default

Comparaciones odiosas


En días pasados, mientras transmitía mi programa radial, un señor de Puerto Armuelles llamó para pedirme que hiciera una comparación entre Arnulfo Arias y Omar Torrijos. Aunque he hablado y escrito bastante de los dos personajes, nunca los comparé, recordando tal vez el consejo que dio Don Quijote a Sancho: que todas las comparaciones son “odiosas”.

No obstante, recordé mucho sobre el tema de las comparaciones. Por ejemplo, recordé que en plena dictadura, yo me pasaba conversando con mis amigos en el café sobre las persecuciones, robos, destierros y asesinatos. Y uno de esos días, Amado Hernández (fallecido) me dijo (palabras más, palabras menos): “Juan, si tu quieres saber cómo es Torrijos y su manera de gobernar, no le preguntes a los de la oposición, pregúntale a sus mejores amigos, a los que se han beneficiado grandemente con su amistad, a los que se han hecho millonarios a su sombra; estoy seguro de que éstos te dirán que fue el más grande de los estadistas, el más patriota de los panameños, el hombre más honrado y respetuoso que ha nacido en nuestro país…” Nada que hacer, tal vez Amado Hernández tenía razón. Cada cual habla de la fiesta según le fue en ella.

En otra ocasión, también en el café, comparaban a un gran hombre con un mediocre, y otro intervino para decir que eso era como comparar a “Un tigre salvaje de la selva, con un micho casero”.

Otra anécdota. Cuentan que el esposo de la hija del gran estadista inglés Winston Churchill, lo odiaba, y en todo momento trataba de rebajarlo y desacreditarlo. Y a este pobre hombre (cuyo nombre nadie recuerda hoy) se le ocurrió preguntarle, maliciosamente, a su famoso suegro: “¿Quién dice usted que es el más grande estadista de nuestro tiempo?” -“Benito Mussolini”- le contestó Churchill. “Mussolini, ¿ y por qué?” -insistió el necio.-“ ¡Porque mandó a matar a su yerno¡”. Le contestó el enorme estadista inglés.

Cuenta un biógrafo del sabio Nicolás Maquiavelo, que ya viejo y arruinado, el autor de El Príncipe solicitó que lo nombraran Secretario de la República de Florencia; y se puso a discusión su propuesta, lo que provocó un gran griterío entre los que tenían que elegirlo. Y resultó una votación de 555 bolas negras, desechando su propuesta. Y a renglón seguido, propusieron a un señor llamado Francisco Tarugo, ¡y no fue discutida¡ Ganó por unanimidad y hasta por aclamación; y se le dio a Tarugo la plaza que se había negado a Maquiavelo. Al enterarse el gran hombre lo que había ocurrido, exclamó: “Entre ese Tarugo y yo no había duda posible…” No sé si sería verdad, pero aseguran que esas fueron las últimas palabras de Maquiavelo al morir...

Y termino con las comparaciones. Una famosa Humorada del gran poeta español, don Ramón de Campoamor, decía: Yo conocí un labrador, que, para ensalzar mi gloria, al borrico de su noria, le llamaba Campoamor.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América