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Cogobierno por el cogote


El Gobierno dice que se opone al cogobierno, es decir, no aceptan compartir la función de gobernar con grupos que no fueron elegidos, particularmente agrupados en torno a organizaciones de la sociedad civil. Esto claro está es una declaración que se hace después del torneo electoral, jamás antes, porque de lo contrario un desconocido porcentaje de votos pudo haber cambiado de color si el acto de sinceridad hubiese antecedido al momento de la elección. No está demás llamar la atención sobre la circunstancia en que se produce el rechazo: no se trata de una solicitud de puestos de empleo en la planilla del Estado o la exigencia de que determinadas personas ejerzan ciertos altos puestos. En realidad, la cuestión surge como una reacción al cuestionamiento de ciertas decisiones oficiales por su dudoso linaje ético. La consigna de “No al cogobierno” es la respuesta ante el déficit del buen gobierno. Es como si, de repente, la opinión ciudadana que no avala las decisiones del gobernante tuviese algo de ilegítimo. Pero quizás si tenemos en la práctica un cogobierno. Ese grupo de personas no elegidas y que disfrutan de las mieles del poder está formado por los parientes y amigos que acompañan la gestión gubernamental con su apoyo en la forma de oportunas contrataciones directas, a las que no habrían tenido acceso de no estar unidos por los especiales lazos de parentesco o de amistad. Así pues, el desagradable tema del “cogobierno” es más desagradable aún cuando lo tomamos por el cogote.

101 años de Panamá América

 
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