Contra la violencia, el buen humor
Hace unos sábados escribí en la columna "¿A quién admiras?" sobre los ídolos de los pueblos. Colombia hoy llora a uno de ellos, quien los hizo reír y gozar momentáneamente mientras lo escuchaban: Colombia llora a un amante de la paz mientras un minúsculo grupo extremista no se hace responsable de su muerte.
Pocas cosas existen que den más salud que la risa. Reír tú o hacer reír a los demás es lo que más ayuda en tus relaciones con los demás. Cuando sonríes o ríes, reflejas bienestar, positivismo que tanto requiere la gente y transmites un deseo de vivir, de crecer, de superación. Una frase jocosa basta para romper la tensión de un momento, una situación que pudo haber terminado trágicamente o por lo menos en forma desagradable.
Por esto el pueblo colombiano quería a Garzón y veía en él el prototipo de lo que cada uno deseaba ser, de lo que cada uno quería decir, y tal vez, cómo quisiera vivir. El buen humor es tan importante para la salud, que aquellos que no conocen las bromas, que no las soportan, tienen "detrás de la oreja" un esbozo de amargura que les impide gozar de un buen momento. Por esto, los humoristas, los comediantes y los payasos hacen la vida linda a millones de personas.
Lo sucedido en Colombia no es más que el reflejo de una violencia enfermiza (permítaseme la redundancia porque ninguna violencia es sana). Es el reflejo de una sociedad deshecha, desmembrada, donde la familia como grupo primordial ha dejado de ser un conjunto de personas comunicativas entre sí y llenos de amor y comprensión. La violencia se ve en todos los países del mundo y no es privativa de Colombia. Desde luego que en unos es más marcada que en otros. Pienso en la necesidad de inculcar a los niños y a los jóvenes lo contrario de la violencia; una cultura de paz que los enseñe a defender sus derechos, a defender la justicia y la igualdad, pero con el diálogo, con comprensión, con entendimiento.
No concibo a los grupos armados, a los guerrilleros, a los paramilitares. Por esto, en ningún momento de mi vida he sido partidista de los militares que, para lo único que sirven es para absorber parte del presupuesto nacional, para ser privilegiados, para matar. Los guerrilleros traen arrastrados problemas emocionales de la infancia, que no les permite adaptarse a una sociedad pacífica y civil, son el brazo armado de la parte contraria a la que se apoya en los ejércitos.
Lo que sucede es que hoy no dirimimos nuestras diferencias con palabras, con un puñetazo; hoy matamos sin asco, sin remordimiento. Parece que todos somos asesinos en potencia y que la violencia individual está cruzando los límites hacia la colectiva.
Con buen humor, con entendimiento, con la sonrisa en los labios, la humildad, el cariño para hablar, olvidaremos, aunque sea momentáneamente, los problemas que nos acosan; suavizaremos el deseo de matar a alguien que nos viene a todos en un momento dado, y nos ayudará a conservar la paz. Nadie que esté contento piensa en violencia. Hagamos del buen humor nuestro mejor compañero y viviremos más felices los momentos cortos de la vida.
Pocas cosas existen que den más salud que la risa. Reír tú o hacer reír a los demás es lo que más ayuda en tus relaciones con los demás. Cuando sonríes o ríes, reflejas bienestar, positivismo que tanto requiere la gente y transmites un deseo de vivir, de crecer, de superación. Una frase jocosa basta para romper la tensión de un momento, una situación que pudo haber terminado trágicamente o por lo menos en forma desagradable.
Por esto el pueblo colombiano quería a Garzón y veía en él el prototipo de lo que cada uno deseaba ser, de lo que cada uno quería decir, y tal vez, cómo quisiera vivir. El buen humor es tan importante para la salud, que aquellos que no conocen las bromas, que no las soportan, tienen "detrás de la oreja" un esbozo de amargura que les impide gozar de un buen momento. Por esto, los humoristas, los comediantes y los payasos hacen la vida linda a millones de personas.
Lo sucedido en Colombia no es más que el reflejo de una violencia enfermiza (permítaseme la redundancia porque ninguna violencia es sana). Es el reflejo de una sociedad deshecha, desmembrada, donde la familia como grupo primordial ha dejado de ser un conjunto de personas comunicativas entre sí y llenos de amor y comprensión. La violencia se ve en todos los países del mundo y no es privativa de Colombia. Desde luego que en unos es más marcada que en otros. Pienso en la necesidad de inculcar a los niños y a los jóvenes lo contrario de la violencia; una cultura de paz que los enseñe a defender sus derechos, a defender la justicia y la igualdad, pero con el diálogo, con comprensión, con entendimiento.
No concibo a los grupos armados, a los guerrilleros, a los paramilitares. Por esto, en ningún momento de mi vida he sido partidista de los militares que, para lo único que sirven es para absorber parte del presupuesto nacional, para ser privilegiados, para matar. Los guerrilleros traen arrastrados problemas emocionales de la infancia, que no les permite adaptarse a una sociedad pacífica y civil, son el brazo armado de la parte contraria a la que se apoya en los ejércitos.
Lo que sucede es que hoy no dirimimos nuestras diferencias con palabras, con un puñetazo; hoy matamos sin asco, sin remordimiento. Parece que todos somos asesinos en potencia y que la violencia individual está cruzando los límites hacia la colectiva.
Con buen humor, con entendimiento, con la sonrisa en los labios, la humildad, el cariño para hablar, olvidaremos, aunque sea momentáneamente, los problemas que nos acosan; suavizaremos el deseo de matar a alguien que nos viene a todos en un momento dado, y nos ayudará a conservar la paz. Nadie que esté contento piensa en violencia. Hagamos del buen humor nuestro mejor compañero y viviremos más felices los momentos cortos de la vida.