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Ciudad sin buses, ciudad mejor


Al margen de las incomodidades y carencias sufridas por los usuarios habituales del servicio y las repercusiones económicas del paro de transportistas, la capital gozó ayer de un ambiente de plena paz y tranquilidad. De pronto, como por milagro, vivimos al menos un día de ciudad ideal, sin troneras, sin ruidos, sin contaminación, vías despejadas, sin tranques, sin gritos, ni insultos, sin buses parados en mal estado, sin diablos rojos atropellando a los demás.
Llegar al trabajo, para los automovilistas particulares, fue cuestión de minutos, en contraste con un día normal cualquiera, enfrentado el torrente de buses bloqueando las vías, cargando sobre los carros, pasándose las luces rojas, irrespetando señales, colisionando y dándose a la fuga, irrespetando usuarios y, en fin, haciendo miserable la vida de los habitantes de la urbe.
Lo que vivimos ayer es una real muestra del tipo de ciudad ideal a que aspiramos y que podemos ganar si un buen gobierno asume por fin la tarea de arreglar el problema del transporte público a través de una fórmula que saque a los buses de las calles y haga de la nuestra una ciudad sin buses, confortable para vivir.
¿Cómo hacer una ciudad sin buses? Es fácil, al menos conceptualmente. En muchos lugares del mundo eso se ha logrado. Es cuestión de reemplazar los diablos rojos por tranvías que circulen sobre las actuales vías o debajo de ellas por subterráneos.
No estamos planteando nada que otras ciudades no hayan hecho, incluso en nuestro continente, tal como en México, Santiago y Caracas, por citar algunas que usan subterráneos.
El condado de Dade, en Miami, es otro ejemplo. Allá introdujeron con éxito la alternativa de hacer circular tranvías por el aire, sobre pilotes. Son vehículos totalmente silenciosos, manejados casi por nadie, totalmente automatizados que no producen contaminación. Ellos serían movidos preferiblemente por energía hidroeléctrica, normalmente más barata.
Ojalá el próximo gobierno nos deje a los habitantes de la capital un sistema de transporte público propio de su rol de primer mundo, que saque a los buses de las calles y haga de la nuestra una ciudad mejor, más humana.

101 años de Panamá América

 
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