Control norteamericano de puertos panameños
Al principio nos asustó sobremanera. Pensamos que era una especie de práctica discriminatoria en perjuicio de los puertos panameños, que son los más modernos del continente, salvando dos o tres de Estados Unidos. En adelante, toda mercancía embarcada desde Panamá con rumbo a puertos estadounidenses debía pasar controles estrictos, que incluye verificación por rayos X, como en los aeropuertos.
En la práctica, el asunto era hasta peor. Inspectores o compañías norteamericanas autorizadas serían las únicas que podrían válidamente certificar que un embarque está bien, no los panameños. Como era de esperar, la reacción de los nacionalistas locales fue instantánea. Era una afrenta más, hechura del nuevo siglo, de la soberanía nacional por el imperialismo.
A más de lo anterior - pensamos - las nuevas inspecciones in situ encarecerían los servicios portuarios panameños en beneficio de otros terminales marítimos, como los de Jamaica, que compiten fieramente con los nuestros. Además, podría configurarse - temíamos - una suerte de competencia desleal con los propios puertos norteamericanos, cuyas mercancías embarcadas hacia terceros países no tendrían que pasar y pagar por el mismo control.
Un suspiro de alivio dejamos escapar cuando supimos que no era una medida discriminatoria sino de tipo general que empezaría a aplicarse a los principales puertos latinoamericanos, incluyendo a los principales de Brasil y Argentina. En cierto sentido, estábamos bien acompañados en la adversidad.
Pero la medida, al igual que la adoptada por la Organización Marítima Internacional respecto a las prácticas de seguridad certificada en los buques que atracaran inicialmente puertos norteamericanos y a todos los puertos del mundo después, es parte de una serie de prácticas de seguridad que han cambiado los hábitos y costumbres de los ciudadanos del planeta. Como comentó alguien tras el trágico septiembre 11, Estados Unidos - y ahora el mundo - ha perdido la inocencia.
Y tendremos que acostumbrarnos. El terrorismo se ha globalizado y las medidas para combatirlo también. Son parte de las nuevas reglas que hacen ahora menos placentero o, si se quiere, más incómodo viajar. Las mismas se aplican ahora al transporte de mercancías y bienes entre países y a las exportaciones. La vida misma, se ha vuelto de pronto, en grado mayúsculo, miserable. Frente a esa realidad no nos queda otra que adaptarnos y seguir compitiendo bajo el nuevo escenario.
-Menos mal que la bajada es facilita. La solera me sirve de tobogán, pero si alguien me ve zurrándome por allí, creerá que estoy loca de remate.
La solera era una viga que se había ladeado y era lo bastante ancha como para que la vieja se deslizara despacio hasta abajo. Después del descanso, la vieja se puso de pie y revisó la chácara que llevaba colgada al hombro, a ver si no se había derramado la botella de leche o el frasco con miel de palo que cargaba en ella.
-Está todo bien... -dijo- el gato debe estar muerto de hambre. Y entró en el desván intentando hacer el menor ruido posible. El gato que tenía las patas de trapo y rabo al revés, levantó la cabeza cuando se abrió la puerta
Miró la vieja con unos ojos grandes y verdes. Se levantó de la almohada donde dormía y se acercó a la mujer, lamiéndole las manos. La vieja le preguntó al gato:
-¿Dormiste bien? Te traigo tu comida. La leche está fresca y la miel de palo, riquísima.
-Dormí a pierna suelta. Gracias señora -Le respondió el gato. La vieja le sirvió al gato y el gato comió hasta llenarse, quedándole suficiente leche y miel para el resto del día.
-¿Cuándo vas a salir de aquí, gato?
-Usted sabe que no me atrevo porque la gente se reiría de mí, y entonces sí que dirían que usted es una bruja.
-¿ Y qué esperas? ¿Qué vuelvas a pasar la estrella fugaz? -dijo la vieja.
-La estrella fugaz tiene que volver a pasar esta noche. Estoy seguro que así será -dijo el gato.
Entonces el gato recordó lo que le sucedió cuando estaba en el techo de la casa, despatillado, maullándole a la luna y cuando por primera vez vio pasar a la estrella fugaz. Recordó que los humanos decían que si uno cerraba los ojos y pedía un deseo, éste se le cumplía. Y así lo hizo. Cerró los ojos, pero pidió un deseo de relajo. Riéndose a carcajadas pidió a la estrella fugaz tener patas de trapo, el rabo al revés y también hablar como la gente.
Sintió una picazón en todo el cuerpo y cuando peló los ojos y se miró, encontró que tenía las patas de trapo, el rabo al revés y hablaba hasta por los codos. Desde ese momento no quiso salir del desván, ni bajar a la sala y mucho menos, salir a la calle.
La viejita besó al gato que entornó los ojos y movió su extraño rabo del puro gusto. Luego el micho oyó y miró nuevamente cómo la anciana se alejaba, y luego lanzaba el gritito de susto al deslizarse por la solera.
Esa noche y todas las noches hasta el día que terminaros sus siete vidas, el gato esperó inútilmente esa estrella fugaz, mientras, recibió la visita amable de la vieja que subía por la escalera y bajaba por la solera. Su consuelo fue saber que la historia del encuentro de él, el gato, con la vieja tenía y seguiría teniendo la poderosa magia de hacer reír o sonreír y finalmente dormir a infinidad de niños y niñas, gracias a la cantinela que reza:
Érase una vieja que subía por una escalera y bajaba por una solera. Y un gato que tenía las patas de trapo y el rabo al revés. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?
