Colombia
Desde hace años he manifestado mi preocupación por la suerte del vecino país. Buenos amigos allá y la importancia que le atribuyo a la relación bilateral, hacen que siga de cerca los acontecimientos del orden político y los relativos a la solución de su conflicto interno.
Si hay algo que el presidente colombiano, Alvaro Uribe, hizo bien, es haber internacionalizado el problema y abrir el compás para que se interesen y participen otras naciones, gestoras de buenos oficios en busca de la paz. Sin embargo, en estas iniciativas internacionales, por razones que no conozco, el gran ausente ha sido Panamá, a pesar de la importancia estratégica que tiene Colombia y el efecto que el desbordamiento de su crisis tiene en nuestro país.
La convocatoria por Internet que se acaba de dar, ha producido, a mi juicio, no sólo elevar el nivel de conciencia a lo interno, sino hablar alto y claro en otras latitudes a favor de la paz, repudiar los secuestros, la violencia y el accionar terrorista de las FARC. Por otra parte, este nivel de apoyo ha significado, un apreciable gesto de solidaridad con los secuestrados y sus familiares, ya que ahora su dura realidad es compartida, solidariamente, por más gente alrededor del mundo.
Debe ser en extremo difícil sufrir los rigores de un secuestro. Esa cultura, por decirle de alguna manera, es extraña a nosotros, aún. Lo comparo con una muerte en vida y lo poco que queda de esta última, está a merced de un grupo que igual le da privarte de ella o devolverte a la libertad, en medio de un deplorable juego a la política.
Cuando fui Canciller, tuve la grata oportunidad de conocer y ser amigo de Guillermo Gaviria Correa, quien con el tiempo se convirtió en Gobernador de Antioquia, cuando fue secuestrado por más o menos un año cuando murió asesinado en la selva en medio de una fallida operación de rescate. El año pasado, durante la Feria del Libro en Bogotá, compré el ejemplar que recoge las cartas que él enviaba a su esposa desde el cautiverio rotativo que fue su vida en ese tiempo y que ella publicó como un tributo a su memoria, a su sacrificio y al pacifismo con el que estuvo comprometido. Impresionante lo descriptivo. Lo insignificante que resulta la vida para esas personas que amanecen en un lugar y los rotan sin rumbo conocido, igual para un campamento que para su ejecución. Su lectura lo hace a uno tener una dimensión, lejana por cierto, del problema y lo lleva a entender el trauma de un país, de una persona y de sus familias, entre otras muchas otras cosas.
Colombia ha recibido el apoyo del mundo, así como también la identificación indisoluble de las FARC con el terrorismo y el narcotráfico. Es la hora de apoyar la institucionalidad democrática y la paz en el hermano y vecino país.
Estar vigilante con las descaradas intromisiones de Chávez, quien soterradamente, propugna con sus "iniciativas", gestar un estado terrorista dentro de Colombia al que ya hasta límites con Venezuela le ha dado, al decir de sus recientes e insolentes declaraciones.
Panamá no puede estar al margen de un problema que nos toca muy cerca y que nos afecta ya de manera evidente a nuestra seguridad pública y ciudadana. Es la hora de la solidaridad hacia Colombia y su gente, así como la de la defensa de principios de convivencia democrática que nos son y deben seguir siendo muy caros.