Crímenes atroces y gobernabilidad
La criminalidad es el nuevo enemigo sistemático de la democracia, lugar que antes ocupaban los grupos subversivos. Los hechos atroces e inéditos, que asombran y causan pánico a una sociedad que se siente inerme y desprotegida, generan sin remedio una serie de efectos psicológicos, económicos y sociopolíticos que en Panamá no estamos valorando en toda su dimensión y que podrían afectar, incluso, la gobernabilidad.
Sin duda, esta violencia criminal es uno de los principales problemas que enfrenta la sociedad panameña y América Latina en términos generales. Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), América Latina es la segunda región del mundo con mayor criminalidad, después de la región sub-Sahariana, ya que la tasa de homicidios promedio oscila entre el 22.9 y 27.5 por cada 100 mil habitantes.
La violencia y la inseguridad son las principales causas de muerte en Latinoamérica en el rango poblacional que comprende desde los 15 hasta los 45 años.
Las instituciones democráticas lucen débiles ante el panorama descrito, y eso preocupa, pues el equilibrio social se pone en entredicho. Entendamos la gobernabilidad como una noción más amplia que la de potestad pública, y que supone una integración entre los poderes establecidos y las organizaciones de la sociedad civil.
Los valores culturales y las normas sociales existentes, así como las tradiciones o las estructuras sociales, son variables esenciales que influyen en este proceso de interacción. Cuando estas estructuras se resquebrajan, lo que sucede cuando se ven amenazadas por un hampa cada vez más organizado y armado, todo el sistema puede colapsar.
Otro peligro es que se legitimen herramientas como la excesiva represión policial, a veces cruzando el límite de los derechos ciudadanos, o que se recrudezca sin equilibrio el sistema penal. Ante la pérdida de credibilidad de las instituciones tradicionales, adquieren un atrofiado protagonismo como actores sociales imprescindibles los policías y fiscales.
Hagamos algo como sociedad, porque la batalla la estamos perdiendo, y en un río tan revuelto, la pesca se la pueden llevar actores inesperados.