Ciudadanía profunda para que el país gane
La ciudadanía puede ser activa o pasiva. Es pasiva con respecto a su acción en relación al Estado; y activa cuando se activa con el sufragio o la participación electoral.
El problema de la ciudadanía activa es que se restringe a actividades más o menos formales y sólo unos cuantos son ciudadanos enteramente activos. En cambio más allá y más a fondo se erige la ciudadanía profunda, que involucra obligaciones y actividades políticas continuas, lo cual resulta difícil dentro de los confines de la democracia formal y exige, por lo tanto, una politización de la sociedad civil. Paul Barry Clarke afirma, en su texto "Ser Ciudadano", las características de esa ciudadanía profunda:
Participar en la dirección de la propia vida.
Tener conciencia de que se actúa en y para un mundo compartido con otros y que nuestras propias identidades se relacionan y se crean mutuamente.
Entender la diversidad como pluralidad.
Participar en una conversación -no en una tertulia- con el mundo.
Dialogar con la alteridad.
Ofrecer alternativas para que la ciudadanía no sea meramente formal o superficial.
Pensar fuerte el mundo para adquirir compromisos fuertes con él.
Tener una existencia compartida.
Conciliar, en una tensión permanente, el interés particular con el bien universal (adentrarse en lo universal).
Ser político: ser partícipe en los asuntos públicos que nos conciernen.
Huir del mero egoísmo, del sectarismo.
Ser ciudadano activo, ampliando el espacio público y extendiendo el alcance de las actividades cívicas.
Educarnos en el ejercicio de la ciudadanía.
Ser sujeto social, es decir, ser sujeto activo partícipe en una democracia directa y, de paso, ejercer una democracia de proximidad.
Ser yo-ciudadano: cultivar el juicio reflexivo, vivir una existencia de múltiples tramas, enriqueciendo el ejercicio de la libertad.
Comprometerse con la suerte del mundo. Procurar la mejora del yo, de los otros y del mundo. Ser capaces de pensar desde el punto de vista de los demás.
Pensar nómada, alejándonos de la tiranía de las categorías únicas.
Definitivamente, en nuestro país está presente, abrumadoramente, la ciudadanía pasiva, y no es casual. De diversas maneras las formas tradicionales, verticales y manipuladoras de hacer política, la cultura política imperante, las influencias mediáticas alienantes, los enfoques individualistas de diversas religiones, la debilidad de la sociedad civil y de las redes sociales, un sistema educativo de baja calidad y poca equidad, el machismo y el racismo, conspiran para mantener contenida y reprimida el ascenso de una ciudadanía activa y ni hablar de una ciudadanía profunda. En esto el país pierde, aunque algunos ganen. El país pierde, pues una ciudadanía subordinada y postrada no puede ser constructora de nuevas sociedades y de democracias reales, ni tampoco de economías casadas con el desarrollo humano. Algunos ganan, porque pueden hacer su agosto acumulando riquezas, poderes e intereses creados sin saber o sin querer aceptar que esa ganancia es generadora de crisis y conflictos sin fin que deshumanizan la sociedad y pueden conducir a cataclismos sociales de gran envergadura.
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