China, rumbo a la OMC
La más poblada nación del planeta, novena potencia comercial del mundo, séptima entre las de mayor producto interno bruto, la principal exportadora de bienes hacia los países en desarrollo y el tercer más grande mercado en existencia, no pertenece y nunca ha pertenecido a la Organización Mundial de Comercio (OMC).
El insólito hecho se explica por una combinación de factores, siendo el principal el político, por el hecho de que China abraza la doctrina comunista desde hace más de 50 años, lo cual conlleva la centralización de su economía. Pero tras el derrumbe de la Unión Soviética y el fracaso de la ideología marxista, el mundo socialista en pleno, salvo excepciones, - Cuba y Corea del Norte entre ellas -, ha dado la vuelta hacia el liberalismo capitalista.
Ese fenómeno incluye a China que, ha decir verdad, desde mucho antes de la caída del Muro de Berlín en 1989, venía dando pasos hacia la gradual liberalización de su economía hasta el punto que, cuando sobrevino el colapso, - contrario a lo acontecido en la Unión Soviética -, China no sufrió trauma alguno sino que por el contrario, aprovechó para acelerar el paso de las reformas iniciadas con bastante antelación.
Fue su divorcio de la rígida ortodoxia comunista bajo la conducción del hábil reformista Deng Xiaping lo que hizo despertar al gigante dormido y encaminarlo hacia la modernización. Y desde ese momento, se hizo evidente que su exclusión del organismo que regula y sirve de árbitro del comercio mundial, no podía mantenerse por mucho tiempo. La OMC y China se necesitan.
Por eso no es de extrañar que consideraciones políticas como la ausencia de democracia y el desconocimiento de derechos humanos fundamentales, no sea óbice para que el Senado de Estados Unidos hubiera elevado hace dos semanas a la categoría de permanente las relaciones comerciales que mantiene con el gigante asiático.
Superado el escollo de Norteamérica, quedó allanado el siguiente gran paso, que tuvo lugar la semana siguiente, con la firma del acuerdo comercial entre China y la Unión Europea, con el cual se asegura el inminente ingreso de aquella a la OMC. China exportó el año pasado $195 mil millones de dólares e importó $165 mil millones en mercancías y servicios. Se espera que tan colosal volumen de intercambio se multiplique tras la firma de la adhesión de China al organismo.
Para Panamá, no deja de ser risible todo esto. Sobre todo considerando las disparatadas críticas recibidas de sectores extremistas en Estados Unidos, que critican el impulso que han tenido las relaciones comerciales de nuestro país con China desde de la gradual entrega del Canal. Nunca deja de llamar la atención la doble moral, de que lo que es bueno para las grandes naciones, sea malo para las pequeñas.
El insólito hecho se explica por una combinación de factores, siendo el principal el político, por el hecho de que China abraza la doctrina comunista desde hace más de 50 años, lo cual conlleva la centralización de su economía. Pero tras el derrumbe de la Unión Soviética y el fracaso de la ideología marxista, el mundo socialista en pleno, salvo excepciones, - Cuba y Corea del Norte entre ellas -, ha dado la vuelta hacia el liberalismo capitalista.
Ese fenómeno incluye a China que, ha decir verdad, desde mucho antes de la caída del Muro de Berlín en 1989, venía dando pasos hacia la gradual liberalización de su economía hasta el punto que, cuando sobrevino el colapso, - contrario a lo acontecido en la Unión Soviética -, China no sufrió trauma alguno sino que por el contrario, aprovechó para acelerar el paso de las reformas iniciadas con bastante antelación.
Fue su divorcio de la rígida ortodoxia comunista bajo la conducción del hábil reformista Deng Xiaping lo que hizo despertar al gigante dormido y encaminarlo hacia la modernización. Y desde ese momento, se hizo evidente que su exclusión del organismo que regula y sirve de árbitro del comercio mundial, no podía mantenerse por mucho tiempo. La OMC y China se necesitan.
Por eso no es de extrañar que consideraciones políticas como la ausencia de democracia y el desconocimiento de derechos humanos fundamentales, no sea óbice para que el Senado de Estados Unidos hubiera elevado hace dos semanas a la categoría de permanente las relaciones comerciales que mantiene con el gigante asiático.
Superado el escollo de Norteamérica, quedó allanado el siguiente gran paso, que tuvo lugar la semana siguiente, con la firma del acuerdo comercial entre China y la Unión Europea, con el cual se asegura el inminente ingreso de aquella a la OMC. China exportó el año pasado $195 mil millones de dólares e importó $165 mil millones en mercancías y servicios. Se espera que tan colosal volumen de intercambio se multiplique tras la firma de la adhesión de China al organismo.
Para Panamá, no deja de ser risible todo esto. Sobre todo considerando las disparatadas críticas recibidas de sectores extremistas en Estados Unidos, que critican el impulso que han tenido las relaciones comerciales de nuestro país con China desde de la gradual entrega del Canal. Nunca deja de llamar la atención la doble moral, de que lo que es bueno para las grandes naciones, sea malo para las pequeñas.