Corrupción e impunidad
Para poder pensar siquiera en un remedio efectivo o un paliativo del desastre social que representa el escándalo del Registro Público, es preciso que todos reconozcamos por lo menos algunas de las causas que han dado origen a que el sentido del honor y del buen nombre de las generaciones de antes de la Segunda Guerra Mundial, llegara a verse suplantado por un verdadero culto a la deshonestidad y a todas las formas de enriquecimiento ilícito.
El llamado "juega vivo" que se ha apoderado de porciones alarmantes de nuestra sociedad, acompañado de una complacencia frente a los más graves delitos financieros, pareciera indicarnos el florecer de una moral perniciosa que enseña que todo lo que enriquece es bueno y permisible.
Desde que el poder comenzó a depender de las armas, comenzaron a surgir personajes que reunían en sí un grado excesivo de influencia y de recursos para perseguir, de modo que a la vuelta de cierto tiempo quedaban situados por encima de la ley y protegidos incluso por sus enemigos o contrarios que, al producirse un cambio político, esperaban reciprocidad.
Semejante situación es el peor cáncer que puede sobrevenirle a una sociedad, y desde los tiempos más remotos ha creado el clima y el terreno propicio para la corrupción de los encumbrados y de los más humildes.
Montesquieu en "El espíritu de las leyes" advertía que el hecho de que en un solo hombre residiera un poder omnímodo siempre conducía a la corrupción entre sus servidores inmediatos, pero ahora, con el alcance masivo de los medios de comunicación, cuando hay impunidad y crece la cantidad de gente que esté por encima de la ley, es de esperar que para muchos se haga muy grande y poderosa la tentación de hacer lo mismo.
Desde la general desobediencia de los reglamentos de Tránsito y la falta de atención en los despachos públicos, hasta los grandes escándalos del gobierno pasado y de este, coronados por la increíble situación que descubrieron en el Registro Público, la raíz principal es la impunidad.
El llamado "juega vivo" que se ha apoderado de porciones alarmantes de nuestra sociedad, acompañado de una complacencia frente a los más graves delitos financieros, pareciera indicarnos el florecer de una moral perniciosa que enseña que todo lo que enriquece es bueno y permisible.
Desde que el poder comenzó a depender de las armas, comenzaron a surgir personajes que reunían en sí un grado excesivo de influencia y de recursos para perseguir, de modo que a la vuelta de cierto tiempo quedaban situados por encima de la ley y protegidos incluso por sus enemigos o contrarios que, al producirse un cambio político, esperaban reciprocidad.
Semejante situación es el peor cáncer que puede sobrevenirle a una sociedad, y desde los tiempos más remotos ha creado el clima y el terreno propicio para la corrupción de los encumbrados y de los más humildes.
Montesquieu en "El espíritu de las leyes" advertía que el hecho de que en un solo hombre residiera un poder omnímodo siempre conducía a la corrupción entre sus servidores inmediatos, pero ahora, con el alcance masivo de los medios de comunicación, cuando hay impunidad y crece la cantidad de gente que esté por encima de la ley, es de esperar que para muchos se haga muy grande y poderosa la tentación de hacer lo mismo.
Desde la general desobediencia de los reglamentos de Tránsito y la falta de atención en los despachos públicos, hasta los grandes escándalos del gobierno pasado y de este, coronados por la increíble situación que descubrieron en el Registro Público, la raíz principal es la impunidad.