Contraste
Darío I de Persia y Alejando Magno. Ambos fueron magníficos guerreros y conquistadores y amantes de la gloria. Más eran los pueblos que tenían que cuidarse de ellos, que ellos de otros pueblos. Su celo en la constitución y preservación de los ejércitos era extremado, lo cual justificaban invocando la defensa de la patria. Nada era para ellos más importante, pero Darío lo llevó cruelmente a la exageración.
En una ocasión, un anciano que tenía tres hijos le solicitó que le dejara uno, siquiera uno a quien no se lo llevara a la guerra. Darío le contestó que le dejaría a los tres. Luego los hizo decapitar a todos para que, escarmentado, ningún padre antepusiera sus sentimientos al bien común de la patria.
Cuando Alejandro venció a Darío y se adueñó de Persia con todas sus riquezas, le informaron que entre los prisioneros estaba la reina esposa de Darío y le preguntaron qué tenían que hacer con ella. - ¿Cómo es?, preguntó. "Joven y bella", le respondieron. "Tratadla con todos los honores debido a su condición". -¿La quieres ver?
-"No. No la quiero ver, porque si es joven y bella, me gustará; como no debo dar cuenta a nadie de mis acciones, haré con ella lo que no está bien con una reina vencida.
Además, tal fue la deferencia con que Alejandro hizo tratar a la madre de Darío que, a pesar de que él le había destronado al hijo, estalló ella en llanto al enterarse de su muerte.