Criaturas ministerial
Esperamos que dentro de no muchos años, cuando vuelva a reinar en Panamá el buen sentido, ausente durante casi un año, nos parecerá eso que hoy llamamos un ministro algo semejante a eso que hoy llamamos aficionado.
Un día (miércoles, 1 de septiembre de 1999), doce ciudadanos, capitaneados por una mujer (la señora Presidenta Moscoso), se encargan de gobernar la Nación panameña. Cada uno comienza a regentar una rama amplísima de los servicios públicos, cuya constitución y mecanismo desconoce por completo.
La nación tiene que esperar seis, ocho, diez meses, a que los señores ministros (tan cuidadosamente seleccionados por la señora Presidenta) declaren haber alcanzado una turbia sospecha de los negociados que integran sus respectivas carteras. Llegado este momento de iluminación, de ministerial Pentecostés en que el señor ministro(a) aprende las lenguas de sus negociadores, sobreviene la crisis política. Otros 12 ciudadanos (si la crisis cubre todo el Gabinete ministerial), bajo el mandato de la misma Presidenta, ascienden, frescos, radiantes, primaverales, por las laderas del Gobierno "Unión por Panamá": dicen las mismas palabras de salutación y promesa, y se disponen nuevamente a flotar sobre el caso de sus negociados alícuotos, como el espíritu de Dios sobre la nebulosa genesíaca. Y así una vez y otra, y cinco años.
¿Es eso, eso lo que ha venido a lograrse después de restaurado el sistema de gobierno democrático en Panamá? ¿Es ese el resultado inicial de este nuevo siglo y milenio para los panameños? Los sentimos por la democracia y por el siglo XXI.
Tres defectos radicales, que nacen uno de otros, se han anotado muchas veces en la institución ministerial del actual Gobierno: la falta de competencia en los ministros, la falta de continuidad en su labor y visión de futuro, más aún la absorción de sus deberes administrativos por sus supuestas obligaciones políticas.
¿Cómo corregir lo primero? El ministro no puede ser competente porque ante todo tiene que ser un político (politiquero). Tiene que ser "politiquero", porque los 12 ministros son un tanto solidarios de una vaga cosa que ellos llaman "política del Gabinete "Unión por Panamá"; y mientras esta solidaridad se exija, no podrá efectuarse una selección de competencias.
Pero, además, aun cuando por azar cayese una que otra cartera ministerial en manos competentes, no podrían éstas ejecutar una faena fecunda. Con alguna excepción, cada ministerio acumula una cantidad increíble de funciones públicas. La vida contemporánea se ha ido complicando fabulosamente. Con esa complicación ha coincidido una tendencia (creemos que transitoria) a concentrar en el Estado todos los hilos de la existencia social. Así es hoy, por ejemplo, un solo ministerio más difícil de conducir que el Estado de Luis XIV. Un hombre o una mujer completamente serio(a) no podría hoy decir: "El ministerio de Economía y Finanzas soy yo". Esto excluye, por vía automática, de los ministerios a todo hombre o mujer completamente serio. Hace falta una sabia mezcla de audacia, inconsciencia y frivolidad para que un ciudadano o ciudadana se atreva a tomar sobre sí la responsabilidad de cuanto se hace en un ministerio de despacho.
Y uno se pregunta: ¿qué razón clara existe para la actual división de doce carteras ministeriales? ¿Por qué no más, por qué no menos? ¡Ah, por ahí hay quienes proponen ya la multiplicación de los ministros. ¡Más ministros y más orgánicamente repartidas sus funciones, funciones politiqueras, por supuesto!.
Es evidente, que la actuación propiamente administrativa de cada ministro del actual Gobierno esté impregnada por entero de significación política partidista. Hoy, sin más ni menos, la personalidad y la labor del ministro o la ministra quedan absorbidas por la fisonomía política. De aquí que la más leve orden del "despacho superior" sea sospechada de partidismo y carezca el firmante de autoridad moral para imponer respeto -no sólo obediencia- a sus decisiones. Pero como este asunto suscita innumerables comentarios en la opinión pública panameña, hoy día finalicemos aquí, ya que no habría manera de agotarlos.
