Constituyente y elecciones 2004
La propuesta de una Asamblea Constituyente para reformar sustancialmente las bases del aparato político e institucional del Estado panameño ha tomado una espectacular fuerza de apoyo a todos los niveles de la sociedad panameña. Esto representa un consenso colectivo de que no andan bien en nuestro país muchos aspectos de la vida política, cultural, educativa, económica, etc., y de que no se puede seguir permitiendo que Panamá se despedace totalmente para entonces iniciar un profundo debate al respecto. Hasta hace pocas semanas sólo dos candidatos presidenciales, Guillermo Endara y Ricardo Martinelli, estaban a favor de la Constituyente como fórmula para modificar las reglas básicas de la convivencia social.
Ahora que la presión ciudadana aumenta, y sin uso de maneras violentas y revanchistas a la usanza de ciertos grupos radicales del sindicalismo parásito del sistema político-económico paternalista-mercantilista que ha predominado desde 1968 hasta la fecha, es que los otros dos candidatos del "tradicionalismo" que ha monopolizado el rejuego político en la era democrática iniciada en 1989, se adhieren a la propuesta mencionada que originalmente fue impulsada por el grupo Visión 2020.
Particularmente oportunista e incongruente, si hacemos memoria de lo argumentado por el bisoño aspirante presidencial del PRD en meses pasados hasta hace unas semanas, es la aceptación de la Asamblea Constituyente por el susodicho candidato de la "oposición". De todas formas es alentador que así haya sido, aunque lo haga por demagogia electorera, porque de todos modos facilita un consenso inicial al respecto.
Igualmente sin sustento sólido es el argumento de los "reformistas" o formalistas que les preocupa, ahora sí, el obsesivo cumplimiento de las formalidades constitucionales para poder cambiar el sistema político panameño. Ese es un problema accesorio, ya que si la esencia de los cambios que se buscan es de profundizar la democracia en Panamá, resulta contradictorio no hacerlo por el método más democrático que es una Asamblea Constituyente.
Las formalidades en estos momentos sobran. El que todavía no se haya definido cómo se va a llamar a la premencionada Asamblea no quiere decir que esté invalidada esta propuesta.
El argumento de que la Constituyente es una opción sólo cuando hay guerra civil o el Estado está en plena anarquía, es un completo absurdo y causa hilaridad; en ese sentido se pronuncian "analistas" progubernamentales y del PRD quienes, creyendo que van a ganar las elecciones venideras, sienten que una constituyente es una "piedra en el zapato" o un estorbo en su afán de seguir usufructuando del poder con las reglas actuales. Es más, en ningún país en donde se han dado asambleas constituyentes, los políticos tradicionales son desplazados totalmente del rejuego de poder y sí, paradójicamente, cuando hay absoluta anarquía y guerras civiles, argumento usado por estos últimos para evadir la Constituyente.
Si las condiciones en que se convoque a una Asamblea para cambiar sustancialmente el sistema constitucional panameño son claras y específicas, permitiendo que el proceso se desarrolle democráticamente, tendremos una nueva constitución que originará un sistema político más participativo, lo cual es sinónimo de paz y tranquilidad social.
Acertadamente señaló el catedrático Jorge Giannareas, que si la Asamblea Constituyente es democrática tendremos una constitución democrática siendo que las circunstancias y objetivos de su convocatoria determinarán la naturaleza del sistema político que obtendremos en consecuencia.
El poder primario y originario para fundar un Estado o reformar sus estructuras jurídicas lo detenta el colectivo de ciudadanos de una nación en el ejercicio efectivo de sus derechos fundamentales de expresión y participación en la vida política del país.
Por tanto, ninguna norma previa puede condicionar la esencia del proceso constituyente, el cual surge como necesario para darle legitimidad al carcomido sistema de Estado clientelar y de dictablanda partidocrática y burocrática; que tiene paralizado el desarrollo nacional al contener las fuerzas creativas y productivas del pueblo.
Todo el debate que se ha dado es un gran avance sobre la importancia de una constituyente sin levantar falsas expectativas sobre la misma. Es un primer paso, pero sine qua non para lograr otros objetivos de más largo alcance.
De lo que sí hay que tener cuidado es que grupos mal intencionados secuestren el proceso fundacional de un Estado moderno; y que la clase política con fórmulas superficiales tergiversen el mismo.
