"Con las alas puestas..."
Jesús, por supuesto, conocía desde antes esa misión de Claudio y Scarlet.
Ese Padre Admirable no se desorganiza jamás, ni tiene esas terribles confusiones de las autoridades de la tierra. Le encomendó a San Miguel Arcángel, experto en tareas delicadas, la recepción sublime a estos espíritus alados y sus acompañantes. Tenía unos minutos el Arcángel de estar sobre el Pico Carreto, en oración y éxtasis, rodeado por la bruma de encajes plateados que lo adornaban esa mañana. Claudio fue el primero, con sus ojos expertos en horizontes, en avistar la calle de honor, de doce ángeles vestidos de túnicas celestes, el color de los aviadores. Le tocó el hombro a Scarlet, la cual le dijo con los ojos: ¿Qué es esto capitán?... El Comandante levantó los hombros como diciendo: "No lo entiendo todavía, pero esperemos instrucciones". Los ángeles les sonreían con ternura cuando les tomaron en sus manos sutiles sus espíritus, apurándolos a dejar sus cuerpos. Las magulladuras y otros desperfectos de los cuerpos no se llevan al cielo. "Dejad que los muertos entierren a sus muertos, porque el que cree en mi no morirá y vivirá para siempre", ya lo había dicho el Maestro de Maestros.
Tampoco se llevan al cielo dolores ni penas. El único dolor de las almas es el dolor por el dolor de los seres que quedan llorando, ignorantes naturalmente del esplendor, la paz y la alegría de aquellas latitudes, que ellos mismos conocerán, si se lo proponen con sus actos, mas tarde. Un Serafín, con un sable resplandeciente al cinto, se ocupa seguidamente de los otros invitados al vuelo inmortal. Entre las brumas que ya se despejaban en las serranías, unas bandas de pericos parlanchines se detuvieron en los árboles para contemplar extasiados el espectáculo que jamás habían visto en esos parajes. Todo el ambiente era de esplendor, y el olor sagrado de Jesús se dejaba sentir a muchos kilómetros a la redonda. La naturaleza estaba rendida ante aquel poder. Se les quitó sus vestidos mortales y terrenos a los demás: Calixto, Elicedio, Luz Ericka, Merit, los pequeños Kiara y Bernardo, luego a Jorge y Orlando, a quienes se les pidió disculpas por los rumores calumniosos. Los mayores fueron embarcados por el mismo San Miguel en una nave avanzada de aquel modelo que divisó el Profeta Ezequiel, bruñido de oro y metales relucientes. El Comandante de esa nave eternal, un curtido aviador de muchas misiones, se incorporó y recibió con un saludo militar a Claudio, dándole un cálido beso en la mejilla a Scarlet, que apenas podía creer que era cierto esa tecnología, en que las velocidades y autonomías de vuelo eran infinitas. A los pequeños se les ofreció un helicóptero multicolor en cuyo interior se les colocó en un parque infantil para que se divirtieran durante el vuelo. Iban aún algo tristes, pero les llegaba una paz infinita de pronto, como si les bloquearan la memoria terrena. Jesús en persona pedía informes de la operación cada cierto tiempo, desde el propio podium principal en que compartía con el Padre y el Espíritu Santo todo el honor y la gloria. Le pidió a su madre, la Santa Virgen de Coromoto, a fìn a los aviadores, que le llevase a Miguel Arcángel dos pares de alas de platino con billantes, para que se les colocase en su nombre a Claudio y Scarlet.
Estos ya estaban siendo instalados en su Santo Hospedaje, mientras recibían instrucciones específicas en ese vuelo eterno hacia la vida perfecta, la salud inmortal y la dicha sin sobresaltos. Se les instaló en el pabellón reservado a las almas servidoras del prójimo. Claudio aún estaba preocupado y algo serio. Pensaba en los suyos de la tierra: Tania, Jassy, Claudio, Diego, Tanita, y su leal compañera. San Miguel lo abrazó y le dijo: "Claudio, lo de ellos hoy es dolor, mañana resignación en Cristo; luego grato recuerdo. Lo tuyo es honor y alegría. Ellos comprenderán". Scarlet por su parte no salía del asombro. Pensaba en su padre, el capitán Jaime: "Me irá a regañar por el accidente", se decía. Su ángel guardián la apretó contra su espíritu, confortándola: "Estás más bella que nunca", le dijo al oído; agregándole con un guiño de ojo: "Para los pilotos no hay nada mejor que salir de la tierra con las alas puestas"... A partir de ese momento, ya no extrañaron más a la tierra. Ingresaron en el oxígeno celestial.
