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China y Taiwán


El aumento de las tensiones en el Estrecho de Formosa que separa al segundo país más extenso del mundo de uno de los más pequeños, China y Taiwán, nos importa más de lo que creemos. Para empezar, nuestros principales puertos están controlados por una empresa china del continente, y una gran parte del comercio de Zona Libre proviene de Taiwán bajo el emblemático logo taiwanés de Evergreen que es también titular de un puerto de contenedores en Colón.
Muchos ignoran, por ejemplo, que acaso la mayoría de la población de origen chino residente en Panamá proviene del continente. Además, todos sabemos que somos un centro de intermediación de migración china hacia Estados Unidos. En fin, la gente de ese origen en nuestro país es tan numerosa y extendida, y tiene tantas inversiones aquí, que sería torpe no seguir con atención la evolución de la crisis que se gesta hoy entre las "dos" chinas y que bien puede indirectamente afectarnos en mil formas.
China era un país único, organizado como república en 1912; pero en 1949 vio dividido su territorio tras una cruenta guerra en la que los comunistas al mando de Mao Tse Tung expulsaron del continente a los nacionalistas de Chiang Kai Shek y les obligaron a refugiarse en la pequeña isla de Taiwán, hoy oficialmente llamada República de China, en contraposición a la República Popular China en el continente.
Taiwán tiene unos 22 millones de habitantes en contraste con China (la del continente) que cuenta con más de 1,200 millones de almas. La diferencia territorial es igual de desproporcionada, tal como el tamaño de sus respectivas fuerzas armadas.
En el plano político internacional, China tiene la inmensa mayoría del reconocimiento oficial de las naciones del mundo, mientras Taiwán lucha por conservar el reconocimiento de unos pocos países de América Central, el Caribe y Africa, incluyendo al nuestro.
Pero al margen de su pequeñez, Taiwán es una potencia económica y tecnológica, organizada bajo un estricto régimen democrático. China, en cambio, es todavía una nación en vías de desarrollo, organizada bajo un régimen autocrático.
Recientemente, el presidente taiwanés, Lee Teng-hui, provocó la actual irritación de su gigantesca vecina cuando reiteró la condición de estado independiente de su nación, contrariando la tradicional tesis de una sola China y en particular la del continente, que considera a la pequeña isla como una "provincia rebelde".
Políticamente hizo mal Teng-hui en recordar que el agua caliente quema, aunque de hecho tenga razón, son dos chinas. Los taiwaneses de hoy prefieren seguir siendo libres, pero sin hacer ostentación de ello, para no deteriorar la creciente relación comercial con su madre patria, de la que son cada vez más dependientes.
En cualquier caso, una confrontación bélica es absurda, no importa si se produce hoy o mañana, para dos naciones que juntas pueden mover el mundo y marcar sus latidos. Las fórmulas de solución están allí frente a sus ojos, con sólo mirar la experiencia de Hong Kong, Alemania, el Reino Unido, Canadá, Estados Unidos y la Unión Europea. La negociación debe imperar sobre la fuerza.


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