Comprensión y extensión del Estado
Desde el momento en que disponemos al razonamiento, cavilar sobre el Estado, la misma abstracción pareciese no encontrar un horizonte final; es que pensar en el Estado, es en sí racionalmente difícil, por cuanto no puede sustraerse a simples calificaciones cualitativas, dado que su extensión es sumamente amplia. Podríamos llenar páginas completas indagando los conceptos que a través de la historia se han escrito, pero la finalidad no es llover sobre mojado, de cada lectura se denota una circunstancia especial que responde a determinado interés, lo que vicia un concepto universal de Estado.
No pretendo, tampoco, esgrimir una verdad de ciencia política al respecto. En este caso, me expreso como ciudadano, entendiéndome como tal adscrito en derecho y deberes políticos a una organización estatal. Pero, ¿qué me hace sentir parte de un Estado? 1. Mi simple voluntad de querer pertenecer; 2- el hecho de nacer, convivir y vivir en su extensión territorial, aún en estas aseveraciones existen subjetivismos; sin embargo, sobre ellas se han centrado las diversas teorías sobre el Estado.
Una pobreza lógica sobre el concepto me induce literalmente a concluir que un Estado (sin mayúscula o con ella) es una realidad objetiva, un ser o no ser de la realidad.
Ahora, pues, cualificar esa realidad la determina, siendo que de un estado, es decir de un ser o no ser, pasa, indefectiblemente a un ser en sí, se define. De ahí que los distintos conceptos sobre el Estado, sean necesariamente correlacionados a sus cualidades, que a fin de cuentas se resumen en sus gobiernos.
Hasta aquí sólo nos sabemos parte de un Estado que dentro del ser común es universal, podríamos entonces hablar de un Estado Universal, teniendo en cuenta la extensión territorial plus ultra-ilimitada. Pero, ¿el Estado existe sin sus cualidades o son las cualidades las que hacen el Estado? Los tratadistas coinciden en que territorio, gobierno, nación, una vida común de pueblo, y muchas más calificaciones son comunes a todo Estado. Lo cierto es que la evolución de las sociedades ha impulsado a legitimar un Estado calificado en función de las prerrogativas económicas ostensibles dentro de su entorno territorial.
Pensar, entonces, en el Estado actual, vislumbra ribetes de carácter corporativista económico, sin caer en el economicismo, puesto que no soslayamos los elementos emocionales de vida común, propios de la génesis estatal: la familia.
Volvemos a la duda central, ¿cuándo me siento parte de una familia? Nacer, vivir y convivir, son las premisas conceptuales cualitativas; pero a fuerza de costumbre, según el viejo adagio “padre no es el que engendra, sino el que cría” y criar conlleva la patria potestad de deberes y derechos de los padres para con los hijos, y éstos para con sus padres. ¿Es entonces el Estado una familia donde se ejercen deberes y derechos para ambas partes? Entiéndase éstos como los alimentos obligados, dispuestos en la normativa familiar, considerados como las prestaciones económicas necesarias para el efectivo desarrollo biopsicosocial del individuo.
Toda gran familia ha de tener sus diferencias, en función de la aplicación de sus principios internos, dado que no se deja de ser individuo, persona o ser humano por pertenecer a ella, siendo entonces valor esencial el respeto mutuo, de no ser así y de tergiversarse las funciones normales de convivencia, nos encontramos con lo que la ley penal tipifica como “Violencia doméstica”.
Aplicando el Estado por igual al ser administrado por “padres” denominados gobernantes, quienes establecen principios a través de la autoridad patria potestativa del gobierno, puede incurrir en violencia cuando falta al valor del respeto de sus asociados, cuando no proporciona las prestaciones económicas necesarias, cuando impone y no consulta, cuando sojuzga, coerciona y coacciona.
La gran diferencia entre las instituciones mencionadas es que a nivel familiar se tienen opciones para remediar, en algo, la situación física, no así la emocional de la víctima, por el contrario, en el Estado determinado no se tienen patrias sustitutas a no ser que el individuo como tal maneje y condicione elementos económicos de poder, al punto que le sea indiferente el trato violento y desigual del Estado para consigo, tomando como opción desplazarse hacia otro territorio conveniente a sus intereses.
El Estado panameño tiene una comprensión multiforme, pues no se puede hablar del ser panameño como tal sin tomar en consideración múltiples factores: raciales, culturales, territoriales, políticos, económicos, etc. En este sentido puede explicarse, quizás, la falta de unificación o solidaridad poblacional frente a un interés colectivo, la identidad del ser es basamento sustancial para su cohesión. ¿Qué identidad tiene el ser panameño? ¿Por qué me defino como panameño? Por una historia, una bandera, un escudo, un himno, por el “juega vivo” o porque en realidad deseo un desarrollo pleno para todos, sin distinción de ser naturales o extranjeros, tomando en consideración la convivencia pacífica y unitaria de todos dentro de un territorio específico llamado políticamente Panamá.