Ese Padre Admirable no se desorganiza jamás, ni tiene esas terribles confusiones de las autoridades de la tierra. Le encomendó a San Miguel Arcángel, experto en tareas delicadas, la recepción sublime a estos espíritus alados y sus acompañantes. Tenía unos minutos el Arcángel de estar sobre el Pico Carreto, en oración y éxtasis, rodeado por la bruma de encajes plateados que lo adornaban esa mañana. Claudio fue el primero, con sus ojos expertos en horizontes, en avistar la calle de honor, de doce ángeles vestidos de túnicas celestes, el color de los aviadores. Le tocó el hombro a Scarlet, la cual le dijo con los ojos: ¿Qué es esto capitán?... El Comandante levantó los hombros como diciendo: "No lo entiendo todavía, pero esperemos instrucciones". Los ángeles les sonreían con ternura cuando les tomaron en sus manos sutiles sus espíritus, apurándolos a dejar sus cuerpos. Las magulladuras y otros desperfectos de los cuerpos no se llevan al cielo. "Dejad que los muertos entierren a sus muertos, porque el que cree en mi no morirá y vivirá para siempre", ya lo había dicho el Maestro de Maestros.
Tampoco se llevan al cielo dolores ni penas. El único dolor de las almas es el dolor por el dolor de los seres que quedan llorando, ignorantes naturalmente del esplendor, la paz y la alegría de aquellas latitudes, que ellos mismos conocerán, si se lo proponen con sus actos, mas tarde. Un Serafín, con un sable resplandeciente al cinto, se ocupa seguidamente de los otros invitados al vuelo inmortal. Entre las brumas que ya se despejaban en las serranías, unas bandas de pericos parlanchines se detuvieron en los árboles para contemplar extasiados el espectáculo que jamás habían visto en esos parajes. Todo el ambiente era de esplendor, y el olor sagrado de Jesús se dejaba sentir a muchos kilómetros a la redonda. La naturaleza estaba rendida ante aquel poder. Se les quitó sus vestidos mortales y terrenos a los demás: Calixto, Elicedio, Luz Ericka, Merit, los pequeños Kiara y Bernardo, luego a Jorge y Orlando, a quienes se les pidió disculpas por los rumores calumniosos. Los mayores fueron embarcados por el mismo San Miguel en una nave avanzada de aquel modelo que divisó el Profeta Ezequiel, bruñido de oro y metales relucientes. El Comandante de esa nave eternal, un curtido aviador de muchas misiones, se incorporó y recibió con un saludo militar a Claudio, dándole un cálido beso en la mejilla a Scarlet, que apenas podía creer que era cierto esa tecnología, en que las velocidades y autonomías de vuelo eran infinitas. A los pequeños se les ofreció un helicóptero multicolor en cuyo interior se les colocó en un parque infantil para que se divirtieran durante el vuelo. Iban aún algo tristes, pero les llegaba una paz infinita de pronto, como si les bloquearan la memoria terrena. Jesús en persona pedía informes de la operación cada cierto tiempo, desde el propio podium principal en que compartía con el Padre y el Espíritu Santo todo el honor y la gloria. Le pidió a su madre, la Santa Virgen de Coromoto, a fìn a los aviadores, que le llevase a Miguel Arcángel dos pares de alas de platino con billantes, para que se les colocase en su nombre a Claudio y Scarlet.
Estos ya estaban siendo instalados en su Santo Hospedaje, mientras recibían instrucciones específicas en ese vuelo eterno hacia la vida perfecta, la salud inmortal y la dicha sin sobresaltos. Se les instaló en el pabellón reservado a las almas servidoras del prójimo. Claudio aún estaba preocupado y algo serio. Pensaba en los suyos de la tierra: Tania, Jassy, Claudio, Diego, Tanita, y su leal compañera. San Miguel lo abrazó y le dijo: "Claudio, lo de ellos hoy es dolor, mañana resignación en Cristo; luego grato recuerdo. Lo tuyo es honor y alegría. Ellos comprenderán". Scarlet por su parte no salía del asombro. Pensaba en su padre, el capitán Jaime: "Me irá a regañar por el accidente", se decía. Su ángel guardián la apretó contra su espíritu, confortándola: "Estás más bella que nunca", le dijo al oído; agregándole con un guiño de ojo: "Para los pilotos no hay nada mejor que salir de la tierra con las alas puestas"... A partir de ese momento, ya no extrañaron más a la tierra. Ingresaron en el oxígeno celestial.