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Conspiración y "sorfismo" político


Observemos un escenario en el que el izquierdismo se queda sin padrinos y banderas. El modelo socialista soviético destruido por su propio peso o, como dice Fidel, muerto por suicidio, acaso por advertir tardíamente su estrepitoso fracaso.
En nuestra América, sus partidos, salvo excepciones, siempre fueron débiles e incapaces de tomar el poder por los votos. A lo sumo debían conformarse con compartir una pequeña cuota del gobierno donde yacían atados por las reglas democráticas de los contrapesos de poderes y las elecciones periódicas que les impedían realizar su revolución utópica.
Tomar el poder por asalto, al estilo cubano o sandinista, no es viable en un mundo donde las soberanías, sobre todo de los países pequeños, se supeditan a las organizaciones internacionales tipo OEA y ONU, cuyas fuerzas suelen ser emplazadas rápidamente en sitios de inestabilidad; y una nube de negociadores suele apagar las conflagraciones.
De ese modo, sin alternativas, esto es, incapaces de tomar el poder por los votos o por la fuerza; ausente de partidos fuertes y sin financiamiento, con una ideología desgastada y desprestigiada, los movimientos de izquierda deambulan tras loables ideales ecologistas, humanistas y populares, siempre imposible de satisfacer en cualquier sistema, aderezados con mensajes contra la globalización, los prestamistas internacionales y las privatizaciones, amenizados con nostálgicos cánticos paternalistas de tiempos idos.
Normalmente pasan desapercibidos, haciéndose evidentes con una que otra pancarta cuando arriba al país algún visitante distinguido, o trancando una calle con tres o cuatro gatos, que portan banderas rojas con las siglas de algún movimiento desconocido.
No obstante cobran inusitada beligerancia cuando surge algún desasosiego popular por una reivindicación cualquiera, llámese costo de la vida, aumento del pasaje o Código de Trabajo. Allí, cuando se agitan las aguas, surgen al frente de manifestaciones, como sorfistas políticos, nadando sobre tablas, en procura de remontar alguna ola que los eleve por pura suerte al poder o cerca de él.
Estos sorfistas políticos están perennemente a la caza de crisis sociales en cualquier país; y a veces se salen con la suya, como ocurrió en Ecuador y Venezuela, y acontece ahora en Bolivia y Paraguay. Gobiernos democráticos se han derrumbado empujados por grandes masas sin partidos. Y esos movimientos azuzados por agitadores medianamente organizados, fueron capaces de llevar a Chávez al poder y barrer a todos los partidos.
En Panamá el caldo de cultivo no está fermentado para ese dantesco escenario. Pero los agitadores locales que salieron a la superficie el pasado miércoles, con el movimiento popular contra la unificación del pasaje, hasta sacaron su Chávez al hombro, aunque en forma discreta, - para quienes saben observar -, preservándolo del desgaste de la prematura notoriedad, en espera de una ola mayor.


101 años de Panamá América

 
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