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Corrientes desintegradoras


Ni bien cobra vuelo la idea de la globalización, aparece una contracorriente de desintegración como si se tratara de una ley orgánica. Y si la globalización es producto del avance de la ciencia y la tecnología, la desintegración es el resultado de corrientes políticas encontradas, tal como lo experimentó el mundo occidental durante la Guerra Fría. En Europa se perciben dos corrientes desintegradoras: una que afloreció recientemente con la negativa de Alemania, Francia y Rusia de hacer causa común con Estados Unidos en una guerra contra Irak, y la otra que surgió dentro de la propia Unión Europea en la que Gran Bretaña, Italia y España se sumaron a la política de Washington junto con una serie de repúblicas de la ex Unión Soviética, como los países bálticos y Albania.
Las presiones de Washington se hacen cada vez más patentes, como lo demostró el gobierno de Turquía al acordar a las demandas del gobierno de George W. Bush de otorgar libre paso a tropas estadounidenses en caso de guerra, tras promesas de amplia ayuda económica. Estas, más los extraordinarios esfuerzos de Powell, Rumsfeld y del propio Bush, las que han remachado la "coalición" de la que tanto se ufana el mandatario estadounidense. Como se vio nuevamente en las más recientes declaraciones públicas de Bush, éste no deja de castigar a los gobiernos de Alemania y Francia en lenguaje poco diplomático, sin prestar atención al resonante apoyo público que el canciller Gerhard Schroeder y el presidente Jacques Chirac recibieron a través de las manifestaciones multitudinarias en sus respectivas capitales, además de protestas antibélicas similares en Londres, Roma, Nueva York y San Francisco.
Pero Berlín y París son capaces también de contrarrestar la embestida de Washington. Un arma es obstaculizar la expansión de la Unión Europea, con objeciones de que los gobiernos de Polonia, Rumania o Bulgaria aún no han completado las reformas democráticas que se requieren para entrar en la UE. Y nada de esto es un buen augurio para la unidad, ni transatlántica ni europea.
En todo esto, el mandatario estadounidense continúa echando leña al fuego con sus actitudes que muchos analistas europeos resienten como la de un ángel redentor de la civilización occidental. Bush comenzó a desplegar el fin de semana una estrategia basada en la explotación de su prestigio para forzar el consenso necesario, tanto interno como internacional, para sostener una invasión a Irak.
El foco de su estrategia es el desalojo de Sadam Hussein y terminar con sus armas de destrucción masiva, con las que "pretende dominar el Medio Oriente, y no lo permitiremos", dijo Bush.
Pero en Europa sus palabras no resuenan bien. "Bush se remonta desde la tribuna de la única superpotencia como teniendo el único derecho de defender el derecho," expresó un comentarista de la BBC de Londres. "Siempre he desconfiado de los imperios, y este nuevo que ha surgido en Washington, no me ha impulsado a cambiar de opinión," declaró el historiador inglés, Eric Hobsbawm, uno de los más destacados expertos de la historia del imperialismo en una extensa entrevista con Radio Australia. Pero estas críticas parecen no dejar huella en Washington. En una nueva señal de que la guerra con Irak parece inevitable, Bush dijo este fin de semana que la caída de Sadam Hussein y su reemplazo por un nuevo gobierno será un "ejemplo inspirador" para las reformas políticas en Medio Oriente, especialmente para la creación de un estado palestino "libre, independiente y democrático".
"Un Irak liberado puede mostrar el poder de la libertad para transformar esa vital región, brindando esperanza y progreso a la vida de millones de personas", afirmó Bush al correr el velo de su estrategia para Medio Oriente, centrada en la salida del poder de Sadam, en un discurso en el influyente American Enterprise Institute, un centro de estudio de orientación conservadora en Washington. "El mundo tiene un claro interés en promover los valores democráticos, porque países estables y libres no generan ideologías asesinas, sino que impulsan la búsqueda pacífica de una vida mejor", sostuvo Bush en uno de los pasajes más aplaudidos de su discurso. "Llevar estabilidad y unidad a un Irak libre no será fácil. Sin embargo, eso no implica que haya que dejar que siga operando las cámaras de tortura y los laboratorios de veneno del régimen iraquí", destacó en un discurso inspirado por el sector más duro de la administración republicana, en la que confluyen el vicepresidente Dick Cheney, la titular del Consejo de Seguridad, Condoleezza Rice, y el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz.
Las promesas de Washington de reconstruir Iraq después de una victoria contra Sadam tienen poca resonancia en algunos sectores europeos y del Oriente Medio, donde recuerdan las promesas del gobierno de Estados Unidos a la oposición en Afganistán que quedaron pendientes una vez que fueran expulsadas las fuerzas del Talibán.
También provoco escepticismo un plan de Estados Unidos para entrenar una fuerza de invasión de exiliados iraquíes en Hungría, que recuerda el entrenamiento que la CIA dio a unos 1,500 cubanos en el exilio en 1960 quienes participaron en la fracasada invasión de Bahía de Cochinos contra el régimen de Fidel Castro en abril de 1961, con el resultado que todos fueron capturados o muertos.

101 años de Panamá América

 
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