Crisis constitucional
EL CONSTITUCIONALISMO es el mecanismo para la racionalización del ejercicio del poder. Sin embargo, la constitución militarista, aún vigente en nuestro país ha servido de camino de fuerza para impedir el ejercicio y desarrollo del constitucionalismo y ha desarrollado en la ciudadanía, el temor al cambio participativo, pacífico y popular que sería una Constituyente.
La sociedad panameña vive una angustiosa crisis constitucional, una crisis estructural. La misma ha quedado evidenciada una vez más, en esta ocasión con el absentismo electoral de los votantes. Pero, la realidad de lo ocurrido con este acto de desobediencia cívica o de protesta, como bien nos enseña el historiador Alfredo Castillero Calvo, "se nos oculta sobre todo porque no sabemos reconocer lo obvio, identificar lo que muchas veces salta a la vista y que por estar demasiado cerca de los ojos no podemos ver. Son esas cosas que por demasiado sabidas ignoramos y que por ignorarse acabamos olvidando".
La reciente consulta popular ha sorprendido a muchos por el alto porcentaje de abstencionismo, que las fuerzas antidemocráticas buscan ocultar para poder así, resaltar la victoria pírrica del Sí. Ello no debe sorprendernos, dado que los proponentes y defensores del Sí, son -históricamente- los factores reales de poder que, a través de y desde las cúpulas de sus partidos políticos, han usurpado -de una u otra forma- los intereses y aspiraciones del pueblo panameño.
De ahí que nuestra crisis constitucional es también una crisis de identidad, íntimamente unida a nuestro ordenamiento político y nuestro sistema gubernamental, además de un sistema electoral plagado de vacíos y de mecanismos democráticos de participación ciudadana. Prueba de ello es la ausencia de una legislación sobre el referéndum.
Durante mi intervención en la Asamblea Legislativa, ante la Comisión de Asuntos del Canal, hace cuatro meses, el 6 de julio, alertaba a los señores diputados: "Yo creo que es una bonita ocasión, para que el Organo Legislativo se avoque a lo que es la aprobación de una ley de Referéndum, tiene que haber un marco legal y estos artículos que vienen en un anteproyecto no sirven de marco legal y dejan en manos del Tribunal Electoral todo lo relacionado al Referéndum, sin darle un marco de control es verdaderamente exponernos a asuntos más graves, ¡fíjense!, Preguntémonos que, va a pasar en este país al día siguiente de este Referéndum, si llegará a ganar el Sí por 33%, Los del No ¿qué vamos a decir? Y si gana el No los de Sí, van a decir que hubo fraude, en este país que ya tiene tantas divisiones de todo tipo Por favor, no hay una ley que diga que, una consulta de esta naturaleza, sólo se gana con el 50%+1 de los votos.
Este bendito proyecto del canal lo que ha venido hacer es a dividirnos a los panameños más, porque fíjense todo el tiempo que llevamos discutiendo sobre el canal, y eso nos ha apartado sobre la necesaria discusión que debería tenerse a nivel nacional sobre el país, porque yo lo que quiero es un país que tenga el canal a su servicio y no un país al servicio del canal como pretende los señores de la ACP".
Los resultados del pasado referéndum no son casuales. Llegan para confirmarnos que los panameños vivimos una angustiosa contradicción que se traduce -cada vez más-en una inseguridad permanente y creciente como espectadores pasivos e inactivos, en un gran número, de un pasado que no es nuestro, de un presente que se nos escapa y de un futuro que creemos perdido. Los miedos, las esperanzas y las ilusiones producen una extraña mezcla: no sabemos que hemos sido, no queremos saber que somos, no podemos decidir que seremos.
El abstencionismo, que tanto ha molestado a algunos que se regordean en sus concepciones no democráticas, nos dice que tal vez nuestra principal crisis de valores radica en el hecho de que en el marco de la identificación de nuestra sociedad, los conceptos de libertad, política y democracia, aun cuando definen nuestro horizonte mental, cada día estamos menos seguros de conocer su sentido y efectividad real. Nuestra adhesión a esos valores heredados es cada vez menos producto de una reflexión colectiva.
Lo que acontece a raíz de los fallecidos producto de la crisis de medicamentos y de la tragedia del autobús -frente a Hosanna Visión- y con un saldo de más de 50 personas, debería colocarnos en estado de resolver.
La sociedad panameña, ha venido asistiendo al desastroso espectáculo que secuestró y secuestra, todos los valores cuyo desarrollo institucional emergente nos permitirían hacer posible la convivencia en una sociedad sobre la base de la equidad, la libertad, la solidaridad, la justicia, la dignidad del trabajo. Ello nos arrojó dentro de una vorágine de des-institucionalización de la cual aún no logramos salir.
El concepto de ciudadanía, así como el de participación e institucionalismo, continúan siendo objeto de las más extremas manipulaciones y los peores abusos, como acaban de hacer los futuros exmagistrados del Tribunal Electoral y la Junta Nacional de Escrutinio con el referéndum sobre la ampliación del canal. La crisis constitucional en la sociedad panameña es, ante todo, una verdadera crisis de ciudadanía, una crisis de la política y de lo político que nos muestra cuánto hemos olvidado educar, educar para la ética y educar para la política. La ética para lograr mejores personas y la política para lograr mejores instituciones.
