Consolidación democrática (II)
¡La democracia no funciona! La democracia latinoamericana es frágil hoy más que nunca por esta simple y fatídica relación que se ha alojado, con razón, en las mentes de muchos de nuestros coterráneos; que tiene su génesis en la inaceptable omisión que siguen cometiendo los gobiernos de la región, al ignorar la autodeterminación, ingrediente clave que puede dar paso a una sociedad más consciente de sus deberes y derechos.
La aparente apatía que existe ante el sistema democrático tiene fundamentos muy interesantes. En América Latina, cada cierto período de tiempo, los ciudadanos son recordados por quienes ostentan el poder o por quienes aspirar a ejercerlo, todo en vista del advenimiento de un nuevo torneo electoral. Este sistema democrático que sólo deja entrever el valor de las elecciones y del consecuente escrutinio del voto popular, debe pertenecer al pasado. Ese tipo de características son las que hacen cada vez más débil la democracia latinoamericana, ya que el ciudadano se siente relegado durante el tiempo en que los electos ejercen el poder, y sólo recordado cuando se llega la hora de captar el voto.
En casi todos los casos, los políticos tienden a prometer más de lo que pueden o de lo que están dispuestos a cumplir. Algunos caen en la maraña que genera el "deber favores de campaña a tal o cual persona, grupo o gremio", favores que pueden ser en lo político y en lo económico, que tienden a hipotecar, injustificadamente, la toma de decisiones de los administradores de la cosa pública.
Cualquiera que sea el caso, el valor moral de las personas parece no ser lo suficientemente fuerte como para prevalecer sobre las presiones externas. Los políticos que prometen por el mero hecho de captar el voto popular, son los que siguen destruyendo la democracia, pues no tienen la predisposición de cumplir o hacer el esfuerzo por convertir en realidad los compromisos adquiridos. Igual, aquellos que habiendo prometido o no prometido más o menos de la cuenta, llegan al poder y no son lo suficientemente capaces de anteponer la prioridades nacionales a la hora de tomar decisiones; al contrario, se dejan llevar por el clientelismo político, el amiguismo, el nepotismo, las ansias del poder o por el destructible egocentrismo político. Algunos llegan a poner precio en metálico a sus decisiones. Otros sólo sueñan con llegar a ocupar un cargo de mando y jurisdicción para satisfacer sus aspiraciones personales de hacerse de los bienes del Estado.
Nuestra corrupción política es la principal enemiga de la democracia que hoy vemos claudicar. Esa corrupción que comienza por pequeñeces, es la que ahora nos mantiene estancados. Si lográsemos suprimir al máxime la corrupción, conseguiríamos apartar del engranaje gubernamental la contaminación que generan "los trances" previos y postelectorales que embargan toda una gestión gubernamental. Esos trances políticos y económicos son los que generan el rosario de injustificadas acciones que contribuyen al empeoramiento de la imagen del sistema democrático en América Latina.
Las sociedades están viendo cómo los gobiernos latinoamericanos se quejan de "la carencia de recursos", al mismo tiempo que no son capaces de atarse la cintura y controlar el gasto. Hay gobiernos que aseguran no tener recursos para invertir por culpa de la deuda externa -cierto en algunos casos-; pero no tienen la suficiente voluntad política para acabar con los gastos suntuosos que se acreditan presidentes, parlamentarios, ministros, etc.
Las sociedades están viendo cómo bajo el paraguas de una "democracia de elecciones" se pierden recursos propios, se ceden patrimonios nacionales, se toman decisiones que afectan negativamente a los pueblos, se cede ante presiones internacionales sin importar las consecuencias. En fin, la débil credibilidad de la democracia latinoamericana tiene su eje principal en la incapacidad gubernamental de tomar las decisiones que cada nación requiere para encarrilarse hacia mejores días, que nace del injustificado actuar de las clases políticas que se hacen del poder y que anteponen, a la hora de tomar sus decisiones, sus propias prioridades o el salvamento de sus propias debilidades, antes que los requerimientos de la sociedad que dicen representar.
(augustoi@expresionesamp.net)
La aparente apatía que existe ante el sistema democrático tiene fundamentos muy interesantes. En América Latina, cada cierto período de tiempo, los ciudadanos son recordados por quienes ostentan el poder o por quienes aspirar a ejercerlo, todo en vista del advenimiento de un nuevo torneo electoral. Este sistema democrático que sólo deja entrever el valor de las elecciones y del consecuente escrutinio del voto popular, debe pertenecer al pasado. Ese tipo de características son las que hacen cada vez más débil la democracia latinoamericana, ya que el ciudadano se siente relegado durante el tiempo en que los electos ejercen el poder, y sólo recordado cuando se llega la hora de captar el voto.
En casi todos los casos, los políticos tienden a prometer más de lo que pueden o de lo que están dispuestos a cumplir. Algunos caen en la maraña que genera el "deber favores de campaña a tal o cual persona, grupo o gremio", favores que pueden ser en lo político y en lo económico, que tienden a hipotecar, injustificadamente, la toma de decisiones de los administradores de la cosa pública.
Cualquiera que sea el caso, el valor moral de las personas parece no ser lo suficientemente fuerte como para prevalecer sobre las presiones externas. Los políticos que prometen por el mero hecho de captar el voto popular, son los que siguen destruyendo la democracia, pues no tienen la predisposición de cumplir o hacer el esfuerzo por convertir en realidad los compromisos adquiridos. Igual, aquellos que habiendo prometido o no prometido más o menos de la cuenta, llegan al poder y no son lo suficientemente capaces de anteponer la prioridades nacionales a la hora de tomar decisiones; al contrario, se dejan llevar por el clientelismo político, el amiguismo, el nepotismo, las ansias del poder o por el destructible egocentrismo político. Algunos llegan a poner precio en metálico a sus decisiones. Otros sólo sueñan con llegar a ocupar un cargo de mando y jurisdicción para satisfacer sus aspiraciones personales de hacerse de los bienes del Estado.
Nuestra corrupción política es la principal enemiga de la democracia que hoy vemos claudicar. Esa corrupción que comienza por pequeñeces, es la que ahora nos mantiene estancados. Si lográsemos suprimir al máxime la corrupción, conseguiríamos apartar del engranaje gubernamental la contaminación que generan "los trances" previos y postelectorales que embargan toda una gestión gubernamental. Esos trances políticos y económicos son los que generan el rosario de injustificadas acciones que contribuyen al empeoramiento de la imagen del sistema democrático en América Latina.
Las sociedades están viendo cómo los gobiernos latinoamericanos se quejan de "la carencia de recursos", al mismo tiempo que no son capaces de atarse la cintura y controlar el gasto. Hay gobiernos que aseguran no tener recursos para invertir por culpa de la deuda externa -cierto en algunos casos-; pero no tienen la suficiente voluntad política para acabar con los gastos suntuosos que se acreditan presidentes, parlamentarios, ministros, etc.
Las sociedades están viendo cómo bajo el paraguas de una "democracia de elecciones" se pierden recursos propios, se ceden patrimonios nacionales, se toman decisiones que afectan negativamente a los pueblos, se cede ante presiones internacionales sin importar las consecuencias. En fin, la débil credibilidad de la democracia latinoamericana tiene su eje principal en la incapacidad gubernamental de tomar las decisiones que cada nación requiere para encarrilarse hacia mejores días, que nace del injustificado actuar de las clases políticas que se hacen del poder y que anteponen, a la hora de tomar sus decisiones, sus propias prioridades o el salvamento de sus propias debilidades, antes que los requerimientos de la sociedad que dicen representar.
(augustoi@expresionesamp.net)