Cotón
Innumerables veces yendo y viniendo transité por el estrecho puente sobre el Río Cotón, que según entiendo divide los corregimientos de El Higo y de La Ermita.
Pero el sábado 19 pasado caminé una y otra vez sobre dicho puente en la oscuridad de la noche. ¿por qué sobre este puente? Pues por la misma razón por la que centenares de viajeros de Panamá a las regiones del interior y del interior a Panamá, tuvieron que hacerlo. Un tranque de casi cinco horas, a prima noche.
Uno de los más horrorosos accidentes que se han dado en nuestra arteria principal que nos comunica con el resto del país. Una de las tragedias más dolorosas de estos últimos años en que la Panamá que crece y progresa de repente se da cuenta del precio que trae ese avance en el uso de las facilidades modernas.
Como a las 8:30 de la noche, rumbo a la ciudad viajaba luego de un compromiso religioso-festivo hacia la capital acompañado por dos diligentes y caballerosos servidores de la Fuerza Pública: Urriola y Ossa. Dentro de la ordinaria normalidad discurríamos, cuando súbitamente, como a unos 150 metros pudimos apreciar unos movimientos extraños de luces de los faros de un vehículo o vehículos que de repente cesaron y uno de mis acompañantes exclamó: ºun accidente!
Nos detuvimos y aguardamos a que llegara hasta nosotros una jovencita que corría desesperada con los brazos en alto y que al acercarse pudimos observarla toda manchada de sangre la cara, brazos, vestidos exclamando: "por favor, hagan algo, hagan algo.... hay gente atrapada...sáquenlos". Uno de mis compañeros la exhortó a que tuviera calma, pero ella siguió hacia los carros que se iban deteniendo con la misma petición. Inútilmente.
Al llegar a pie, nosotros al puente sobre el Río Cotón, antes de encontrarnos con el Coaster volteado en un ángulo como de 120 grados de su posición normal, un puñado de gente sencilla poco visibles en esa oscuridad, mujeres con sus niños, hombres cada uno con su quejido y bañados en sangre humana, sin acertar a explicar nada sino para pedir auxilio adecuado, es decir, más allá de las buenas palabras.
Lo que tocó ver y experimentar después fue mucho peor.
Uno de los señores cuyo 4x4 había detenido la rotación destructora del transporte de pasajeros colisionado, nos pidió que le ayudáramos a mover su vehículo para ver cómo librábamos a los que estaban apresados entre los hierros retorcidos y que aún tenían vida, cuando uno de los heridos solicitó que no movieran nada pues podría ser peor: "No muevan nada porque entonces esta vai.... me va a caer encima" y algunas otras explicaciones típicas de la desesperación.
El tiempo transcurrido entre la llamada oportuna por celular, del miembro de la Fuerza Pública al Departamento de Tránsito más cercano, y la llegada de la ayuda experta y deseada fue por decir lo menos considerable y entretanto, sobre el estrecho puente entre la gente que por minutos se iba convirtiendo en multitud, lo único que reinaba era la Impotencia con mayúscula. Todo el mundo quería ayudar, hacer algo, salvar a esos semejantes, pero todo resultaba imposible. Muchos pasajeros totalmente incrustados entre hierros retorcidos y alrededor entre curiosos y mórbidos noveleros, gente tratando de hacer algo pero sin poder nada. Lo cual agravaba la tragedia. Queremos salvar a quienes ya no podemos salvar y vemos y sentimos morir desangrados.
Y esto nos lleva a reflexionar sobre las causas, la velocidad, el machismo incorregible que tantas vidas cobra a diario, el "yo soy más rápido, más vivo, más ágil, más atrevido, más moderno, más Fangio, más ......que tú y luego sangre, familias sencillas, humildes, pobres campesinas enterrando a sus muertos en los distintos parajes apartados de nuestra geografía con una resignación en algunos cristianas y en otros totalmente fatalista.
Y luego, toda una semana de discusiones sobre cómo evitar tantas muertes, todo un alboroto verbal también estéril, "eundem sermonem dicens" (repitiendo siempre lo mismo) porque como todo lo nuestro al principio pidiendo leyes, más fuertes, sanciones más duras contra los infractores pero eso en las primeras semanas hasta que vuelva a suceder otra desgracia que desafortunadamente ocurrirá con tanta macabra frecuencia que aún no sabemos cuándo vamos a ser nosotros parte de estos dolorosos dramas. Así conocí el puente sobre el Río Cotón, vísperas del día del padre y de la entrada oficial del verano en el hemisferio norte.
Dales Señor el descanso eterno a esas pobres víctimas, madres e hijos, obreros y jóvenes trabajadoras que sucumbieron como producto de la incorregible imprudencia que ni con nuevas leyes, ni con nada se va a curar porque vivimos en una cultura de muerte que hay que atajar comprometiéndonos a defender la vida. Si nos sentimos impotentes para ayudar, asimismo nos sentimos impotentes para encontrar una fórmula que nos incluya a todos y no excluya a nadie de la urgente responsabilidad por hacer algo para evitar tantas desgracias en el flujo vehicular por nuestras calles o carreteras.
