillas por clásicos jardines chinos de gran belleza. Se especializa en su tradicional producción de sedas y de té de la más alta calidad. Además, es sede de la Universidad de Zhejiang, la más grande de las aproximadamente 1,000 universidades de la China. Sin embargo, tiene sólo 34,000 estudiantes de tiempo completo (que pagan unos $400 al año) y 21,500 adicionales en programas de educación de adultos, con cerca de 2,800 catedráticos (con un salario de unos $250 mensuales), 10,000 docentes y trabajadores y un presupuesto estatal de tan sólo unos $50 millones anuales. Los académicos con quienes me entrevisté -jóvenes doctorados en Alemania, Estados Unidos y la antigua Unión Soviética- me explicaron que el sistema de educación superior chino es muy selectivo: sólo de 30 a 50% de los estudiantes que aplican son admitidos previo un riguroso examen nacional y sólo alrededor del 8% de los jóvenes entre 18 y 25 años cursan estudios universitarios. Pregunté si este sistema no recordaba el sistema de rígida selección de eruditos-burócratas de antaño. Me respondieron que sí y que el número de graduados universitarios era insuficiente para las necesidades de desarrollo del país. Este es uno de los cuellos de botella de la modernización de China.
A dos horas de vuelo hacia el norte, se encuentra Qingdao sobre el Mar Amarillo, ciudad otrora ocupada por los alemanes y luego los japoneses. Con 6.5 millones de habitantes, su intenso comercio, su zona de desarrollo económico y tecnológico y sus playas repletas de gente, es el segundo puerto de China en manejo de contenedores. Me pareció una ciudad “irrealâ€, tanto aparecía todo como recién hecho o haciéndose, incluso con algunas construcciones paralizadas.
El punto culminante de nuestra visita fue evidentemente Beijing, la capital política y cultural, con 12.6 mi-llones de habitantes. Desde su Ciudad Prohibida, las dinastías Ming y Qing gobernaron a China a partir de los años 1400 d.C.. Un poco más al oeste en la capital se encuentra Zhongnanhai, antiguos jardínes imperiales salpicados de lagos y nueva “ciudad prohibida†donde se ubica el “centro nervioso del gobierno central de China y del partidoâ€, tal que lo analiza en su libro bajo el mismo nombre Laurence J. Braham, director ejecutivo de una firma que asesora a multinacionales interesadas en China (Hong Kong, 1998). Beijing me recordó a París, por su porte de ciudad consciente de que desde ella se ejerce un poder central impregnado de los valores de una cultura rectora. Su crecimiento es imponente, pero no afiebrado.
En Beijing me entrevisté con el Viceministro de Relaciones Exteriores Yang Jiechi y nos ofrecieron comidas el Ministro Dai Bingguo, miembro del Comité Central del Partido y jefe de su Departamento Internacional, en una residencia de Zhongnanhai, y luego otra noche el Vicepresidente Li Guixian de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino y antiguo Director del Banco de la China, en el Gran Palacio del Pueblo. En todos los casos comencé por afirmar la unidad del pueblo chino y la esperanza de que en razón de los cambios que, sin duda, se seguirían dando, se haga posible su reunificación completa por medios pacíficos. Expresaba la opinión de que a un plazo intermedio se daría, por mutuo interés, la normalización de relaciones entre Panamá y China. Además, recordaba que compartíamos una misma voluntad de reafirmar nuestra identidad nacional, nosotros a raíz de la recuperación de nuestro Canal y ellos de la de Macao antes de fines de 1999. Luego, según las circunstancias, planteaba la necesidad de que en Panamá y China se respeten los derechos humanos, tanto los socio-económicos como los cívicos y políticos, y la necesidad de que la reforma y la apertura económicas se den con atención a la solidaridad social, la conservación ecológica y la paz internacional. También destaqué la importancia de que China y la Santa Sede normalicen sus relaciones por el bien de los 4 mi-llones de católicos chinos y por la mejor proyección internacional de China, aludiendo a la visita de Juan Pablo II a Cuba. Cerramos nuestro viaje con una visita a Hong Kong, producto de Inglaterra y de China, de occidente y de oriente, apretujados física y socialmente en esa increíble ciudad-isla. Al verla me vino a la mente la tesis del académico japonés Watanabe Toshio, según la cual “el fuerte ritmo de crecimiento de China,...ha sido provocado por el efecto de las ondas miméticas de sus vecinos†(Cuadernos de Japón, X, 3, 1997, p.37). Entonces, si el próximo siglo resultara asiático, sería porque el modelo híbrido de Asia se habría introducido en China a través de chinos que emigraron y ahora, ellos o sus descendientes están invirtiendo.Así el despertar de China conduciría a completar la hibridación de China, comenzada paradójicamente por el comunismo. En el siglo XXI asistiríamos a una China que asumiría más plenamente la influencia de occidente, no sólo en el plano económico, y por otra parte, cada uno de nuestros países occidentales asumiría a su vez más influencia china. ¡Una perspectiva bien positiva, en vez del conflicto de civilizaciones previsto por Huntington! Continuaré la próxima semana.