Cincuenta años de educación superior
En el campus del Centro Regional Universitario de Azuero, lateralmente al lugar en donde se iza el pabellón tricolor nacional, aparece un pensamiento que recoge el ideario del Dr. Octavio Méndez Pereira. En efecto, hacia el año 1917 afirmaba el Maestro: "...y llevaremos la acción de la Universidad al interior del país y a todas las capas de nuestra sociedad". Pues bien, en este año de 1999 se cumplen diez lustros del arribo de la educación superior a las áreas interioranas, hecho que corrobora que aquellas palabras del Rector Magnífico dejaron de ser una promesa para fructificar en las tierras interioranas.
Todo comenzó allá en la década del cuarenta, cuando se establecieron en Aguadulce los llamados Cursos de Extensión Pedagógicos, un conjunto de asignaturas que eran dirigidas a los educadores de las áreas interioranas y que eran impartidas los sábados de cada semana. Desde entonces muchas cosas han acontecido con la educación superior de las áreas del Panamá Rural. La historia corrobora que institucionalmente tales cursos evolucionaron hacia las extensiones universitarias, pasando luego por los centros universitarios, hasta su expresión en universidades autónomas.
Hoy, sin embargo, lo medular del asunto no radica tanto en la visión contemplativa del medio centenar de años, sino en el reflexionar sobre el sentido que le hemos dado a esa misma educación del hombre que mora en las tierras al "otro lado del puente". En ese sentido, no se puede dudar de la benéfica influencia de los claustros universitarios sobre miles de hombres de las provincias interioranas. En lo que no parece existir un consenso es sobre hacia dónde se encamina la educación superior interiorana y, en consecuencia, cuál ha de ser el futuro de nuestras regionales casas de estudios superiores.
Muchas son las causas que explican ese dilema existencial de la educación superior interiorana. Algunas de ellas son compartidas por todos los centros universitarios, otras parecen afectar sólo a algunos de ellos. Este hecho se explica por la propia dinámica socioeconómica de las respectivas regiones en la que se encuentran enclavados los centros educativos. De ese conjunto de factores limitantes intentaré señalar algunos de los más relevantes, sin pretender por ello agotar las causales de una problemática tan compleja. Luego de cincuenta años de "hacer la Universidad" quedan pendientes un conjunto de tareas de inaplazable ejecución. Entre ellas están las siguientes:
1-Los centros regionales viven las consecuencias de un centralismo asfixiante. Esta conducta, que ha tratado de paliar la existencia de las Juntas de Centro, ahoga la independencia crítica y limita la existencia del gobierno universitario regional. Los trámites burocráticos siguen siendo iguales a décadas anteriores y cosas tan triviales como los créditos universitarios o una carta de trabajo de un docente, tienen que esperar semanas porque el Campus Central estima que esos trámites son de exclusiva realización de la administración que se asienta en la "Colina". No existiendo siquiera una relativa autonomía administrativa y económica, el camino hacia las futuras universidades de provincias se hace lento y desalentador.
2-Fortalecer las labores de investigación. Por ejemplo, aún hoy, luego de cuarenta años de educación superior en Azuero, nunca se ha contado con presupuesto para la realización de investigaciones. Lo poco que se realiza depende de la beneficencia de los propios docentes que se ven forzados a financiar ellos mismos sus aportes científicos. Ni soñar con el apoyo de la imprenta universitaria que queda en el Campus Central, ni mucho menos con una Vicerrectoría de Investigación y Postgrado que cuenta con magros recursos económicos. Preocupante este tema para aquellos docentes que desean investigar, pero sólo cuentan con el viento del "desierto" de Sarigua.
3- Democratizar las estructuras de poder a lo interno de los Centros Universitarios. Casi todos los Centros Universitarios han pasado por la existencia de camarillas que se perpetúan en los puestos directivos, con lo que convierten a las unidades académicas en feudos de gamonales universitarios que se mantienen en sus puestos distribuyendo prebendas y divorciando a la institución de las labores para la que fue creada. Así, la Universidad se convierte en un escuelón que se contenta con llenar formularios intrascendentes, pero que renuncia a su función básica: constituirse en la conciencia crítica de la nación. En este sentido se comprende a cabalidad que las Juntas de Centro se constituyen en reuniones intrascendentes en donde se habla de todos los temas, excepto de aquellos que le competen por derecho propio.
4-El divorcio universitario. La inexistencia de nexos entre el sistema social y el Centro Universitario ha promovido serias consecuencias para la educación superior. No es hasta hace poco cuando se ha visto un tímido intento por adecuar las carreras que se imparten a la realidad circundante. Hasta ahora hemos tenido una universidad interiorana empeñada en fomentar el sector servicio en las áreas rurales. Al contrario, lo que realmente necesitamos es una universidad que acompañe a la población en sus luchas y la apoye científicamente en la búsqueda de mejores horizontes. En este sentido debemos promover el acercamiento con la empresa privada y con todos aquellos actores sociales que puedan coadyuvar al desarrollo regional. El sectarismo y la intransigencia deben ser erradicados de los campos universitarios regional.
