¡Ciudadano panameño, despierta!
La grandeza del nacional se opaca por las constantes subidas de precios de toda clase de artículos; de promesas que no se cumplen de parte de políticos con altísimos sueldos; y con el conformismo del panameño de aceptar cualquier cosa con tal de no protestar con energía, pero sin quebrantar la ley, hecha muchas veces para garantizar el beneplácito de un grupo de comerciantes que se enriquecen a costa de la miseria económica del pueblo.
El alza del precio del pasaje en buses malísimos, el altísimo costo de medicamentos, la mala calidad de ropa que venden en almacenes, cuyos dueños en mayoría son extranjeros; la privatización de la luz, el teléfono y ahora posiblemente el agua, dan paso para que el real panameño disfrute, por desesperación, del alcohol, de la droga y de la desintegración familiar, que se entorpece cada vez más por un pésimo código y un ministerio que no trabaja para realmente acabar con los vicios de la delincuencia, ni de la juventud, que desamparada, desprotegida y enseñada casi totalmente errada con materias obsoletas, no transmite una verdadera nacionalidad, ni proporcionan margen para que el panameño(a) sepa lo que realmente significa ser ciudadano responsable.
La grandeza material lleva consigo la grandeza espiritual y en Panamá, las personas no leen, no se interesan por materias intelectuales, no existen ideologías que guíen al adolescente hacia un mejor mañana, sino en las pantallas de televisión y periódicos; se contempla continuamente el interés de unos cuantos, y no de la inmensa mayoría que, con los estragos de altos precios, se asfixian por no poder comprar buenos productos para sus hijos, sino tienen que conformarse lo que los chinos, los judíos o los indostanes venden a precios altos y de baja calidad.
Debido a que el mundo está cambiando rápidamente, la educación no puede continuar por más tiempo siendo cosa de transmitir a los jóvenes, meramente o principalmente lo que los viejos saben y practican. Hay que prepara los jóvenes para que piensen y hagan proyectos por sí mismos en ese desconocido, impenetrable y cambiante futuro que tienen a la vista, con realidades de las bases de nacionalidad y no copias extranjeras, ni influencias foráneas erradas.
Lastimosamente en Panamá no existe una buena educación entre los nacionales, ni extranjeros que residen en nuestro territorio. La urbanidad ha desaparecido, los buenos modales se desintegran y la intelectualidad, repito, cada día es peor. Panameño, despierta y exige dentro de la cultura que los gobiernos no pisoteen las necesidades del pueblo, ni prometan continuamente cosas, porque es obligación de los políticos trabajar para y por el pueblo. Recuerde el lector que ahora que vive y de que padece, todo es hiel o miel para su alma. Una sonrisa, una mirada, un simple gesto cordial, es medicina y alivio para su atribulado corazón. Después, ya perdido en las tinieblas del sepulcro, nada le servirá. Si se separan en familia, o grupos sociales justos, sin fundirnos, ya nunca más nos hallaremos. Porque tendremos que aprender una lección distinta de la vida.
El destino arrastrará a cada uno a expiar y aprender la lección que no logró aprender, y la culpa que no alcanzará a expiar. Por ello, el panameño debe despertar del letargo en que se encuentra para solventar los sinsabores, que las palabras de los políticos sean cumplidas, para que no las herede el viento. Desde los albores de la patria se han escuchado interpretaciones diversas de partidos políticos que no cumplen sus planes de gobierno y engañan a un pueblo cada vez con menos dinero, más desempleo y el nacional toma el mal como si nada hubiera pasado. No transmitan esta anomalía a sus hijos, o nuestro país padecerá peores estragos que los que se viven en Centro América y Colombia. Un pueblo unido nunca puede ser vencido, siempre que la unión sea para beneficiar la gran mayoría de la población y no a un pequeño grupo minoritario político. Exijan la rebaja de los funcionarios con altos salarios, que los medicamentos realmente sean posiblemente comprados por todos los panameños, que el lujo que disfrutan los legisladores se acabe totalmente y que en el interior del país se pueda vivir armoniosamente, con agua potable, víveres buenos y casas cómodas, no como ahora, que un número inmenso tiene que emigrar a la capital, porque la anomalía continúa. Panameño, despierta y exige con respeto tus derechos.