La sociedad panameña vive una angustiosa crisis constitucional, una crisis estructural. La misma ha quedado evidenciada una vez más, en esta ocasión con el absentismo electoral de los votantes. Pero, la realidad de lo ocurrido con este acto de desobediencia cívica o de protesta, como bien nos enseña el historiador Alfredo Castillero Calvo, "se nos oculta sobre todo porque no sabemos reconocer lo obvio, identificar lo que muchas veces salta a la vista y que por estar demasiado cerca de los ojos no podemos ver. Son esas cosas que por demasiado sabidas ignoramos y que por ignorarse acabamos olvidando".
La reciente consulta popular ha sorprendido a muchos por el alto porcentaje de abstencionismo, que las fuerzas antidemocráticas buscan ocultar para poder así, resaltar la victoria pírrica del Sí. Ello no debe sorprendernos, dado que los proponentes y defensores del Sí, son -históricamente- los factores reales de poder que, a través de y desde las cúpulas de sus partidos políticos, han usurpado -de una u otra forma- los intereses y aspiraciones del pueblo panameño.
De ahí que nuestra crisis constitucional es también una crisis de identidad, íntimamente unida a nuestro ordenamiento político y nuestro sistema gubernamental, además de un sistema electoral plagado de vacíos y de mecanismos democráticos de participación ciudadana. Prueba de ello es la ausencia de una legislación sobre el referéndum.
Durante mi intervención en la Asamblea Legislativa, ante la Comisión de Asuntos del Canal, hace cuatro meses, el 6 de julio, alertaba a los señores diputados: "Yo creo que es una bonita ocasión, para que el Organo Legislativo se avoque a lo que es la aprobación de una ley de Referéndum, tiene que haber un marco legal y estos artículos que vienen en un anteproyecto no sirven de marco legal y dejan en manos del Tribunal Electoral todo lo relacionado al Referéndum, sin darle un marco de control es verdaderamente exponernos a asuntos más graves, ¡fíjense!, Preguntémonos que, va a pasar en este país al día siguiente de este Referéndum, si llegará a ganar el Sí por 33%, Los del No ¿qué vamos a decir? Y si gana el No los de Sí, van a decir que hubo fraude, en este país que ya tiene tantas divisiones de todo tipo Por favor, no hay una ley que diga que, una consulta de esta naturaleza, sólo se gana con el 50%+1 de los votos.
Este bendito proyecto del canal lo que ha venido hacer es a dividirnos a los panameños más, porque fíjense todo el tiempo que llevamos discutiendo sobre el canal, y eso nos ha apartado sobre la necesaria discusión que debería tenerse a nivel nacional sobre el país, porque yo lo que quiero es un país que tenga el canal a su servicio y no un país al servicio del canal como pretende los señores de la ACP".
Los resultados del pasado referéndum no son casuales. Llegan para confirmarnos que los panameños vivimos una angustiosa contradicción que se traduce -cada vez más-en una inseguridad permanente y creciente como espectadores pasivos e inactivos, en un gran número, de un pasado que no es nuestro, de un presente que se nos escapa y de un futuro que creemos perdido. Los miedos, las esperanzas y las ilusiones producen una extraña mezcla: no sabemos que hemos sido, no queremos saber que somos, no podemos decidir que seremos.
El abstencionismo, que tanto ha molestado a algunos que se regordean en sus concepciones no democráticas, nos dice que tal vez nuestra principal crisis de valores radica en el hecho de que en el marco de la identificación de nuestra sociedad, los conceptos de libertad, política y democracia, aun cuando definen nuestro horizonte mental, cada día estamos menos seguros de conocer su sentido y efectividad real. Nuestra adhesión a esos valores heredados es cada vez menos producto de una reflexión colectiva.
Lo que acontece a raíz de los fallecidos producto de la crisis de medicamentos y de la tragedia del autobús -frente a Hosanna Visión- y con un saldo de más de 50 personas, debería colocarnos en estado de resolver.
La sociedad panameña, ha venido asistiendo al desastroso espectáculo que secuestró y secuestra, todos los valores cuyo desarrollo institucional emergente nos permitirían hacer posible la convivencia en una sociedad sobre la base de la equidad, la libertad, la solidaridad, la justicia, la dignidad del trabajo. Ello nos arrojó dentro de una vorágine de des-institucionalización de la cual aún no logramos salir.
El concepto de ciudadanía, así como el de participación e institucionalismo, continúan siendo objeto de las más extremas manipulaciones y los peores abusos, como acaban de hacer los futuros exmagistrados del Tribunal Electoral y la Junta Nacional de Escrutinio con el referéndum sobre la ampliación del canal. La crisis constitucional en la sociedad panameña es, ante todo, una verdadera crisis de ciudadanía, una crisis de la política y de lo político que nos muestra cuánto hemos olvidado educar, educar para la ética y educar para la política. La ética para lograr mejores personas y la política para lograr mejores instituciones.