5-Respecto al docente universitario. Este es un problema muy serio, pero cuyo abordaje muchas veces se pasa por alto. No se quiere admitir que la inestabilidad laboral del docente se utiliza para someter a éste a los dictámenes del caciquismo universitario. En verdad son muy pocos los profesores regulares y los que han ingresado mediante concursos informales muchas veces les atemoriza su inseguridad laboral y pronto intuyen que algo se cuece dentro de la "cultura universitaria regional". Todo este círculo vicioso se traduce en una estructura de dominio que no aflora a la superficie, pero que vulnera e irrespeta los derechos del docente. Rápidamente se aprende que "callar" es el costo a pagar para poder laborar.
6-Ausencia de visión y de misión. ¿Qué quieren los centros universitarios y hacia dónde van? Este quizás sea el interrogante más trascendental, porque hasta ahora las labores han sido de tipo coyuntural, en una especie de navegación sin puerto en donde atracar. Y aunque la visión y misión de las casas de estudios pareciera ser evidente, la verdad es que no se ha promovido una reflexión crítica sobre el futuro de la educación superior regional. Esto significa que no se ha planificado; aún carecemos de un perfil del docente, del administrativo y del estudiante.
Como vemos, no son pocas las tareas que enfrenta la educación superior en las áreas interioranas. Ante los hechos se impone una nueva actitud y el fortalecimiento de una cultura universitaria que nos aleje de los vicios de los últimos cincuenta años y profundice las realizaciones. Quizás el mayor acierto, no obstante las limitaciones indicadas, radique en el hecho de que aún podamos hablar de educación superior interiorana. Y ese es un gran logro producto de los que asumieron la utopía de hacer universidad en el interior panameño. Porque no se trata tan sólo del sueño de una aguadulceño, la cuestión universitaria ha sido posible por la labor conjunta de aquellos que con tesón siguen creyendo que el hombre rural tiene el derecho a ser algo más que un ente folk.
Al final de la centuria la discusión de los problemas y la implementación de propuestas es una necesidad irrenunciable. La gran verdad radica en admitir que no podemos esperar más, ni nuestros coterráneos nos perdonarán el que posterguemos los correctivos escudándonos tras falsas excusas. La construcción de la futura universidad autónoma pasa necesariamente por la transformación del Centro Universitario en verdadero santuario de la inteligencia y de la cultura ístmica.
Todo comenzó allá en la década del cuarenta, cuando se establecieron en Aguadulce los llamados Cursos de Extensión Pedagógicos, un conjunto de asignaturas que eran dirigidas a los educadores de las áreas interioranas y que eran impartidas los sábados de cada semana. Desde entonces muchas cosas han acontecido con la educación superior de las áreas del Panamá Rural. La historia corrobora que institucionalmente tales cursos evolucionaron hacia las extensiones universitarias, pasando luego por los centros universitarios, hasta su expresión en universidades autónomas.
Hoy, sin embargo, lo medular del asunto no radica tanto en la visión contemplativa del medio centenar de años, sino en el reflexionar sobre el sentido que le hemos dado a esa misma educación del hombre que mora en las tierras al "otro lado del puente". En ese sentido, no se puede dudar de la benéfica influencia de los claustros universitarios sobre miles de hombres de las provincias interioranas. En lo que no parece existir un consenso es sobre hacia dónde se encamina la educación superior interiorana y, en consecuencia, cuál ha de ser el futuro de nuestras regionales casas de estudios superiores.
Muchas son las causas que explican ese dilema existencial de la educación superior interiorana. Algunas de ellas son compartidas por todos los centros universitarios, otras parecen afectar sólo a algunos de ellos. Este hecho se explica por la propia dinámica socioeconómica de las respectivas regiones en la que se encuentran enclavados los centros educativos. De ese conjunto de factores limitantes intentaré señalar algunos de los más relevantes, sin pretender por ello agotar las causales de una problemática tan compleja. Luego de cincuenta años de "hacer la Universidad" quedan pendientes un conjunto de tareas de inaplazable ejecución. Entre ellas están las siguientes:
1-Los centros regionales viven las consecuencias de un centralismo asfixiante. Esta conducta, que ha tratado de paliar la existencia de las Juntas de Centro, ahoga la independencia crítica y limita la existencia del gobierno universitario regional. Los trámites burocráticos siguen siendo iguales a décadas anteriores y cosas tan triviales como los créditos universitarios o una carta de trabajo de un docente, tienen que esperar semanas porque el Campus Central estima que esos trámites son de exclusiva realización de la administración que se asienta en la "Colina". No existiendo siquiera una relativa autonomía administrativa y económica, el camino hacia las futuras universidades de provincias se hace lento y desalentador.