Un día (miércoles, 1 de septiembre de 1999), doce ciudadanos, capitaneados por una mujer (la señora Presidenta Moscoso), se encargan de gobernar la Nación panameña. Cada uno comienza a regentar una rama amplísima de los servicios públicos, cuya constitución y mecanismo desconoce por completo.
La nación tiene que esperar seis, ocho, diez meses, a que los señores ministros (tan cuidadosamente seleccionados por la señora Presidenta) declaren haber alcanzado una turbia sospecha de los negociados que integran sus respectivas carteras. Llegado este momento de iluminación, de ministerial Pentecostés en que el señor ministro(a) aprende las lenguas de sus negociadores, sobreviene la crisis política. Otros 12 ciudadanos (si la crisis cubre todo el Gabinete ministerial), bajo el mandato de la misma Presidenta, ascienden, frescos, radiantes, primaverales, por las laderas del Gobierno "Unión por Panamá": dicen las mismas palabras de salutación y promesa, y se disponen nuevamente a flotar sobre el caso de sus negociados alícuotos, como el espíritu de Dios sobre la nebulosa genesíaca. Y así una vez y otra, y cinco años.
¿Es eso, eso lo que ha venido a lograrse después de restaurado el sistema de gobierno democrático en Panamá? ¿Es ese el resultado inicial de este nuevo siglo y milenio para los panameños? Los sentimos por la democracia y por el siglo XXI.
Tres defectos radicales, que nacen uno de otros, se han anotado muchas veces en la institución ministerial del actual Gobierno: la falta de competencia en los ministros, la falta de continuidad en su labor y visión de futuro, más aún la absorción de sus deberes administrativos por sus supuestas obligaciones políticas.
¿Cómo corregir lo primero? El ministro no puede ser competente porque ante todo tiene que ser un político (politiquero). Tiene que ser "politiquero", porque los 12 ministros son un tanto solidarios de una vaga cosa que ellos llaman "política del Gabinete "Unión por Panamá"; y mientras esta solidaridad se exija, no podrá efectuarse una selección de competencias.
Pero, además, aun cuando por azar cayese una que otra cartera ministerial en manos competentes, no podrían éstas ejecutar una faena fecunda. Con alguna excepción, cada ministerio acumula una cantidad increíble de funciones públicas. La vida contemporánea se ha ido complicando fabulosamente. Con esa complicación ha coincidido una tendencia (creemos que transitoria) a concentrar en el Estado todos los hilos de la existencia social. Así es hoy, por ejemplo, un solo ministerio más difícil de conducir que el Estado de Luis XIV. Un hombre o una mujer completamente serio(a) no podría hoy decir: "El ministerio de Economía y Finanzas soy yo". Esto excluye, por vía automática, de los ministerios a todo hombre o mujer completamente serio. Hace falta una sabia mezcla de audacia, inconsciencia y frivolidad para que un ciudadano o ciudadana se atreva a tomar sobre sí la responsabilidad de cuanto se hace en un ministerio de despacho.
Y uno se pregunta: ¿qué razón clara existe para la actual división de doce carteras ministeriales? ¿Por qué no más, por qué no menos? ¡Ah, por ahí hay quienes proponen ya la multiplicación de los ministros. ¡Más ministros y más orgánicamente repartidas sus funciones, funciones politiqueras, por supuesto!.
Es evidente, que la actuación propiamente administrativa de cada ministro del actual Gobierno esté impregnada por entero de significación política partidista. Hoy, sin más ni menos, la personalidad y la labor del ministro o la ministra quedan absorbidas por la fisonomía política. De aquí que la más leve orden del "despacho superior" sea sospechada de partidismo y carezca el firmante de autoridad moral para imponer respeto -no sólo obediencia- a sus decisiones. Pero como este asunto suscita innumerables comentarios en la opinión pública panameña, hoy día finalicemos aquí, ya que no habría manera de agotarlos.