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Conversaciones simultáneas


AL ESFUERZO por entender el mundo y la sociedad, el cambio y el conflicto, subyace siempre una filosofía, no importa que esta no siempre tenga la espalda robusta de un Atlas, o que su identificación sea difícil o equívoca. Hay una reflexión sobre la democracia que me parece necesaria pero elusiva, porque requiere el juego de ciertos conceptos que no son desconocidos, pero que se malentienden por descuido.
Para que se desarrolle la democracia y para que impere la justicia, es necesaria una cierta manera de comprender el comportamiento humano que los antiguos griegos llamaron "logos" y que la era contemporánea, post-iluminista, prefiere redescubrir como un diálogo, es decir, no como una verdad solitaria que le pertenece a un pensador - conciencia del mundo, sino que es construida por una multiplicidad de razones dialogantes entre sí. "Diálogo" no significa tanto entonces un logos de dos vías, cuanto un reconocimiento de que no hay una sola lógica estructuradora de la realidad social.
Al desplazar al viejo concepto de razón por una polifonía de voces racionales, el mundo contemporáneo se ha resignado a la idea de que los fenómenos históricos no responden a una causalidad única o superior que podamos llamar económica, política, o cultural. La producción de la riqueza, las relaciones de poder, una cierta predeterminación según valores y costumbres, son todas dinámicas que se entrecruzan entre sí y se mezclan de modos tan diversos que es inútil tratar de descubrir una combinación ganadora.
Cuando se dice que toda realidad "está condicionada por factores económicos, políticos y culturales", se insinúa la imbricación de causalidades diferentes, pero se tiende a fetichizar sus contenidos. Por eso, es más recomendable que, al echarle una mirada fresca al desarrollo de la democracia en nuestro medio, no solo adoptemos un punto de vista dinámico que nos permita ver lo que estamos construyendo, en medio de aciertos y errores, sino que reconozcamos que hay una multitud de "conversaciones" que simultáneamente marcan derroteros para la acción.
Estas conversaciones son tanto un hacer como una búsqueda de sentido de lo que se hace. Se propone, se cuestiona, se responde, se juzga y también se condena. Las conversaciones no se detienen, pero aveces no avanzan, y en ellas intervienen diversos intereses -no siempre transparentes- que buscan posicionarse con ventaja frente al común de los dialogantes. En las conversaciones hay persuasión, pero también manipulación. No es un juego de policías contra ladrones, pero ambas figuras están presentes.
A la altura de la época en que vivimos, un problema consiste en que los distintos rumbos que toman las conversaciones simultáneas ya no pueden ser armonizados, pues no hay nada ni nadie que garantice que ellas deban o puedan moverse en la misma dirección y a la misma velocidad. Antes bien, podemos partir de la certeza metodológica de que las conversaciones simultáneas no están coordinadas y las definiciones que producen no se ensamblan cómodamente entre sí.
Es posible identificar cuatro conversaciones cruciales en estos momentos. Hay una sobre el Estado, en la que se plantean leyes y reformas institucionales. La lucha por la transparencia, contra la corrupción, por la justicia, es un intercambio animado por el encanto de la racionalidad legislativa o formal. Tendría más éxito si no fuera por la continua interferencia que en sus vías produce la conversación sobre la política y los políticos, de índole pragmática y realista, y cuyos excesos la lleva a personalizar tanto los problemas como las soluciones. La democracia no necesita menos políticos, sino más y mejores. Probablemente, también necesita más y mejores partidos; más organizaciones cívicas y no gubernamentales con un mejor conocimiento y un mayor compromiso en los temas de la agenda democrática; más completas y mejores informaciones por parte de los medios de comunicación, antes que menos. En síntesis, el problema de la política está en la sociedad que forja ese trascendental contrato de representación y mandato.
Las conversaciones sobre el Estado y la política generan siempre la ilusión de que son capaces de generar bienestar y riquezas, pero hay algunos conversantes que saben que eso no es así. Por eso hay otra conversación que se desarrolla, un poco al margen de las dos anteriores, sobre las decisiones más convenientes en materia de negocios, que por lo general son de carácter privado, tienen socios o aliados globalizados, pero que necesitan un apoyo o empuje por parte del sector estatal. Pese a esta realidad, la conversación de negocios más importante que se da en la actualidad en Panamá no trata de los capitales del sector privado, sino del capital estatal. Es así como debe entenderse el debate sobre la ampliación de la vía acuática, cuyos resortes informativos pertenecen al mundo de la globalización.
La conversación sobre la generación de riquezas tiene varios defectos, pero hay uno que es extraordinariamente grave. Para estos conversantes es suficiente con que se produzca la riqueza para que haya desarrollo. La experiencia histórica demuestra, y en el caso panameño con una evidencia aplastante, que es perfectamente posible aumentar el nivel de la producción de la riqueza, al tiempo que aumenta el desempleo, la marginalidad, la vulnerabilidad social, y por ende la pobreza.
Por eso es necesaria la conversación sobre el desarrollo humano. Una democracia que no es capaz de producir decisiones que mejoren el nivel de desarrollo de los grupos y personas que la integran corre el riesgo de incrementar las tensiones sociales. Exacerbados los conflictos, la paz social se adelgaza y el equilibrio se pierde: las otras conversaciones se transforman en murmullos o griteríos. La conversación sobre el desarrollo humano no engloba a las demás, pero puede aportar interrogantes valiosos a sus conversantes.
Para que el lento tránsito hacia la democracia recupere un paso un poco más animado se necesita que estas cuatro conversaciones avancen y, si se pudiera, que se informen sobre cómo marchan las otras, sin querer negarlas u obstaculizarlas.

101 años de Panamá América

 
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