El alza del precio del pasaje en buses malísimos, el altísimo costo de medicamentos, la mala calidad de ropa que venden en almacenes, cuyos dueños en mayoría son extranjeros; la privatización de la luz, el teléfono y ahora posiblemente el agua, dan paso para que el real panameño disfrute, por desesperación, del alcohol, de la droga y de la desintegración familiar, que se entorpece cada vez más por un pésimo código y un ministerio que no trabaja para realmente acabar con los vicios de la delincuencia, ni de la juventud, que desamparada, desprotegida y enseñada casi totalmente errada con materias obsoletas, no transmite una verdadera nacionalidad, ni proporcionan margen para que el panameño(a) sepa lo que realmente significa ser ciudadano responsable.
La grandeza material lleva consigo la grandeza espiritual y en Panamá, las personas no leen, no se interesan por materias intelectuales, no existen ideologías que guíen al adolescente hacia un mejor mañana, sino en las pantallas de televisión y periódicos; se contempla continuamente el interés de unos cuantos, y no de la inmensa mayoría que, con los estragos de altos precios, se asfixian por no poder comprar buenos productos para sus hijos, sino tienen que conformarse lo que los chinos, los judíos o los indostanes venden a precios altos y de baja calidad.
Debido a que el mundo está cambiando rápidamente, la educación no puede continuar por más tiempo siendo cosa de transmitir a los jóvenes, meramente o principalmente lo que los viejos saben y practican. Hay que prepara los jóvenes para que piensen y hagan proyectos por sí mismos en ese desconocido, impenetrable y cambiante futuro que tienen a la vista, con realidades de las bases de nacionalidad y no copias extranjeras, ni influencias foráneas erradas.
Lastimosamente en Panamá no existe una buena educación entre los nacionales, ni extranjeros que residen en nuestro territorio. La urbanidad ha desaparecido, los buenos modales se desintegran y la intelectualidad, repito, cada día es peor. Panameño, despierta y exige dentro de la cultura que los gobiernos no pisoteen las necesidades del pueblo, ni prometan continuamente cosas, porque es obligación de los políticos trabajar para y por el pueblo. Recuerde el lector que ahora que vive y de que padece, todo es hiel o miel para su alma. Una sonrisa, una mirada, un simple gesto cordial, es medicina y alivio para su atribulado corazón. Después, ya perdido en las tinieblas del sepulcro, nada le servirá. Si se separan en familia, o grupos sociales justos, sin fundirnos, ya nunca más nos hallaremos. Porque tendremos que aprender una lección distinta de la vida.
El destino arrastrará a cada uno a expiar y aprender la lección que no logró aprender, y la culpa que no alcanzará a expiar. Por ello, el panameño debe despertar del letargo en que se encuentra para solventar los sinsabores, que las palabras de los políticos sean cumplidas, para que no las herede el viento. Desde los albores de la patria se han escuchado interpretaciones diversas de partidos políticos que no cumplen sus planes de gobierno y engañan a un pueblo cada vez con menos dinero, más desempleo y el nacional toma el mal como si nada hubiera pasado. No transmitan esta anomalía a sus hijos, o nuestro país padecerá peores estragos que los que se viven en Centro América y Colombia. Un pueblo unido nunca puede ser vencido, siempre que la unión sea para beneficiar la gran mayoría de la población y no a un pequeño grupo minoritario político. Exijan la rebaja de los funcionarios con altos salarios, que los medicamentos realmente sean posiblemente comprados por todos los panameños, que el lujo que disfrutan los legisladores se acabe totalmente y que en el interior del país se pueda vivir armoniosamente, con agua potable, víveres buenos y casas cómodas, no como ahora, que un número inmenso tiene que emigrar a la capital, porque la anomalía continúa. Panameño, despierta y exige con respeto tus derechos.