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¿Cómo dar seguimiento a Monterrey?


Con muchas expectativas frustradas y muy pocos resultados concretos, concluyó en la ciudad de Monterrey, México, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Financiamiento del Desarrollo. Este cónclave volverá a reunirse dentro de cinco años para examinar los avances realizados. La idea de convocar a una conferencia mundial para examinar qué iniciativas pueden ponerse en práctica para disminuir la brecha, cada vez más amplia, que existe entre países ricos y pobres fue el reconocimiento de que el problema es extremadamente grave y requiere de medidas extraordinarias para remediarla. Sin embargo, los resultados tuvieron un tono menor. En forma piadosa se los consideró un buen punto de partida. Apenas una toma de conciencia respecto a la magnitud del problema.
La globalización, que todos reconocemos como inevitable, ha hecho patente que las naciones ricas deben volver sus ojos hacia las naciones pobres y ayudarlas a incorporarse a la senda del desarrollo. Tal vez, nadie lo expresó mejor en Monterrey que el presidente Chirac: "debemos tener hoy la lucidez y el coraje para tomar conciencia para ofrecer al mundo la esperanza de una aventura común, de un único y mismo destino"(traducción libre). De eso se trata, precisamente. Las naciones ricas deben devolver a las pobres la esperanza y demostrarles que quieren compartir con ellas su bienestar. No sólo la economía debe ser global; también debe serlo la solidaridad.
El presidente Bush, antes de viajar a la cumbre de Monterrey, en el discurso que pronunció en el Banco Interamericano de Desarrollo en Washington, declaró la intención de su gobierno de aumentar los fondos destinados a apoyar a las naciones más pobres, pero también la condicionó al cumplimiento por parte de éstas de algunos requisitos.
Entre ellos, que practiquen la democracia, que tengan gobiernos transparentes, que inviertan en salud y educación, que tengan programas económicos coherentes y sustentables y que abran sus mercados.
La cartilla del presidente norteamericano, que con toda seguridad será la que pondrán en práctica las instituciones financieras internacionales, en términos generales, puede ser compartida. Sin embargo, no tiene validez universal y tampoco aplicarse sin atención a inobjetables realidades actuales. Pongamos algunos ejemplos:
¿Cómo pueden dedicarse mayores recursos a salud y educación, cuando se han copado los límites del endeudamiento público y, además, a duras penas podemos pagar las deudas que arrastramos?
¿Cómo se nos puede pedir que abramos nuestros mercados cuando nuestra producción local debe competir con productos subsidiados o vencer barreras arancelarias y no arancelarias para acceder a los mercados de los países desarrollados? ¿Cómo se nos puede pedir que compitamos sin reconocer y superar las asimetrías económicas que nos limitan?
¿Están los países desarrollados dispuestos a incrementar al 0.7% de su producto interno el monto de la ayuda que proporcionan a los países pobres, que es el monto que se estima imprescindible? Actualmente no llega a la mitad. ¿Están los países ricos dispuestos a encarar seriamente un programa de reducción de deuda, mediante condonaciones?
Todas esas interrogantes deben abordarse y resolverse para darle seguimiento adecuado a la conferencia de Monterrey. Pero no podemos esperar mucho tiempo ni que la iniciativa parta de los países ricos. A los países pobres nos corresponde asumirla. El camino que estimamos adecuado, en el ámbito regional, es la convocatoria en el marco de la OEA de una conferencia para hablar del desarrollo, para concretar las expectativas que en Monterrey se quedaron en intenciones. Esa conferencia debe ocuparse de adecuar los tiempos y las acciones para que las promesas se compaginen con las realidades.

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