Constituyente: La tentación del “borrón y cuenta nueva”
En Panamá existe un creciente movimiento que busca convocar una Asamblea Constituyente originaria, con plenos poderes, con el propósito de refundar nuestro país. Si bien apoyo la necesidad de una Constituyente, y es una posición que he mantenido a lo largo de casi una década en estas páginas de opinión, a veces me parece peligrosa la retórica que subyace a los llamados por esta refundación. Honestamente, no me queda claro que significará refundar Panamá porque una Constitución no es una varita mágica: esta responde, como decía Lasalle, a los factores reales de poder de una sociedad.
Lasalle, dotado de un carisma y un temple que muchos envidiaban, fue un luchador y agitador político radical durante el Siglo XIX, que murió en un duelo, cuando disputó la mano de su amada con un mejor tiro. Pero esa pasión que lo mató, fue la misma que alimentó sus energías durante el complicado periodo de unificación alemana, donde la reforma del ejército propició una crisis constitucional que los liberales buscaron resolver legalmente. Cuando Bismarck, el canciller prusiano, forzó una decisión en contra de la mayoría, Lasalle en una audiencia ante sus otrora aliados políticos, quienes ahora buscaban acomodarse a las nuevas realidades, dijo que “las cuestiones constitucionales son cuestiones de poder... Por eso que el gran error … en vez de cambiar de plano las condiciones reales de poder, es gastar tanto tiempo trabajando los detalles de una constitución”.
Aquella es una cita que aplica en Panamá, máxime las diferencias de contexto. Tenemos que reconocer que aquella no es una tarea fácil, especialmente cuando quienes solicitan aquella fórmula en nuestro patio no cuentan todavía con la maquinaria política para hacer efectiva esa plataforma. Además, no me convence cómo se realizará aquel cambio en las condiciones reales de poder en una sociedad tan quebrada como la nuestra, debemos reconocer que tal ímpetu será producto del resentimiento de una mayoría que se siente desplazada de la bonanza económica, y de la fuerza de sus filas, y esa nunca ha sido la receta política para el progreso. Nadie tiene la razón por la intensidad de sus ansias, sin reparo de cuán urgentes sean, sino por la fuerza de sus argumentos y de cuán incluyente y consensuada sea la visión de país que proponen. Y lo que puede ser peor, toda tarea de refundación institucional justificará el reemplazo de nuestras élites por otros grupos con ansias similares de poder, demagogia y prestigio.
Por eso apoyar la Constituyente no equivale a regalar un cheque en blanco. Si bien estoy de acuerdo con el análisis de Lasalle, no sé cuán de acuerdo estoy con su plan de acción: la Historia está llena de ejemplos cuando los supuestos representantes de las mayorías despilfarran oportunidades para provecho propio – por eso, una Constituyente paralela en Panamá debe desenvolverse dentro de límites consultados popularmente. Si no existe tal serenidad, tras una elección en el futuro, la Constituyente reñirá con los poderes establecidos y eso desencadenará un penoso vacío, donde se requerirá la solidez de nuevos movimientos para salir adelante – mejor si no cuentan con el amarre de las mismas figuras políticas que hoy nos asfixian. Lamentablemente, en una sociedad política tan fragmentada, cerrada y fluida como la nuestra, la aparición de esos nuevos liderazgos es una cuestión difícil y puede dar pie a decisiones apresuradas, donde cometeremos, nuevamente, el error de ceder a favor de esos falsos profetas que aparecen cuando la desesperación nos inunda, hombres y mujeres que tanto nos prometen y desencantan.