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Colombia vs. Venezuela


LOS PRESIDENTES Alvaro Uribe, de Colombia y Hugo Chávez, de Venezuela, se acusan mutuamente de haber violado la soberanía del otro. Uno por "albergar terroristas" y el otro por "avalar secuestros" en un país extraño.
La actitud de Bogotá es alentada por Washington. Chávez, tras ganar ampliamente el referendo y las elecciones regionales, se ha envalentonado y ha empezado a tomar medidas que afectan intereses pro Estados Unidos. Ha hecho un "tour anti-imperialista" tricontinental, ha lanzado una reforma agraria y viene restringiendo a la prensa opositora.
Al igual que vemos en el Medio Oriente, la estrategia antiterrorista norteamericana acaba golpeando a regímenes que son acusados de ser blandos con ellos. El presidente de Estados Uniods, George Bush hijo, invadió Afganistán acusando a ese país de albergar a Bin Laden, y viene cercando a Siria e Irán a los que tilda de protectores de Hamas y el Hizbola. Ahora podría estar intentando acorralar interna e internacionalmente a quien percibe como una versión criolla de lo que ha sido el "anti-imperialismo pan-árabe", pero asentado en la primera reserva petrolera sudamericana.
¿Por qué los nuevos gobernantes decidieron excluir, hasta el último momento, prácticamente a todo el país del conocimiento del proyecto? ¿Por qué han decidido forzar su aprobación, sin hacer caso al clamor, abrumadoramente mayoritario, de todas las voces que les piden que recapaciten y corrijan el rumbo? Esas interrogantes, al quedarse sin una respuesta, ni pronta ni satisfactoria, ensombrecen la promesa de transparencia hecha durante la campaña electoral. Y si a esa reticencia su suma la actitud propotente y poco feliz, asumida por el presidente de la Asamblea Legislativa y por otros voceros muy allegados al mandatario, es inevitable que crezcan las dudas sobre la sinceridad del gobernante.
Los resultados electorales obtenidos por el PRD, aparentemente, son asumidos por sus representantes en el gobierno como un mandato irrestricto para decidir, como les parezca y consultándose sólo entre ellos mismos, por donde debe caminar el país. Craso error. Su victoria electoral les dio el mandato para gobernar y permanecer en el poder por cinco años, pero no les garantizó que a lo largo de ese período mantendrán la confianza ciudadana, sin la cual ningún gobierno puede ser verdaderamente efectivo.
La confianza y la esperanza ciudadana, que alcanzó su punto más alto cuando el actual gobierno asumió funciones el 1 de septiembre pasado, han comenzado a descender de manera vertiginosa. Y ese hecho es conocido por los gobernantes. Tal vez, no le dan la debida importancia o, tal vez, consideren que les será fácil recuperarla. Ambas actitudes son un lamentable error. Y de seguir por el camino que van, muy pronto lo comprobarán.

101 años de Panamá América

 
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