Combate frontal al narcotráfico
Algo está pasando en y por Panamá en estos últimos meses: cocaína. Y con este producto fatal vienen mezclados los lavadores de dinero, los testaferros, los abogados creadores de empresas fachada, aquellos tumbadores que se han hecho célebres, los sicarios y allá, en el fondo de la olla, los consumidores que se pierden en la alucinante bruma de la adicción.
Las autoridades nacionales, después de un aparatoso debut, han logrado impresionantes conquistas, y la más notoria fue la incautación de más de cuarenta y dos mil libras de cocaína que eran llevadas, vía Panamá, hacia México y Estados Unidos.
Más reciente fue el anuncio de la captura de un grupo que preparaba el envío de mil kilos de la droga hacia el mercado estadounidense, y que se le vincula al cartel de Sinaloa, una feroz organización que podría estar echando raíces en el istmo.
Lo que agobia es que, a pesar de los esfuerzos, del interés por detener la enorme ola de traficantes y sus adláteres, siempre reaparecen en escena las bandas de narcos.
Cada vez que se da un golpe a los mafiosos, surgen de las cenizas nuevos grupos, con más drogas que los otros, con nuevas rutas y más recursos. Todo hace pensar que están por todos lados, que son incontables y que, por más que se intenta decapitarlos, les retoña la testuz.
La posición geográfica de Panamá resulta virtud y condenación en estas circunstancias. Por aquí pasa una enorme cantidad de la droga que se consume en el hemisferio norte, y se establecen grupos de toda índole para comerciarla. Este hecho mueve a pensar que para hacerle frente al flagelo del narcotráfico, se requerirían acá más recursos, humanos y tecnológicos, que en otros países.
Y, lo más importante, hace falta perseguir a quienes hacen posible el tráfico, sin importar su apellido o su entronque económico o político. Sin esto, no hay plan de acción que funcione.
Las autoridades nacionales, después de un aparatoso debut, han logrado impresionantes conquistas, y la más notoria fue la incautación de más de cuarenta y dos mil libras de cocaína que eran llevadas, vía Panamá, hacia México y Estados Unidos.
Más reciente fue el anuncio de la captura de un grupo que preparaba el envío de mil kilos de la droga hacia el mercado estadounidense, y que se le vincula al cartel de Sinaloa, una feroz organización que podría estar echando raíces en el istmo.
Lo que agobia es que, a pesar de los esfuerzos, del interés por detener la enorme ola de traficantes y sus adláteres, siempre reaparecen en escena las bandas de narcos.
Cada vez que se da un golpe a los mafiosos, surgen de las cenizas nuevos grupos, con más drogas que los otros, con nuevas rutas y más recursos. Todo hace pensar que están por todos lados, que son incontables y que, por más que se intenta decapitarlos, les retoña la testuz.
La posición geográfica de Panamá resulta virtud y condenación en estas circunstancias. Por aquí pasa una enorme cantidad de la droga que se consume en el hemisferio norte, y se establecen grupos de toda índole para comerciarla. Este hecho mueve a pensar que para hacerle frente al flagelo del narcotráfico, se requerirían acá más recursos, humanos y tecnológicos, que en otros países.
Y, lo más importante, hace falta perseguir a quienes hacen posible el tráfico, sin importar su apellido o su entronque económico o político. Sin esto, no hay plan de acción que funcione.