2-Fortalecer las labores de investigación. Por ejemplo, aún hoy, luego de cuarenta años de educación superior en Azuero, nunca se ha contado con presupuesto para la realización de investigaciones. Lo poco que se realiza depende de la beneficencia de los propios docentes que se ven forzados a financiar ellos mismos sus aportes científicos. Ni soñar con el apoyo de la imprenta universitaria que queda en el Campus Central, ni mucho menos con una Vicerrectoría de Investigación y Postgrado que cuenta con magros recursos económicos. Preocupante este tema para aquellos docentes que desean investigar, pero sólo cuentan con el viento del "desierto" de Sarigua.
3- Democratizar las estructuras de poder a lo interno de los Centros Universitarios. Casi todos los Centros Universitarios han pasado por la existencia de camarillas que se perpetúan en los puestos directivos, con lo que convierten a las unidades académicas en feudos de gamonales universitarios que se mantienen en sus puestos distribuyendo prebendas y divorciando a la institución de las labores para la que fue creada. Así, la Universidad se convierte en un escuelón que se contenta con llenar formularios intrascendentes, pero que renuncia a su función básica: constituirse en la conciencia crítica de la nación. En este sentido se comprende a cabalidad que las Juntas de Centro se constituyen en reuniones intrascendentes en donde se habla de todos los temas, excepto de aquellos que le competen por derecho propio.
4-El divorcio universitario. La inexistencia de nexos entre el sistema social y el Centro Universitario ha promovido serias consecuencias para la educación superior. No es hasta hace poco cuando se ha visto un tímido intento por adecuar las carreras que se imparten a la realidad circundante. Hasta ahora hemos tenido una universidad interiorana empeñada en fomentar el sector servicio en las áreas rurales. Al contrario, lo que realmente necesitamos es una universidad que acompañe a la población en sus luchas y la apoye científicamente en la búsqueda de mejores horizontes. En este sentido debemos promover el acercamiento con la empresa privada y con todos aquellos actores sociales que puedan coadyuvar al desarrollo regional. El sectarismo y la intransigencia deben ser erradicados de los campos universitarios regional.
5-Respecto al docente universitario. Este es un problema muy serio, pero cuyo abordaje muchas veces se pasa por alto. No se quiere admitir que la inestabilidad laboral del docente se utiliza para someter a éste a los dictámenes del caciquismo universitario. En verdad son muy pocos los profesores regulares y los que han ingresado mediante concursos informales muchas veces les atemoriza su inseguridad laboral y pronto intuyen que algo se cuece dentro de la "cultura universitaria regional". Todo este círculo vicioso se traduce en una estructura de dominio que no aflora a la superficie, pero que vulnera e irrespeta los derechos del docente. Rápidamente se aprende que "callar" es el costo a pagar para poder laborar.
6-Ausencia de visión y de misión. ¿Qué quieren los centros universitarios y hacia dónde van? Este quizás sea el interrogante más trascendental, porque hasta ahora las labores han sido de tipo coyuntural, en una especie de navegación sin puerto en donde atracar. Y aunque la visión y misión de las casas de estudios pareciera ser evidente, la verdad es que no se ha promovido una reflexión crítica sobre el futuro de la educación superior regional. Esto significa que no se ha planificado; aún carecemos de un perfil del docente, del administrativo y del estudiante.
Como vemos, no son pocas las tareas que enfrenta la educación superior en las áreas interioranas. Ante los hechos se impone una nueva actitud y el fortalecimiento de una cultura universitaria que nos aleje de los vicios de los últimos cincuenta años y profundice las realizaciones. Quizás el mayor acierto, no obstante las limitaciones indicadas, radique en el hecho de que aún podamos hablar de educación superior interiorana. Y ese es un gran logro producto de los que asumieron la utopía de hacer universidad en el interior panameño. Porque no se trata tan sólo del sueño de una aguadulceño, la cuestión universitaria ha sido posible por la labor conjunta de aquellos que con tesón siguen creyendo que el hombre rural tiene el derecho a ser algo más que un ente folk.
Al final de la centuria la discusión de los problemas y la implementación de propuestas es una necesidad irrenunciable. La gran verdad radica en admitir que no podemos esperar más, ni nuestros coterráneos nos perdonarán el que posterguemos los correctivos escudándonos tras falsas excusas. La construcción de la futura universidad autónoma pasa necesariamente por la transformación del Centro Universitario en verdadero santuario de la inteligencia y de la cultura ístmica.