Cinco años de ausencia, que parecen nada
Hoy se cumplen cinco años del último día del padre que pudimos pasar junto al nuestro, los hijos y nietos de Indalecio Rodríguez Sánchez.
Aquel 16 de junio de 2002, en pleno desarrollo del campeonato mundial de fútbol y luego de haber disfrutado junto a él y a nuestra madre Margarita un fin de semana en la pequeña casa que tiene la familia en Playa Coronado, le sobrevino un ataque fulminante al corazón que terminó con sus productivos e increíbles días, en los que desde el primero, se destacó como un luchador incansable por la libertad de expresión.
Las muestras de cariño y de simpatía de quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo y disfrutarlo, de comprenderlo y de compartir con él sus ideas y sus conocimientos, y hasta de adversarlo en ocasiones, las seguimos recibiendo cada día de todos los que han pasado durante estos cinco años.
Durante mi niñez, adolescencia y juventud, pude palpar el gran cariño y la admiración que sentían sus amigos por mi padre. Sus compañeros de la Facultad de Derecho de la Universidad Javeriana, su "Alma Mater", invariablemente lo invitaban a compartir con ellos veladas inolvidables, cada vez que tenía la oportunidad de parar en Bogotá. Junto con mi hermana María Soledad, compartimos varias de ellas.
Ya en mis años laborales y por diversos motivos profesionales, he tenido además la suerte de relacionarme con muchos de sus antiguos colegas y alumnos de la Escuela de Periodismo y de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá. Todos sin excepción, lo recuerdan con cariño y profesan por él un enorme respeto, que manifiestan con emoción y sinceridad. Igual puede decirse de los personajes públicos con los que tuvo que lidiar en razón de su profesión periodística. Con algunos de ellos, llegó a gestar una verdadera amistad, de esas que perduran hasta después de dejar esta vida terrena.
A Dios gracias, en nuestra familia nos inculcaron la fe cristiana de la que recibí la formación necesaria para entender, que el paso por este mundo material es efímero. Esa misma fe es la que nos ayuda a sobrellevar el vacío que se produce cuando alguien de la familia nos deja, en su marcha hacia la vida eterna.
Desde hace un año y medio y por circunstancias del destino, me encuentro al frente del prestigioso diario Panamá América, toda una institución periodística de Panamá y del Continente. Oro al señor, siempre, pidiendo que desde el cielo, mi padre Indalecio siga guiando mis pasos en esta profesión que fue su pasión desde siempre y que he abrazado con la emoción de un hijo que ha recibido de su progenitor el mejor de los legados.
Aquel 16 de junio de 2002, en pleno desarrollo del campeonato mundial de fútbol y luego de haber disfrutado junto a él y a nuestra madre Margarita un fin de semana en la pequeña casa que tiene la familia en Playa Coronado, le sobrevino un ataque fulminante al corazón que terminó con sus productivos e increíbles días, en los que desde el primero, se destacó como un luchador incansable por la libertad de expresión.
Las muestras de cariño y de simpatía de quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo y disfrutarlo, de comprenderlo y de compartir con él sus ideas y sus conocimientos, y hasta de adversarlo en ocasiones, las seguimos recibiendo cada día de todos los que han pasado durante estos cinco años.
Durante mi niñez, adolescencia y juventud, pude palpar el gran cariño y la admiración que sentían sus amigos por mi padre. Sus compañeros de la Facultad de Derecho de la Universidad Javeriana, su "Alma Mater", invariablemente lo invitaban a compartir con ellos veladas inolvidables, cada vez que tenía la oportunidad de parar en Bogotá. Junto con mi hermana María Soledad, compartimos varias de ellas.
Ya en mis años laborales y por diversos motivos profesionales, he tenido además la suerte de relacionarme con muchos de sus antiguos colegas y alumnos de la Escuela de Periodismo y de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá. Todos sin excepción, lo recuerdan con cariño y profesan por él un enorme respeto, que manifiestan con emoción y sinceridad. Igual puede decirse de los personajes públicos con los que tuvo que lidiar en razón de su profesión periodística. Con algunos de ellos, llegó a gestar una verdadera amistad, de esas que perduran hasta después de dejar esta vida terrena.
A Dios gracias, en nuestra familia nos inculcaron la fe cristiana de la que recibí la formación necesaria para entender, que el paso por este mundo material es efímero. Esa misma fe es la que nos ayuda a sobrellevar el vacío que se produce cuando alguien de la familia nos deja, en su marcha hacia la vida eterna.
Desde hace un año y medio y por circunstancias del destino, me encuentro al frente del prestigioso diario Panamá América, toda una institución periodística de Panamá y del Continente. Oro al señor, siempre, pidiendo que desde el cielo, mi padre Indalecio siga guiando mis pasos en esta profesión que fue su pasión desde siempre y que he abrazado con la emoción de un hijo que ha recibido de su progenitor el mejor de los legados.