Confundiendo la fe con la locura
Las sabias monjas que me educaron en la fe y me enseñaron a pensar, más de una vez me alertaron sobre el peligro para la salud del cuerpo y del alma que supone confundir la fe con la locura, y cuán importante es mantener la distinción entre una y otra haciendo uso de la inteligencia que Dios nos ha dado.
La llegada a Panamá de un sacerdote español, especialista en exorcismos, no presagia para la iglesia panameña que esa sana distinción se fortalezca. Exacerba, eso sí, la caricatura antirreligiosa de la fe como una aberración y de los creyentes como seres ignorantes y fanáticos, aferrados a costumbres y ritos absurdos carentes de toda significación en el mundo contemporáneo.
Que el mal existe es indudable, y que lo experimentamos en nuestra propia vida, también. La miseria, la violencia, la proliferación de los vicios y la codicia que vemos a nuestro alrededor, nacen primero en nuestro corazón donde dejamos crecer el egoísmo, la indiferencia y el desamor y olvidamos que como criaturas hechas a la imagen y semejanza de Dios, le ofendemos cuando degradamos la dignidad humana en nosotros o en otros.
La tensión entre el deseo de hacer el bien y lo cortos que nos quedamos para alcanzarlo son parte de la experiencia humana que vivimos los creyentes y los que no siéndolo buscan la verdad con sincero corazón acompañados por el amor de Dios. De ese amor, dice san Pablo, nada puede aparatarnos: ni la vida ni la muerte, ni los ángeles, ni los poderes espirituales, ni las fuerzas del universo, sean del cielo o de los abismos. (Romanos, 35)
El mal, manifestado en el pecado, es siempre un acto personal y libre que requiere plena conciencia y consentimiento. Trivial e irresponsable son las afirmaciones del exorcista Fortea -que también aparecen en su página web- de que la posesión diabólica puede producirse por jugar a la ouija, practicar la santería o el esoterismo, y que las manifestaciones de esa presencia maligna son trances en el que los posesos hablan o gritan con una voz que no es la suya, sienten aversión por los objetos sagrados, escupen vidrios y clavos y, aunque dice no haberlo presenciado, hasta levitan.
Andar a la búsqueda del demonio y fomentar el morbo y la alienación a través de ritos de exorcismo constituye un anacronismo y, además de anticristiano, puede tener graves consecuencias para la integridad física de personas con trastornos siquíatricos que irresponsablemente pueden atribuirse a posesiones diabólicas.
Distinguir entre la fe y la locura, entre las verdades del evangelio y la superstición y la superchería queda esperando por mejores días.