Ahí está la propuesta PRD-PP que suena como guiada por otros propósitos sin que se les niegue su derecho a presentarla. De manera que estamos en un momento crucial de la historia que no debemos desaprovechar y la Asamblea Constituyente es la puerta de entrada hacia un nuevo punto de inicio en aras de un país de más oportunidades para las mayorías. Extraigamos conclusiones positivas del momento de reflexión colectiva que representó la celebración del Centenario de la República. Sigamos adelante.
Ahora que la presión ciudadana aumenta, y sin uso de maneras violentas y revanchistas a la usanza de ciertos grupos radicales del sindicalismo parásito del sistema político-económico paternalista-mercantilista que ha predominado desde 1968 hasta la fecha, es que los otros dos candidatos del "tradicionalismo" que ha monopolizado el rejuego político en la era democrática iniciada en 1989, se adhieren a la propuesta mencionada que originalmente fue impulsada por el grupo Visión 2020.
Particularmente oportunista e incongruente, si hacemos memoria de lo argumentado por el bisoño aspirante presidencial del PRD en meses pasados hasta hace unas semanas, es la aceptación de la Asamblea Constituyente por el susodicho candidato de la "oposición". De todas formas es alentador que así haya sido, aunque lo haga por demagogia electorera, porque de todos modos facilita un consenso inicial al respecto.
Igualmente sin sustento sólido es el argumento de los "reformistas" o formalistas que les preocupa, ahora sí, el obsesivo cumplimiento de las formalidades constitucionales para poder cambiar el sistema político panameño. Ese es un problema accesorio, ya que si la esencia de los cambios que se buscan es de profundizar la democracia en Panamá, resulta contradictorio no hacerlo por el método más democrático que es una Asamblea Constituyente.
Las formalidades en estos momentos sobran. El que todavía no se haya definido cómo se va a llamar a la premencionada Asamblea no quiere decir que esté invalidada esta propuesta.
El argumento de que la Constituyente es una opción sólo cuando hay guerra civil o el Estado está en plena anarquía, es un completo absurdo y causa hilaridad; en ese sentido se pronuncian "analistas" progubernamentales y del PRD quienes, creyendo que van a ganar las elecciones venideras, sienten que una constituyente es una "piedra en el zapato" o un estorbo en su afán de seguir usufructuando del poder con las reglas actuales. Es más, en ningún país en donde se han dado asambleas constituyentes, los políticos tradicionales son desplazados totalmente del rejuego de poder y sí, paradójicamente, cuando hay absoluta anarquía y guerras civiles, argumento usado por estos últimos para evadir la Constituyente.
Si las condiciones en que se convoque a una Asamblea para cambiar sustancialmente el sistema constitucional panameño son claras y específicas, permitiendo que el proceso se desarrolle democráticamente, tendremos una nueva constitución que originará un sistema político más participativo, lo cual es sinónimo de paz y tranquilidad social.
Acertadamente señaló el catedrático Jorge Giannareas, que si la Asamblea Constituyente es democrática tendremos una constitución democrática siendo que las circunstancias y objetivos de su convocatoria determinarán la naturaleza del sistema político que obtendremos en consecuencia.
El poder primario y originario para fundar un Estado o reformar sus estructuras jurídicas lo detenta el colectivo de ciudadanos de una nación en el ejercicio efectivo de sus derechos fundamentales de expresión y participación en la vida política del país.
Por tanto, ninguna norma previa puede condicionar la esencia del proceso constituyente, el cual surge como necesario para darle legitimidad al carcomido sistema de Estado clientelar y de dictablanda partidocrática y burocrática; que tiene paralizado el desarrollo nacional al contener las fuerzas creativas y productivas del pueblo.
Todo el debate que se ha dado es un gran avance sobre la importancia de una constituyente sin levantar falsas expectativas sobre la misma. Es un primer paso, pero sine qua non para lograr otros objetivos de más largo alcance.
De lo que sí hay que tener cuidado es que grupos mal intencionados secuestren el proceso fundacional de un Estado moderno; y que la clase política con fórmulas superficiales tergiversen el mismo.
Ahí está la propuesta PRD-PP que suena como guiada por otros propósitos sin que se les niegue su derecho a presentarla. De manera que estamos en un momento crucial de la historia que no debemos desaprovechar y la Asamblea Constituyente es la puerta de entrada hacia un nuevo punto de inicio en aras de un país de más oportunidades para las mayorías. Extraigamos conclusiones positivas del momento de reflexión colectiva que representó la celebración del Centenario de la República. Sigamos adelante.