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Coyuntura del centenario


En los próximos días, 3, 4 y 5 de septiembre en las aulas de la Universidad Santa María la Antigua (USMA), se tendrán las II Jornadas Teológicas y el I Congreso de Historia Eclesiástica auspiciado por el Comité Nacional del Centenario y realizado por la Conferencia Episcopal Panameña (CEP), la USMA y la Academia de Historia Eclesiástica. El primer congreso, en el cual nuestros historiadores eclesiásticos, incluso algunos nuevos nombres o miembros, nos expondrán la presencia de la Iglesia católica en cien años de caminar de la República.
Analizarán las perspectivas filosóficas y teológicas de la Historia de la Iglesia, buscarán una síntesis histórica del caminar de la Iglesia en Panamá, se nos informará la razón de ser de la creación de la Conferencia Episcopal Panameña; se nos recordará, ya que muchos aún vivimos de los efectos del Concilio Vaticano en nuestra manera de hacer Iglesia, la Iglesia Posconciliar, la Pastoral Indígena y la Pastoral Afro Panameña, la presencia y participación de la Iglesia en la vida social y política.
No se puede negar que al acercarse la fecha novembrina se incrementan los impulsos por hacer algo fuera de lo común que esté a la altura de lo que creemos lo que significa la fecha histórica. Ojalá las colaboraciones y los esfuerzos que se hacen sean como decía el poeta Horacio: "Exegi monumentum aere perennius" ("He levantado un monumento más perenne que el bronce").
Pero no le falta razón al historiador contemporáneo, cuyas opiniones aparecen en la pág. 26 de la Revista Cultura Lotería, No. 437 Julio/Agosto 2001, cuando dice: "A pesar de que historiadores piensan que Rodrigo de Bastidas haya llegado a visitar las costas panameñas unos meses antes o después de 1501, la precisión, importante, interesa sólo a un puñado de eruditos. Al hombre común, al panameño de a pie y de ahora lo que debería interesar es el significado simbólico del acontecimiento, su intensa carga emblemática y mítica, en verdad casi mística. Así lo ven otros pueblos y otras culturas del mundo enfrentados a la misma situación. Las celebraciones milenarias históricas más relevantes y fortalecer el sentimiento de identidad, al tiempo que el de pertenencia a un grupo humano más amplio que rebasa la estrechez de las fronteras nacionales". (Dr. Omar Jaén Suárez). Comparto el sentimiento del ilustre escritor cuando alude a los efectos reales que la celebración de otros centenarios o milenarios han producido en algunos pueblos que los han conmemorado con propósitos claros por salir de las orientaciones equivocadas que llevaban sus comunidades.
Más que fiestas exteriores en las que se gastan miles, podría salirnos más barato si no por razones religiosas a las que tantos se sienten alérgicos, al menos por razones patrióticas sinceras, entráramos dentro de nosotros mismos, como hijos e hijas de este país y nos cuestionáramos: ¿Qué he hecho? ¿Qué hago? O, ¿qué haré por esta patria? O la tan recordada frase usada por Kennedy en su discurso inaugural: "No te preguntes qué ha hecho la patria por ti, sino qué puedes hacer por tu patria".
Fomento la suposición de que las respuestas serían variopintas desde: "Nada" pasando por "algunos amagos", hasta lo que es peor, "abusar de los recursos naturales en provecho propio" que a última hora sería la respuesta sinceramente más común.
La hora del centenario es la hora de aprovecharnos de las nuevas tendencias comunitarias para apoyar y llevar a cabo proyectos realizables, factibles, concretos que rectifiquen las lacras del pasado.
Dice el himno latino litúrgico: "Recedant vetera, nova sint omnia" ("Enterremos las cosas viejas y hagamos todas las cosas nuevas").
Jaén Suárez, en su intervención del 6 de junio de 2001, entre las muchas y válidas interrogantes que nos planteaba en uno de sus párrafos del documento citado (pág. 27): "Nosotros en el país por su función internacional con mayor magnitud y complejidad de fenómenos históricos en los istmos de la América Central, estamos dejando pasar inadvertida o apagada una ocasión excepcional que no se repetirá pronto. ¿Por qué ha sucedido esta falta de interés? ¿Podemos hacer algo para remediarla?". Según percibo entre la variada oferta que propone, deduzco la conclusión de que no conocemos nuestra historia, por tanto, no tenemos memoria colectiva. Los que ignoran los errores cometidos del pasado, están condenados a repetirlos. A este propósito, en un afán positivo, entresacaré de la obra del jesuita italiano Mario Cicala sobre la actividad de la provincia de Quito, en donde describe su experiencia panameña de esa época. Podríamos parangonar la frase anterior al leer a Cicala sobre las virtudes de los panameños de esa época, que los que se enteren en vez de ignorar las cualidades que veía este sacerdote en el panameño promedio, se sentirán menos fatalistas y con deseos de cultivar cualidades que nuestra ubicación geográfica y clima nos propician.
El versado escritor italiano se adelantó a su tiempo cuando se dedicó a describir las impresiones que le dejaron los panameños del año 1750, poniendo por escrito en su obra de las actividades de la jesuítica Provincia de Quito a la que perteneció y a la cual también dentro de la organización universal de la orden religiosa estaban adjudicadas las obras en las que trabajaban los jesuitas en Panamá antes que ocurriera la supresión en 1767.
Dios primero, intentaremos hacerlo nuevamente en esta columna desde la próxima semana. "La patria es el recuerdo, pedazos de la vida, envueltos en jirones de amor y de dolor". Y mucho más.

101 años de Panamá América

 
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