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Construir la sociedad


Dónde estamos después de 101 años? ¿Estamos al final, en medio o al principio de algo? La respuesta no depende tanto de quiénes somos, sino de qué hacemos con lo que somos. O quizás, con mayor exactitud, de cómo entendemos lo que hacemos. La primera forma de entender el proyecto común de la población que ocupa esta única geografía del planeta es la nación. La mayor parte de la literatura sobre la evolución del istmo apunta a la construcción de una nación panameña, que contribuye a formar en los individuos un sentido de pertenencia e identidad, generador de valores y lealtades. Durante el siglo XIX fuimos colombianos y neogranadinos, pero no por ello dejamos de ser en ningún momento panameños.
Dejando de lado la discusión bizantina de si en 1903 éramos o no una nación, algo que no tiene nada que ver con el hecho real de que, como en tantos otros momentos del devenir histórico, antes y después de esa fecha, hubo gente -nuestra y de otras partes- que especuló, traficó y se benefició gracias a una idea de la nación panameña, lo importante de considerar que los 101 años tratan de la construcción del proyecto nacional es que ello nos coloca en el fin de algo. Este fin no viene del latin "finis", como en "finis terrae" (lugar donde terminaba el mundo, según el pensamiento antiguo y medieval), sino del griego "telos", en el que el fin, antes que terminación, es la finalidad o propósito consciente de lo que se hace. No es que la nación esté acabada o completa, pues seguiremos creciendo y evolucionando como pueblo con una identidad propia, sino que todo lo que hacemos tiene como medida y punto de referencia a la nación.
Ahora bien, para que la nación evolucione se necesitan más recursos conceptuales que el solo fundamento en la vocación nacional. Se necesita entender el Estado, en general, y el proceso de construcción del Estado democrático, en particular. 1903 marca el inicio de la vida de Panamá como Estado independiente, pero no marca el inicio del Estado en Panamá, proceso con antecedentes que hunden sus raíces en la época de la conquista y colonización de estos territorios por los poderes del viejo mundo.
En lo que al proceso de construcción del Estado panameño se refiere, estamos en medio de algo. Apenas en 1999 resolvimos la cuestión de la integridad territorial, y todavía nuestra institucionalidad es débil, pues en la vida pública y política predominan los personalismos.
Los grandes logros que podemos exhibir en la construcción del Estado panameño podrían palidecer en presencia de los retos que pesan sobre nuestros hombros hoy. La corrupción y la impunidad, el descrédito de las instituciones, la devaluación de la Constitución, las enormes deficiencias en el cumplimiento y aplicación de la ley, son señales muy claras de que tenemos un Estado a medias. No es el tamaño de la planilla del gobierno central lo que contribuye positivamente a afianzar el Estado.
El Estado no se construye por su propia dinámica. El Estado se construye en sociedad, desde la sociedad. Esto significa que el Estado se hace inicialmente con todo lo bueno y lo malo que hay en la sociedad, que es una realidad más compleja que la nación y el Estado tomados por separado. Quizás estamos descubriendo que todos los avances y conquistas que legítimamente tenemos como nación y como Estado nos llevan a concretarnos ahora a la construcción de una sociedad panameña, que no es lo mismo que percatarse de que hay allí una sociedad cualquiera. Podemos ponerle el nombre que nos haga sentir más cómodos, pues en el fondo no hay mayor diferencia de sentido si llamamos a este proceso "construcción de la ciudadanía social", "democracia de ciudadanos", "cultura de participación", o "nación incluyente".
En realidad, estamos al inicio de un proceso cuyo punto de partida es la dignidad de la persona y si una idea de nación se utiliza en detrimento de un grupo de personas, para excluirlos y negarles identidad y bienestar, entonces lo que está mal es "ese" sentido de nación. Igual: si una manera de entender el Estado despoja a un grupo de personas de sus derechos y libertades, entonces lo que está mal es "esa" manera de entender al Estado. Atrás quedó la estúpida idea, popular hace no muchos años, de que "amargo es nuestro vino, pero es nuestro vino", que servía como justificación de atropellos, injusticias y corrupción. Ahora nuestro esfuerzo consciente como país consiste en producir "nuestro mejor vino", que no es más que una sociedad en la que todas las personas, mujeres, niños, ancianos, negros, indígenas, y aquellos con necesidades especiales, son tratadas con dignidad, a pesar de las limitaciones materiales que conoce la existencia.
Espero que el Creador me regale la oportunidad de celebrar el primer bicentenario y no me refiero al del 2103, fecha para la cual no me atrevo a arriesgar ningún juicio. Quisiera compartir la celebración de doscientos años de panameños y panameñas en el 2021 y constatar que, en efecto, hemos tomado el rumbo correcto y nuestra sociedad se parece un poco más a esa imagen-objetivo que, junto a otros especialistas, contribuí a elaborar en 1998 y que es popularmente conocida como la Visión Nacional 2020. Una ambición no menor es la de celebrar antes nuestros primeros 500 años como ciudad, festejo que se encuentra a sólo tres lustros, y que únicamente será posible si hay un esfuerzo político sostenido de salvar a la ciudad de Panamá de la vorágine de los intereses comerciales.
Darle contexto a los 101 años del festejo significa que no podemos elegir una opción e ignorar las otras, pues para construir la sociedad necesitamos una nación floreciente y un Estado robusto.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América