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COOSEMUPAR y Chiquita


Desde hace más de un lustro se veía venir. Puerto Armuelles caminaba inexorablemente al precipicio. Una dirigencia sindical obtusa y un gremio radicalizado se enfrentaban a una empresa en quiebra que buscaba una estrategia de salida. Tantas horas de marxismo leninismo embotaron las mentes de los sindicalistas, tantas décadas de arrogancia destruyeron la confianza en la empresa. El resultado lo vemos todos hoy, Puerto Armuelles es un pueblo fantasma. Pero es un fantasma de esos que no saben que está muerto y se sigue comportando como si mañana alguien viniera a salvarlo de su situación. Por demasiados años el Gobierno Nacional ha jugado ese papel de resucitador de muertos. Cada vez que el Gobierno le ha sacado las castañas del fuego a la empresa o al sindicato, ha sembrado las semillas del siguiente conflicto irracional. Y es que mientras las partes cuenten con un tercero que medie en el conflicto y que finalmente le dé algo a cada uno, más radicales serán sus posiciones. Sólo cuando a los inversionistas y a los sindicalistas se les deja solos para que enfrenten las consecuencias de sus actos, asumen posiciones responsables.
Y es que nada allí es justo. No es justo que las tierras más fértiles del país estén a punto de quedar en desuso por la ineptitud del sindicato y su cooperativa y la rapacidad de la transnacional; no es justo que los panameños hayamos enterrado ya unos 35 millones de balboas y los trabajadores-cooperativistas todavía pretendan que les sigamos pagando la quincena; no es justo que un gremio suicida tenga privilegios que ningún otro grupo de trabajadores tiene; no es justo que se haya negociado un contrato con la transnacional que parece el epítome de la patria boba y no se declare resuelto por leonino; no es justo que las energías y recursos del gobierno nacional se dediquen a sacar del atolladero a un grupo de cooperativistas que se hacen huelga a sí mismos. Por supuesto que la solución está en que el acreedor principal intervenga la cooperativa, negocie nuevos contratos con la transnacional y sus proveedores y acuerde un esquema laboral realista con los trabajadores. Si esto no es posible por la necedad de las partes, entonces que les pase los que le sucede a todo empresario inepto, que quiebren para que otra empresa haga el negocio.
Esto, que es muy fácil de corregir, simplemente requiere de la voluntad de la Asamblea de Diputados y del Ejecutivo. Ojalá se enderece este desacierto, y podamos decir que contamos en la Asamblea Nacional con una mayoría de verdaderos patriotas que le eviten una catástrofe a la economía nacional.

101 años de Panamá América

 
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