Pero el sábado 19 pasado caminé una y otra vez sobre dicho puente en la oscuridad de la noche. ¿por qué sobre este puente? Pues por la misma razón por la que centenares de viajeros de Panamá a las regiones del interior y del interior a Panamá, tuvieron que hacerlo. Un tranque de casi cinco horas, a prima noche.
Uno de los más horrorosos accidentes que se han dado en nuestra arteria principal que nos comunica con el resto del país. Una de las tragedias más dolorosas de estos últimos años en que la Panamá que crece y progresa de repente se da cuenta del precio que trae ese avance en el uso de las facilidades modernas.
Como a las 8:30 de la noche, rumbo a la ciudad viajaba luego de un compromiso religioso-festivo hacia la capital acompañado por dos diligentes y caballerosos servidores de la Fuerza Pública: Urriola y Ossa. Dentro de la ordinaria normalidad discurríamos, cuando súbitamente, como a unos 150 metros pudimos apreciar unos movimientos extraños de luces de los faros de un vehículo o vehículos que de repente cesaron y uno de mis acompañantes exclamó: ºun accidente!
Nos detuvimos y aguardamos a que llegara hasta nosotros una jovencita que corría desesperada con los brazos en alto y que al acercarse pudimos observarla toda manchada de sangre la cara, brazos, vestidos exclamando: "por favor, hagan algo, hagan algo.... hay gente atrapada...sáquenlos". Uno de mis compañeros la exhortó a que tuviera calma, pero ella siguió hacia los carros que se iban deteniendo con la misma petición. Inútilmente.
Al llegar a pie, nosotros al puente sobre el Río Cotón, antes de encontrarnos con el Coaster volteado en un ángulo como de 120 grados de su posición normal, un puñado de gente sencilla poco visibles en esa oscuridad, mujeres con sus niños, hombres cada uno con su quejido y bañados en sangre humana, sin acertar a explicar nada sino para pedir auxilio adecuado, es decir, más allá de las buenas palabras.
Lo que tocó ver y experimentar después fue mucho peor.
Uno de los señores cuyo 4x4 había detenido la rotación destructora del transporte de pasajeros colisionado, nos pidió que le ayudáramos a mover su vehículo para ver cómo librábamos a los que estaban apresados entre los hierros retorcidos y que aún tenían vida, cuando uno de los heridos solicitó que no movieran nada pues podría ser peor: "No muevan nada porque entonces esta vai.... me va a caer encima" y algunas otras explicaciones típicas de la desesperación.
El tiempo transcurrido entre la llamada oportuna por celular, del miembro de la Fuerza Pública al Departamento de Tránsito más cercano, y la llegada de la ayuda experta y deseada fue por decir lo menos considerable y entretanto, sobre el estrecho puente entre la gente que por minutos se iba convirtiendo en multitud, lo único que reinaba era la Impotencia con mayúscula. Todo el mundo quería ayudar, hacer algo, salvar a esos semejantes, pero todo resultaba imposible. Muchos pasajeros totalmente incrustados entre hierros retorcidos y alrededor entre curiosos y mórbidos noveleros, gente tratando de hacer algo pero sin poder nada. Lo cual agravaba la tragedia. Queremos salvar a quienes ya no podemos salvar y vemos y sentimos morir desangrados.
Y esto nos lleva a reflexionar sobre las causas, la velocidad, el machismo incorregible que tantas vidas cobra a diario, el "yo soy más rápido, más vivo, más ágil, más atrevido, más moderno, más Fangio, más ......que tú y luego sangre, familias sencillas, humildes, pobres campesinas enterrando a sus muertos en los distintos parajes apartados de nuestra geografía con una resignación en algunos cristianas y en otros totalmente fatalista.
Y luego, toda una semana de discusiones sobre cómo evitar tantas muertes, todo un alboroto verbal también estéril, "eundem sermonem dicens" (repitiendo siempre lo mismo) porque como todo lo nuestro al principio pidiendo leyes, más fuertes, sanciones más duras contra los infractores pero eso en las primeras semanas hasta que vuelva a suceder otra desgracia que desafortunadamente ocurrirá con tanta macabra frecuencia que aún no sabemos cuándo vamos a ser nosotros parte de estos dolorosos dramas. Así conocí el puente sobre el Río Cotón, vísperas del día del padre y de la entrada oficial del verano en el hemisferio norte.
Dales Señor el descanso eterno a esas pobres víctimas, madres e hijos, obreros y jóvenes trabajadoras que sucumbieron como producto de la incorregible imprudencia que ni con nuevas leyes, ni con nada se va a curar porque vivimos en una cultura de muerte que hay que atajar comprometiéndonos a defender la vida. Si nos sentimos impotentes para ayudar, asimismo nos sentimos impotentes para encontrar una fórmula que nos incluya a todos y no excluya a nadie de la urgente responsabilidad por hacer algo para evitar tantas desgracias en el flujo vehicular por nuestras calles o carreteras.