Con y por Haití
Cierto es que presencialmente conozco poco Haití, solo estuve dos veces: la primera, invitado a la toma de posesión del presidente Aristide; y la segunda, en un taller de trabajo. Pero la vinculación es de larga data, pues por muchos años apoyamos solidariamente el esfuerzo del pueblo haitiano por un mejor destino, y recientemente (antes del terremoto) desde el Consejo de Educación de Adultos de América Latina, lanzamos una campaña internacional para que Haití (con la mitad de la población analfabeta) fuera incluida en el Plan Iberoamericano de Alfabetización.
Hoy, una nueva catástrofe aniquiladora pone a Haití en el mapa de las preocupaciones mundiales. La emergencia convoca muchos esfuerzos de sociedades, Gobiernos y personas, al igual que la necesaria reconstrucción de la media isla. Pero, ¿qué reconstrucción?
Un cataclismo natural se puede imputar a la fatalidad, pero no el empobrecimiento extremo del pueblo haitiano. Según Maurice Lemoine, desde 1984, el FMI obligó a Puerto Príncipe a liberalizar su mercado. Los escasos y últimos servicios públicos se privatizaron, negando el acceso a ellos a los más necesitados. En 1970, Haití producía el 90% de los alimentos que consumía, actualmente importa el 55%. El arroz estadounidense subvencionado ha matado la producción local. En agosto y septiembre de 2008, el estallido de los precios alimentarios mundiales hizo que aumentaran su precio el 50%, lo que dio origen a los “motines del hambre”.
Cuenta Galeano que la historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del racismo en la civilización occidental. La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.
Después del terremoto en México DF y del huracán Mitch en Centroamérica, los movimientos sociales propusieron vincular la reconstrucción con un nuevo tipo de desarrollo destinado a reducir la vulnerabilidad social. Plantearon la importancia de construir una estrategia de educación y participación popular como forma de enfrentar la emergencia y la reconstrucción. Luego de enfrentar los aspectos más urgentes de salvamento y rescate –afirma Oscar Jara- es clave el impulso de la organización de grupos operativos que realicen censos, prioricen con la gente las necesidades, definan formas de distribución de la ayuda, constituyan espacios de apoyo afectivo y espiritual, es decir, se construyan formas de organización y participación que a la larga permitan convertir la emergencia en un camino para reconstruir nuevas condiciones, y no volver a la situación anterior. El riesgo de que la emergencia vulnerabilice aún más a la población y la haga más dependiente de la ayuda exterior es grande, por lo que en estos momentos, la apuesta por la participación es fundamental en la reconstrucción de Haití, con base en un modelo de desarrollo integral, autodeterminación y democracia sustantiva.
(raulleisr@hotmail.com)