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Comunicación entre gobierno y el pueblo


Los entendidos en materia de comunicación social coinciden en que hay una gran diferencia entre el simple "comunicar" y el comunicar con un propósito bien definido. Esto significa, por supuesto, que sólo mediante un sistema de comunicación bien planificado y positivo, puede proyectar el gobierno del Estado su verdadera jefatura, sobre todo en la ejecución de obras de bienestar social. Y sólo a través de la comunicación consciente y vigorosa siempre basada en la verdad y solamente la verdad puede el (o la ) gobernante, como máximo dirigente de la Nación, extender la fuerza de su carácter y de sus ideas. Sólo, en suma, sirviéndose de la comunicación clara, consecuente, constante, podrá lograr entendimiento o aceptación entre sus gobernados.
La práctica de la comunicación concebida en este sentido, facilita a la administración gubernamental el hablar claro y alto, por cualquier modo o técnica que sea; sobre todo cuando tiene algo importante que decir, convenciendo a sus gobernados de la calidad de su conducción o jefatura.
Por no reconocer el papel que corresponde a la comunicación planificada y positiva en la administración del Estado, muchos gobernantes se han formado ideas confusas no sólo acerca de cómo pierden, o cómo ganan simpatía y popularidad, sino también acerca del tipo de comunicación más directo con su pueblo que se supone ha de lograrse en función del cumplimiento de mantener debidamente informada a la población de lo que se hace o deja de hacer en el manejo de la cosa pública.
Por otra parte, los que, en función de gobierno, gustan hablar cínicamente, no solamente malogran el mensaje que desean transmitir, sino que abusan con impunidad y frecuencia para impedir o traicionar la comunicación con sus gobernados. Son aquéllos que cultivan el monólogo con sus propias sombras y laberintos sin fin; pero la comunicación verdadera tiene sentido para quienes queremos celebrar y compartir la certidumbre de la condición humana y de convivir en un régimen de libertad y democracia; es decir, comunicación que ofrezca diálogo y no espectáculo.
Un gobierno no consiste, de ninguna manera, en una suma de individuos que actúan teniendo en cuenta únicamente sus interese personales o partidistas. Aunque son individuos con sentimientos, afectados y pasiones, como todos los seres humanos, deben privar en ellos los intereses del bien común sobre los interese particulares. El espíritu que animan un buen servicio de comunicación entre gobernantes y gobernados siempre ha de responder a las metas y anhelos de libertad, bienestar y justicia social de los habitantes del país.
Conforme a lo establecido por las normas modernas de la comunicación social, los cambios se observan, sobre todo, en las orientaciones políticas y sociales. Y es por eso, que la tendencia básica preponderante en la población de los años noventa del siglo XX y todavía en el año 2000 es, en materia de comunicación, la evolución hacia un pragmatismo racional.
Sabemos también que aumentan continuamente las exigencias de información veraz y de abierta comunicación de parte de la gente, y con ello también de rendimiento en la política gubernamental.
La investigación social y la experiencia indican que, cuando los pueblos entienden el interés que encierra para ellos conocer y participar de lo que se planifica y se hace en la gran empresa gubernamental, están mucho más dispuestos a realizar un esfuerzo mayor en el trabajo diario y a cooperar con la administración del gobierno estatal. Hay que tener en cuenta que el entusiasmo, la iniciativa, la cooperación y la lealtad de la gente no se compra. Todas estas cosas hay que ganarla, y, para ello, es necesario disponer de un excelente servicio de comunicación entre gobernantes y gobernados.

101 años de Panamá América

 
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