En la práctica, el asunto era hasta peor. Inspectores o compañías norteamericanas autorizadas serían las únicas que podrían válidamente certificar que un embarque está bien, no los panameños. Como era de esperar, la reacción de los nacionalistas locales fue instantánea. Era una afrenta más, hechura del nuevo siglo, de la soberanía nacional por el imperialismo.
A más de lo anterior - pensamos - las nuevas inspecciones in situ encarecerían los servicios portuarios panameños en beneficio de otros terminales marítimos, como los de Jamaica, que compiten fieramente con los nuestros. Además, podría configurarse - temíamos - una suerte de competencia desleal con los propios puertos norteamericanos, cuyas mercancías embarcadas hacia terceros países no tendrían que pasar y pagar por el mismo control.
Un suspiro de alivio dejamos escapar cuando supimos que no era una medida discriminatoria sino de tipo general que empezaría a aplicarse a los principales puertos latinoamericanos, incluyendo a los principales de Brasil y Argentina. En cierto sentido, estábamos bien acompañados en la adversidad.
Pero la medida, al igual que la adoptada por la Organización Marítima Internacional respecto a las prácticas de seguridad certificada en los buques que atracaran inicialmente puertos norteamericanos y a todos los puertos del mundo después, es parte de una serie de prácticas de seguridad que han cambiado los hábitos y costumbres de los ciudadanos del planeta. Como comentó alguien tras el trágico septiembre 11, Estados Unidos - y ahora el mundo - ha perdido la inocencia.
Y tendremos que acostumbrarnos. El terrorismo se ha globalizado y las medidas para combatirlo también. Son parte de las nuevas reglas que hacen ahora menos placentero o, si se quiere, más incómodo viajar. Las mismas se aplican ahora al transporte de mercancías y bienes entre países y a las exportaciones. La vida misma, se ha vuelto de pronto, en grado mayúsculo, miserable. Frente a esa realidad no nos queda otra que adaptarnos y seguir compitiendo bajo el nuevo escenario.
-Menos mal que la bajada es facilita. La solera me sirve de tobogán, pero si alguien me ve zurrándome por allí, creerá que estoy loca de remate.
La solera era una viga que se había ladeado y era lo bastante ancha como para que la vieja se deslizara despacio hasta abajo. Después del descanso, la vieja se puso de pie y revisó la chácara que llevaba colgada al hombro, a ver si no se había derramado la botella de leche o el frasco con miel de palo que cargaba en ella.
-Está todo bien... -dijo- el gato debe estar muerto de hambre. Y entró en el desván intentando hacer el menor ruido posible. El gato que tenía las patas de trapo y rabo al revés, levantó la cabeza cuando se abrió la puerta
Miró la vieja con unos ojos grandes y verdes. Se levantó de la almohada donde dormía y se acercó a la mujer, lamiéndole las manos. La vieja le preguntó al gato:
-¿Dormiste bien? Te traigo tu comida. La leche está fresca y la miel de palo, riquísima.
-Dormí a pierna suelta. Gracias señora -Le respondió el gato. La vieja le sirvió al gato y el gato comió hasta llenarse, quedándole suficiente leche y miel para el resto del día.
-¿Cuándo vas a salir de aquí, gato?
-Usted sabe que no me atrevo porque la gente se reiría de mí, y entonces sí que dirían que usted es una bruja.
-¿ Y qué esperas? ¿Qué vuelvas a pasar la estrella fugaz? -dijo la vieja.
-La estrella fugaz tiene que volver a pasar esta noche. Estoy seguro que así será -dijo el gato.
Entonces el gato recordó lo que le sucedió cuando estaba en el techo de la casa, despatillado, maullándole a la luna y cuando por primera vez vio pasar a la estrella fugaz. Recordó que los humanos decían que si uno cerraba los ojos y pedía un deseo, éste se le cumplía. Y así lo hizo. Cerró los ojos, pero pidió un deseo de relajo. Riéndose a carcajadas pidió a la estrella fugaz tener patas de trapo, el rabo al revés y también hablar como la gente.
Sintió una picazón en todo el cuerpo y cuando peló los ojos y se miró, encontró que tenía las patas de trapo, el rabo al revés y hablaba hasta por los codos. Desde ese momento no quiso salir del desván, ni bajar a la sala y mucho menos, salir a la calle.
La viejita besó al gato que entornó los ojos y movió su extraño rabo del puro gusto. Luego el micho oyó y miró nuevamente cómo la anciana se alejaba, y luego lanzaba el gritito de susto al deslizarse por la solera.
Esa noche y todas las noches hasta el día que terminaros sus siete vidas, el gato esperó inútilmente esa estrella fugaz, mientras, recibió la visita amable de la vieja que subía por la escalera y bajaba por la solera. Su consuelo fue saber que la historia del encuentro de él, el gato, con la vieja tenía y seguiría teniendo la poderosa magia de hacer reír o sonreír y finalmente dormir a infinidad de niños y niñas, gracias a la cantinela que reza:
Érase una vieja que subía por una escalera y bajaba por una solera. Y un gato que tenía las patas de trapo y el rabo al revés. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?