No pretendo, tampoco, esgrimir una verdad de ciencia política al respecto. En este caso, me expreso como ciudadano, entendiéndome como tal adscrito en derecho y deberes políticos a una organización estatal. Pero, ¿qué me hace sentir parte de un Estado? 1. Mi simple voluntad de querer pertenecer; 2- el hecho de nacer, convivir y vivir en su extensión territorial, aún en estas aseveraciones existen subjetivismos; sin embargo, sobre ellas se han centrado las diversas teorías sobre el Estado.
Una pobreza lógica sobre el concepto me induce literalmente a concluir que un Estado (sin mayúscula o con ella) es una realidad objetiva, un ser o no ser de la realidad.
Ahora, pues, cualificar esa realidad la determina, siendo que de un estado, es decir de un ser o no ser, pasa, indefectiblemente a un ser en sí, se define. De ahí que los distintos conceptos sobre el Estado, sean necesariamente correlacionados a sus cualidades, que a fin de cuentas se resumen en sus gobiernos.
Hasta aquí sólo nos sabemos parte de un Estado que dentro del ser común es universal, podríamos entonces hablar de un Estado Universal, teniendo en cuenta la extensión territorial plus ultra-ilimitada. Pero, ¿el Estado existe sin sus cualidades o son las cualidades las que hacen el Estado? Los tratadistas coinciden en que territorio, gobierno, nación, una vida común de pueblo, y muchas más calificaciones son comunes a todo Estado. Lo cierto es que la evolución de las sociedades ha impulsado a legitimar un Estado calificado en función de las prerrogativas económicas ostensibles dentro de su entorno territorial.
Pensar, entonces, en el Estado actual, vislumbra ribetes de carácter corporativista económico, sin caer en el economicismo, puesto que no soslayamos los elementos emocionales de vida común, propios de la génesis estatal: la familia.
Volvemos a la duda central, ¿cuándo me siento parte de una familia? Nacer, vivir y convivir, son las premisas conceptuales cualitativas; pero a fuerza de costumbre, según el viejo adagio “padre no es el que engendra, sino el que cría” y criar conlleva la patria potestad de deberes y derechos de los padres para con los hijos, y éstos para con sus padres. ¿Es entonces el Estado una familia donde se ejercen deberes y derechos para ambas partes? Entiéndase éstos como los alimentos obligados, dispuestos en la normativa familiar, considerados como las prestaciones económicas necesarias para el efectivo desarrollo biopsicosocial del individuo.
Toda gran familia ha de tener sus diferencias, en función de la aplicación de sus principios internos, dado que no se deja de ser individuo, persona o ser humano por pertenecer a ella, siendo entonces valor esencial el respeto mutuo, de no ser así y de tergiversarse las funciones normales de convivencia, nos encontramos con lo que la ley penal tipifica como “Violencia doméstica”.
Aplicando el Estado por igual al ser administrado por “padres” denominados gobernantes, quienes establecen principios a través de la autoridad patria potestativa del gobierno, puede incurrir en violencia cuando falta al valor del respeto de sus asociados, cuando no proporciona las prestaciones económicas necesarias, cuando impone y no consulta, cuando sojuzga, coerciona y coacciona.
La gran diferencia entre las instituciones mencionadas es que a nivel familiar se tienen opciones para remediar, en algo, la situación física, no así la emocional de la víctima, por el contrario, en el Estado determinado no se tienen patrias sustitutas a no ser que el individuo como tal maneje y condicione elementos económicos de poder, al punto que le sea indiferente el trato violento y desigual del Estado para consigo, tomando como opción desplazarse hacia otro territorio conveniente a sus intereses.
El Estado panameño tiene una comprensión multiforme, pues no se puede hablar del ser panameño como tal sin tomar en consideración múltiples factores: raciales, culturales, territoriales, políticos, económicos, etc. En este sentido puede explicarse, quizás, la falta de unificación o solidaridad poblacional frente a un interés colectivo, la identidad del ser es basamento sustancial para su cohesión. ¿Qué identidad tiene el ser panameño? ¿Por qué me defino como panameño? Por una historia, una bandera, un escudo, un himno, por el “juega vivo” o porque en realidad deseo un desarrollo pleno para todos, sin distinción de ser naturales o extranjeros, tomando en consideración la convivencia pacífica y unitaria de todos dentro de un territorio específico llamado políticamente Panamá.